me traslado

como siempre que reoriento mi labor profesional, cierro también un ciclo en mi actividad bloguera y abro otro. intento adecuar los contenidos y centrar mínimamente las reflexiones en torno a lo que me ocupa. así lo hice antes de abrir este cuando habité en espacio rizoma.

no sé si lo he conseguido aquí porque estoy contaminado por la cultura de una forma irremediable. en todo caso: retomo mi puesto en el área de cultura y comienzo recorrido también en este medio.

para quienes han seguido este blog, gracias. y si lo desean pueden hacerlo en el nuevo proyecto

#HipotesisCultura

y todo recopilado en un único libre

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la gran ola de la innovación tutelada

Mi idea era terminar el año y el ciclo sobre innovación con este artículo (complemento de éste y de este otro) pero están surgiendo tendencias alrededor de lo que debe ser la innovación en procesos educativos que  me producen una cierta inquietud. Todo lo que se va escribiendo y proyectando sobre el tema acrecienta mi duda sobre si estamos en una especie de innovación excesivamente mediatizada por la mercantilización y obsesionada por adaptar al alumno a las necesidades del mercado.  En realidad mi propia naturaleza me lleva a dudar sobre mi criterio y por eso mismo deseo ordenar mis ideas tratando de concentrarme en esas imágenes/símbolos/metáforas que están tomando fuerza.

La imagen más potente, la que está tomando más relevancia es la de esa tabla de surf que se desliza por la ola de estos nuevos modelos de sociedad venideros o ya instalados. No puedo evitar que esa tabla de surf me lleve directamente a la esencia de ese futuro que se vaticina: la imagen del individualismo de superficie (ese que usa energía externa para su propio impulso sin implicarse), y el individualismo de comunidad (que se diluye en una escenificación de los vínculos colectivos con los que se arropa). Por mucho que se quiera cubrir luego con asuntos “co-” que, coincidiendo con Marina Garcés, puede que tan solo sean procesos de “coaislamiento”. En todo caso esa educación innovadora que se pretende y se reclama no es sino un ejercicio de acomodación que nada tiene que ver con la ruptura. La adaptación a ese modelo de sociedad competitiva. El surfista planea por encima de la ola hasta alcanzar la pirueta perfecta. Solo y sin meterse, paseando bajo el túnel perfecto para luego, siempre sobre SU tabla, volver a la orilla. El surfista juega con la ola y se adapta y si todo va bien ni se moja.

Quizá como complemento de esa tabla, de esa imagen ideal, surgen otras que invitan a ver el futuro con cierta benevolencia: 1.- La abundancia como esperanza tranquilizadora. ¿Se puede creer en la abundancia, pensar que llegará, desde este sistema capitalista? ¿Se puede creer en la abundancia venidera sin forzar otro modelo? Ya hablé de ello: ¿qué abundancia? 2.- La exaltación del oráculo de Davos como normalización del neoliberalismo (una especie de señalética a partir de profecías autocumplidas). 3.- La consideración de la desigualdad creciente como una irregularidad transitoria hasta llegar a esa abundancia prometida.

Me desalienta que cada vez que ocurre algo nuevo se tenga que pregonar que nada será como antes. Por supuesto. Sin embargo esa cuarta revolución en la que parece que entramos quizá no sea tan decisiva sino que lo que nos marca es la “contrarrevolución neeoliberal” que sufrimos (Bruno Estrada). En todo caso: revolución ¿para quién? Y, en este sentido, no puedo dejar de pensar, de temer, que la transformación (la innovación) no es tal, sino que lo que existe es un ajuste de contenidos, modelos y procesos para adaptar a los individuos a esa realidad “inevitable” a la que se van a enfrentar. Me pregunto qué transformamos. Es el mismo comportamiento y argumentario adaptativo de quienes cuestionan los estudios de humanidades.

Vicenç Navarro y  Bruno Estrada (lo enlazo más arriba) nos dicen que ni todo está tan claro ni hay tanta unanimidad en defender este criterio de la precarización a causa de la tecnología. Autores como Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard opinan, según sus trabajos de investigación, que la tecnología digital está teniendo menos impacto que otras tecnologías que aparecieron en el pasado. Dean Baker, codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR) va más allá y afirma que indicar la digitalización como problema para el futuro del trabajo consigue desviar la atención de los problemas y las causas reales. Porque el trabajo es política y esas predicciones de futuro son, como decía, una especie de profecía autocumplida. Esas alegaciones son las que se lanzan para acostumbrar y asumir que eso es lo que vamos a tener sin remedio. Y esa sociedad sin trabajo, porque esta revolución industrial que viene lo hace con tecnología, no es sino la visión unidimensional de un modelo de mundo. Por eso se quiere educar a las futuras generaciones en asumir ese mundo, porque es necesario que no cambie. La tecnología también es política y el uso que se le da construye un modelo u otro de sociedad. El futuro es lo que se construye desde estos espacios de pensamiento (“focos elitistas de democracias futuras” como diría Alba Rico) que canalizan la revuelta hacia la conformidad disfrazada de revolución. La tecnología, como siempre por otra parte, para lograr acumulación. Los modelos de tecnología y su alcance es lo que diferencia el resultado en su magnitud.

No sé si todo esto que parece tan revolucionario se reduce a la administración del capitalismo, a reforzar una ciudadanía productora, productiva y bien entrenada. Nada de ruptura, nada de desobediencia intelectual, nada de resistencia cívica. Me da la sensación de contemplar la innovación educativa como un escenario de las apariencias que se convierte pues en una especie de boutique en la que podrán entrar y acceder quienes estén en la vertiente favorecida. Como siempre una innovación de clase. No puedo ver tampoco en esto voluntad de ruptura sino de refuerzo. Sobre las libertades que nos menguan, los derechos que perdemos, esas desigualdades que acechan… nada que decir, parece que se trate de adaptarnos en lugar de enfrentarnos. Vamos a educar para que puedan acostumbrarse a “lo que hay”, la ilusión provisional mientras accedemos a ese valle prometido de la abundancia. Todo un poco perverso: te doy libertad para moverte en el espacio que te cedo.

Me sorprende que se asuma esa diferencia tan abismal entre la realidad y el relato. Pero es evidente la importancia que toman las grandes narraciones para estructurar la ilusión. (Cada cierto tiempo nos encontramos con nuevas narrativas que intentan componer la realidad). Esas imágenes que se proyectan como referencia de progreso. Por eso es intocable y cuestionarlas es posicionarte en el lugar del cenizo. Sin embargo no me resisto a pensar más allá de las evidencias (crítica, hegemonía y ficción) y sospechar que, con clarísimos matices, todo consiste en regularizar los procedimientos necesarios para moverse en las “nuevas” sociedades.

La absorción, de nuevo, de la rebeldía. O, parafraseando a Brossat, una “innovación inmunitaria”. Asimilable siempre que no se alteren las reglas sociales, políticas y, sobre todo, económicas. Algo que, aunque parezca una contradicción, sirva para controlar y canalizar el pensamiento crítico. Vamos a prepararnos para las condiciones que se avecinan sin cuestionarlas demasiado.

Me duele la innovación que estoy viendo e intentaré terminar con una síntesis desde una cierta consternación. Ni apocalíptico, ni integrado, como diría Eco, trato de situarme en una posición de análisis crítico. Porque creo de verdad que estamos bajo una “innovación tutelada”, muy típica de esos modelos proteccionistas de quienes se sienten con capacidad técnica y ética para este tipo de cuidados y en la que entran, por supuesto, intereses de mercado (público y privado) de un gran número de empresas y consultoras especializadas. Una intervención clara para instruir al individuo y que pueda tomar las riendas de su vida, eso sí una vida prefigurada por esas instancias que saben. En definitiva esa libertad que consiste en decorar el espacio controlado y dejarte elegir entre los caminos señalados. “Los hombres tienen la costumbre de obedecer tanto a otros hombres que, para la mayoría de ellos, la libertad es el derecho de no ser sometido más que a los amos que han sido elegidos por ellos mismos. Sus ideas no van más allá, es ahí donde se detiene su débil sentimiento de independencia.” Condorcet en 1789. Hoy seguimos eligiendo amos pero los preferimos disfrazados. Y si van desnudos no lo mencionamos.

#1# La innovación universal es ese paraíso de progreso que orientará a nuestros (vuestros) descendientes si siguen los caminos señalados. Hoy es el top de cualquier institución que se precie. O sea, un dispositivo de control renovado. La idea de la innovación salvadora no deja de ser otro mecanismo que va a facilitar el entendimiento entre los que señalan el camino y los que lo siguen.

#2# ¿Y si la innovación, precisamente por ésto, consiste en la replicabilidad infinita? Este señalar caminos requiere de un sutil y eficaz “estar de acuerdo” entre quienes señalan. La soberanía efectiva consiste en que se asuma sin cuestionar, como si uno mismo lo eligiese. La innovación representativa en función de una democracia liberal. La innovación canalizada según supuestos de un modelo económico uniforme y sin aparente sustituto. La repetición hasta la obscenidad de los mismos esquemas, de las mismas puestas en escena… todo muy innovador…

#3# El paso por estos ritos de innovación será lo que autorice a una “ciudadanía compulsada” y certificada como producto. Las famosas y terribles “competencias” como tendencia y último modelo educativo. Para ello es necesario que alguien genere ese relato y, mucho me temo, también parten de esos espacios de privilegio y normalización. ¿No es curioso que casi siempre concuerdan los planteamientos de éstas con el de las grandes corporaciones? Estatalizar y oficializar la innovación, también la educativa formal o no formal, ha sido una gran idea.La nueva modernidad se canaliza a través de la innovación educativa.

#4# El nuevo intelectual es el experto en innovación. O así lo parece. El dispositivo de la innovación social se maneja ahora desde la “intelectualidad técnica” y propicia una “ciudadanía intermitente” que convierte sus energías políticas en energías productivas en los precisos periodos en los que se le permite participar. El individuo innovador aprende a convertir sus gustos, tendencias, aficiones… personales en juegos de mercado (incluso el social) en una mercantilización infinita que a nadie molesta, al contarlo, se propicia. La innovación es esa masilla que rellena cualquier grieta. La silicona social. La educación no es eso.

#5# Interiorizar los valores (humanos, por supuesto). Todo muy transversal para salir de esa zona de confort tan peligrosa (iqué manía!). Todo muy delicado y agradable ¿Por qué no hablamos directamente de Coelho? La actitud positiva. Siempre desde la zona noble, esa que diferencia estos espacios limpios de aquellos que tienen un cierto regusto a… en algunas ocasiones, en algunos lugares, ante algunas personas me pregunto muy seriamente qué es eso de la innovación. Qué pretendemos en todos estos laboratorios, hasta dónde llegan… La innovación fetichista que aporta su dosis social.

#6# La innovación no deja de ser un campo de certezas compartidas, una comunión entre iguales que están convencidos de ofrecer la salvación. Algo que demasiadas veces cuadra con lo que ocurre fuera. Estos espacios son como invernaderos, ecosistemas, como todos, más bien cerrados. ¿Por qué siguen empeñados en llamarles ecosistemas? Puedo comenzar a pensar que se trata de otro modo de aislamiento muy cercano al que pueden producir esos productos tecnológicos que multiplican amigos: Una incapacitación que impide conectar con el mundo real más allá de ese ecosistema tan querido. Un tremendo fraccionamiento de la realidad.

#7#Aunque parezca una contradicción con los principios que se predican desde la innovación la realidad es que se está favoreciendo una supervivencia de los privilegios. Guste o no, la innovación no está al servicio de una sociedad de los comunes porque estos, las más de las veces, siguen fuera de estos círculos. Se sigue con esa tradición de pensar para el pueblo pero sin el pueblo. Como si los pensadores de la innovación se saltaran las reglas que ellos mismos diseñan. Todo esto provoca a la postre un gran desconcierto en el seno de estos círculos: la tozudez de quien no hace caso.

#8# ¿Quién constituye la clientela de estos maravillosos catálogos? ¿Quién compra? ¿Quién atesora puntos en ese compendio de competencias? Parece que no hay desacuerdo entre quienes viven en este mundo. Todo gira en torno a los mismos eslóganes, a los mismos discursos… todos de acuerdo y girando sin fin alrededor de los mismos brillos de creatividad, de compromiso… todo tremendamente predecible y monótono. Todo preparado para navegar por este nuevo escenario que “empresariza” cualquier momento de cualquier vida. La innovación educativa como otro gran pasillo de este fantástico supermercado. La innovación como complemento imprescindible para colocar en el mercado cualquier producto público o privado. Y, cómo no, favorecedora e impulsora del mito del emprendimiento. Ahora, ante todo, si deseas vender un producto, una idea, un servicio, un proyecto municipal… hay que ofrecer innovación. La nueva mitología que engrandece lo que toca.

#9# Puede que esa innovación decorativa sirva como placebo, algo amigable que va entreteniendo y poniendo fácil esa relación en una realidad más hostil cuanto más afuera. Un fondo de construcción colectiva prefabricada. Los vínculos de innovación son los que hoy generan los lazos entre esta espacios de influencia. Esos laboratorios donde se dan cita expertos y ciertos ciudadanos dispuestos a compartir y multiplicar. Lo que no aparece en estos espacios es la innovación cotidiana, la resistencia cotidiana y sensible que llena ese vacío al que no llegan estas estructuras formales.

#10# ¿Cómo es posible construir espacios de autonomía desde esta normativización oficial y generalizada? ¿Cómo se pueden alcanzar las líneas de fuga? ¿Dónde se puede situar el signo de la subversión? Todo está tan integrado que constituye una mercancía muy rentable. Si en un pasado no muy lejano nos invadieron los planes estratégicos hoy lo hace la aglomeración innovadora. Un conservadurismo renovado. Lo tremendo es que ese es el escenario para el que hay que preparar a la futura generación. En Paraíso al que se accederá, al que se llegará si sabemos, si saben, aprovechar esa ola, si logran instalarse en esa realidad incuestionable. Porque, claro el modelo capitalista no puede cuestionarse, como mucho hay que dulcificarlo con esas dosis de colaboración experimental que se multiplican. La innovación como una planta de reciclado para las generaciones venideras. Algo que celebra la estética del capital.

Siento, de verdad, que todo ese escenario que se presenta es un verdadero trampantojo en el que se mezclan deseos y profecías. Que se plantean itinerarios que no van a tener reflejo real en la capacidad de elección de las familias para acceder a esos espacios ideales. Y que, como siempre, se van a mezclar los intereses del capital con los humanitarios por mucho que se le quiera vestir a todo con esos tintes sociales que tanto fascinan. La educación será cada día más un mercado al que todo el mundo querrá entrar y en el que llevan ventaja las industrias tecnológicas y las instituciones financieras.

Intención final: declarar libre de innovación mi espacio vital e intelectual.

la modernidad brillante: una innovación sin munición.

Terminaré con este tercero, las reflexiones últimas (indicios y disonancias) sobre la Innovación Social y Ciudadana. Y lo haré con la confusión que me viene aumentando desde que los impulsos socialdemócratas de las instituciones (de gobierno y académicas) van migrando sin reparos hacia un socioliberalismo claro. Una migración  con dos ingredientes de lujo para no poner en peligro el status:  el pragmatismo político como fórmula operativa (la engañosa gobernanza, pero de eso ya hablaremos) y el compromiso parcial (entretenimientos de ciertas élites con conciencia social) especialista en poner parches sin molestar/molestarse demasiado. La ISC más bien se parece a esos juegos de rol donde todo es aparente y cada uno tiene que interpretar un papel. Un trampantojo muy sutil impulsado desde los espacios institucionales para ennoblecer esa democracia liberal que ya gobierna. En todo caso, la innovación social desde el ámbito público se parece cada vez más a un espectáculo en el que se compite para ver quién es más avanzado, quién alcanza un lugar más destacado en esa batalla de las ciudades marca, quién logra más prestigio personal, de institución, de proyecto… en definitiva un juego de competencia muy parecido al capitalista.

¿Se trata de una ISC forzada? Si deseas pertenecer a este mundo de prestigio, sí, sin duda. Aunque el discurso quede en una exaltación de lo obvio con pretensiones de revolución (muy en la línea de esa “revolución de las pequeñas cosas”que reclama un poderoso banco). Algo que nos vamos contando periódicamente mientras vamos construyendo siempre desde el principio. La eterna ilusión de inventar la rueda. Las mismas preguntas a las mismas gentes. Las mismas respuestas a las mismas gentes. La participación circular en una modernidad brillante, esa que toma toda su fuerza en lo aparente, en el postureo, en el discurso deslumbrante, en el hueco, en el “como si”.

Una modernidad brillante que agrupa a ese colectivo de privilegio intelectual, técnico y académico que celebran siempre juntos cada uno de los ritos. Me temo que todo esto sirve en realidad para perpetuar las diferencias, para consolidar espacios de privilegio. Algo que potencia y protege a un círculo muy concreto que lo sabe rentabilizar a la perfección (son especialistas, a ello se dedican). La modernidad brillante se desarrolla en burbujas en las que prosperan las ideas afines sin demasiada conexión con la calle, con la realidad de un resto que no comprende lo que en estos laboratorios se cuece.

La ISC tambien ha caido en el territorio de las profecías y eso enriquece egos. Pero ¿quién decide lo que es innovación? ¿Quién dirige y orienta esas “predicciones”? Tanta similitud resulta curiosa. Tanta homogeneidad sobre cómo debe ser la cosa… sobre las tendencias, sobre lo que nos conviene… Todas las instancias públicas “invirtiendo” en ISC. ¿Cuándo llega su devaluación? No me digan que va a ser una sorpresa: con la saturación. La hipertrofia de la ISC. La modernidad brillante, como buen hija de la doctrina capitalista, exige de una rotación sin freno. En éste mundo de la ISC también se producen y reproducen proyectos, actividades, encuentros… sin fin que, aunque parezca una contradicción, disminuyen por completo esa potencia transformadora. La anulación por intoxicación. Pero, de momento la ISC es un complemento básico que viene muy bien tanto para tenerlo de reserva en el ropero de los discursos como para llevarlo puesto.

Asusta que esa profusión nos pueda llevar a una superficialidad y a una banalidad paralizantes. Cuando la retórica de la ISC se multiplica a tal escala, cuando resulta cómoda,  surge la sospecha de “lo correcto”. Cuando la ISC también es un espacio de consumo se convierte en una mercancía susceptible de ser privada. Aunque las formas y las palabras lleguen a convencer, las esferas pueden convertirse en espacio vacíos. La ISC empaquetada por expertos para la distribución y el consumo interno. Quizá porque esa izquierda que puede abordar estos menesteres se ha convertido en una “izquierda funcional” que tiene sus bases en organismos internacionales e instituciones públicas fundamentalmente. Desde allí es desde donde se fomentan estos espacios, desde donde se generan estos discursos. Pero esta “izquierda funcional” también se mueve dentro de normas básicas de corrección porque no es total su autonomía, su seguridad, su continuidad. La izquierda funcional institucionalizada tiene que rendir cuentas y rentabilizar puestos. Y eso no cuadra muy bien con las necesidades de ruptura.

Y lo peor es que cuando se trabaja sobre estos escenarios de lo homogéneo se  alcanza una grave pobreza de planteamientos: otra de lo mismo con ligeros matices, pocas sorpresas. Es una innovación sin munición, algo que la lleva a la descomposición de su sentido profundo ya que a la larga ella misma se aísla en ese entorno de iniciados. ¿A quién sirve la ISC? ¿Para quién sirve la ISC? ¿Hasta dónde llega? El asombro es mayúsculo cuando desde estas burbujas de éxito se descubre que lo que lo que allí se predica no concuerda con lo que sucede  en la calle. Un ejemplo: la deriva hacia la derecha fascista y extrema de una masa de población desfavorecida, ¿cómo puede suceder ésto? ¿cómo pueden acercarse a una corriente ideológica que va contra ellos mismos? en definitiva… ¿cómo pueden ser tan ignorantes? ¿Cómo es que no nos hacen caso? Mientras hablamos de ISC y creemos abrir puentes, la distancia entre esta intelectualidad de laboratorio y las realidades sociales es más grande. Sencillamente porque las desigualdades múltiples que produce el neoliberalismo y sus democracias liberales (también sus izquierdas liberales, no lo olvidemos) son cada vez más graves. El círculo se reduce al modelo BBVA (burgués, blanco, varón, adulto) , la clase media, educada y con solvencia económica es la que accede a estos círculos de innovación tan resplandecientes. ¿Puede ser la ISC otro espacio aislado para minorías? ¿Una comunidad cerrada que refuerza las desigualdades? Una comunidad de afines trabajando sobre supuestos y discursos que difícilmente alcanzan a la creciente población desfavorecida.

Al final me quedo con la sensación de encontrarme en un entorno muy limitado. Como tantos otros que se construyen desde esta modernidad brillante que emerge desde la mezcla entre el capitalismo de mercado y el capitalismo social. Un entorno en el que predomina una clase más o menos acomodada en el terreno económico, destacada en el académico y muy basculada en el racial. Muy de clase, con escasa porosidad y con demasiadas dosis de aquiescencia. ¿Qué hay de revolucionario en todos esos procesos? Quizá consista todo esto en una simple reorganización. Algo que debe hacerse de vez en cuando para asegurar que todo funcione, revisar ciertos procesos para garantizar la paz social. Garantizar espacios simbólicos en los que se sigan administrando esas cuotas de poder que El Poder generosamente concede (Qué espantoso término el de generosidad cuando proviene de las alturas)

Quizá esta ISC que contemplamos no es sino la búsqueda de una adaptación antes que de una ruptura, un movimiento profiláctico y conservador. Eso es lo reprochable. O como dice Alba Rico: “…muy a menudo la propia izquierda, o una parte de ella, ha concebido su proyecto en los mismos raíles que el capitalismo.” Quizá la ISC no consista en estar en ese “dentro” que le señalan, que no consienta en jugar con las cartas marcadas, que no se deje involucrar en un juego de normas fijas, sino que se atreva con otras configuraciones, en otros tableros. Quizá la ISC esté construyendo un insititucionalismo algo distinto pero insititucionalismo al fin, y otra vez lleno de especialistas. Una innovación al fin que no se enfrenta al sistema, que no crea conflicto sino que lo acomoda en un discurso de modernidad sin contradicciones. Un discurso recubierto de una capa de compromiso, de creatividad sin límites, de esencia rompedora… todo muy acorde con ese nuevo socioliberalismo que lo barniza todo para que pueda venderse mejor. El propio capitalismo desde todas sus atalayas es quien se encarga de reforzar estos esquemas (colaboración, emprendimiento, innovación, creatividad) para conseguir una continuidad tranquila.

Alain Brossat en su libro “El gran hartazgo cultural” nos dice: “El arte contemporáneo, en sus formas dominantes, mayoritarias, no es la instancia crítica o subversiva que juzga y de-construye las formas actuales del orden, más bien se trata del explorador y el experimentador de las nuevas formas de actuar del capitalismo líquido”. No puedo dejar de establecer una analogía con muchas de las iniciativas de ISC: parecen, se nombran, se atribuyen a si mismas un carácter revolucionario  y sin embargo se reducen a la administración del neoliberalismo.

El innovacionismo, el laboratorialismo, entrañan no pocos peligros que giran en torno a cuatro amenazas: la de provocar una “innovación autista” a través de la ausencia de porosidad, la de fomentar una “innovación dominante” a partir del aislamiento de clase, la de convertirse en una “innovación condescendiente” favoreciendo la energía capitalista, la de quedarse en una “innovación envoltorio” incapaz de canalizar el desorden y la ruptura. No puede haber innovación ni creatividad si no es para destruir los mecanismos que atan, para destruir el entorno depredador. Permítanme que proponga para estos laboratorios tres líneas de trabajo básicas: porosidad, munición subversiva y desobediencia intelectual.

disonancias de innovación

Las palabras no nombran la cosa, sólo nos aproximan a ella y lo hacen dándole un sentido que determina quién tiene capacidad para poder nombrar. Es la célebre exclamación de Humpty Dumpty: para conocer el significado real de una palabra, lo que importa es saber quién manda. Tener voz en el espacio público es tener poder”

Victoria Camps en ‘Elogio de la duda’.

Quizá en la innovación y en la gestión lo más importante es lo que no se ve. Quizá como en la inteligencia que es mucho más lo que no se dice.

Vuelvo con la duda. Vuelvo a ponerme delante de la innovación social y ciudadana (ISC) para interrogarme sobre ella. Vuelvo a enfrentar la ISC consigo misma para que pueda cuestionarse, para que pueda desgranarse. Me asusta esa seguridad con la que se habla de ella, con la que se engalanan todos los discursos, con la que se adjetiva, con la que forman titulares y definiciones… Me hace sospechar. Me sorprende la falta de matices, el determinismo, el dogma. La homogeneidad, la ausencia de crítica y la delgadez de los márgenes. Me intranquiliza que todo se esté convirtiendo en un proceso autorreferencial y que, al final, sólo pueda explicarse a sí mismo. La “sociedad de la innovación” no puede convertirse en un artilugio amable de la sociedad capitalista.

No trato con la duda, en todo caso, de atacar o invalidar, de ponerme en contra sino de captar y revisar las contradicciones intrínsecas de la ISC. En última instancia de ver si se puede impedir que sea una vez más un proceso en el que los expertos (los que saben) van a salvar a los legos (los que no saben), Otro proceso de arriba abajo, eso sí, desde un planteamiento dulcificador (¿y algo banal?) que resulta muy amable, fácil de incluir en los discursos. Algo ingenuo en algunas ocasiones. En otras tomada como una navaja suiza con la que podremos salir al monte con tranquilidad.

Puede que esta ISC sea lo que Marina Garcés llama las “prisiones de lo posible”, una realidad “en la que todo es posible pero nada cambia”. Puede que estemos atrapados en modelos estandarizados de revolución, de cambio, de progreso. Modelos que necesitan de la velocidad y los destellos de una sociedad del cansancio en el sentido que le da Byung-Chu Han. La ISC como tribuna de una “nueva” élite intelectual y política que, a pesar de surgir de las plazas sigue teniendo problemas para contactar.

Es pues una aproximación crítica a un concepto que surge como explosión pero que requiere de una autonomía radical de pensamiento y acción. Un proyecto abierto y a realizar, a construir sin tutela, sin la directriz de un nuevo poder aunque venga desde las intenciones liberadoras. La ISC sólo puede ser lo que ocurre fuera del poder, la potencia que no puede encerrarse.  

Decía Ulrich Beck: “cuando el poder se convierte en tema es cuando comienza su desintegración”. No sé si eso es lo que le ocurre a la ISC.

Disonancia primera: Puede que esta ISC no sea más que para privilegiados y hecha por privilegiados. Mientras las élites neoliberales tienen una capacidad de recuperación e influencia cada vez más asombrosas para asegurar y ampliar sus privilegios, desde una parte de personas y organizaciones alineadas con la  denominada conciencia social, se lanzan mensajes de esfuerzo y de sacrificio que entremezclados con la colaboración y las energías cívicas componen un cántico muy agradable de escuchar. Resultado: una connivencia desafortunada que acostumbra más que atiza. No puedo dejar de percibir una deriva elitista en la que difícilmente entrarán esos grupos sociales que no comparten privilegios sociales, económicos, académicos… y que por esas causas y otras de carácter cultural nunca estarán en disposición de acercarse, de participar, de aventurarse en nada que les despiste de sus necesidades cotidianas. Estamos reconstruyendo ese modelo de delegación que transmite el “dejad en nuestras manos el gobierno, nosotros os representamos”. Se intuye un elitismo que solo desciende hasta determinadas capas mientras las más profundas siguen sin ser tratadas. Puede que se consigan efectos perversos. Un resquicio de esa socialdemocracia que apuntaló el neoliberalismo y que ahora ha migrado a social liberalismo.

Disonancia segunda: Existen fabulosos escenarios socio liberales (públicos, privados y tercersectoriales) que han convertido los discursos de la ISC en la razón de ser de su organización, en una especie de materia prima de la que extraer sus beneficios. La fractalización del capitalismo genera espacios “despolitizados” que aglutinan a personas de buena conciencia. La magia negra de este nuevo dogma está en que te permite navegar por esos mares del capitalismo y perpetuar sus rutas sin ahogarte. De ninguna manera la ISC está diseñada para derrotarlo.

Disonancia tercera: ¿Hacia dónde va la ISC en este escenario? Creo que muy poco a atacar la raíz sino a poner bálsamos. Así la ISC no deja de ser un entretenimiento de sello socio liberal que está más cerca de las estrategias conservadoras que de las transformadoras. Algo que se consume dentro y que difícilmente sale de ese circulo privilegiado que la monitoriza. En definitiva, unas acciones de corte social pero alejadas de la comunidad que no participa. La ISC no puede ser neutral, necesita comprometerse desde la estructura.

Disonancia cuarta: Aunque a algunas personas (muchas de las que están implicadas) pueda parecerle una tremenda exageración o un disparate, podemos estar asistiendo a un proceso de homogeneización que poco tiene que ver con el final esa sociedad que queremos superar. Quizá tan solo se esté canalizando la sumisión, la disciplina, la resignación… Al abrigo de la ISC se disuelven los conflictos, se estrechan los intereses y parece que desde las grandes corporaciones hasta los núcleos de activistas más puros, todos sienten las mismas preocupaciones. Esto suena, a mi me suena, muy sospechoso. ¿Hasta qué punto no se está convirtiendo en otro cercamiento? El impulso del pensamiento positivo a través de estas iniciativas supone a la larga una negación de la realidad. La hipertrofia de la ISC produce aceptación, conformidad, anuencia…

Disonancia quinta: Esa revolución que se pretende desde los lugares de la ISC no deja de ser demasiadas veces una sarta de lugares comunes y de obviedades. Se magnifica lo que se dice en creencias colectivas que dan seguridad. El abrigo de la ISC protege del afuera, ofrece soluciones y acoge en un espacio prefabricado que tranquiliza mucho. Se convierte es un ruido revolucionario, solo un ruido pero que vende mucho. Creo que, en ocasiones, a través del discurso de la ISC se está siendo cómplice con la dinámica neutralizadora del capitalismo. Bien sabemos que éste necesita parasitar las realidades que permanecen fuera.

Disonancia sexta: La búsqueda de la ISC se ha centrado en una lucha de mensajes para competir en un nuevo mercado. la ISC como producto es un hecho que posiciona y da ese prestigio personal o de marca, político o financiero que tanto necesita este sistema. Se está generando la ortodoxia de la ISC. Una especie de “estetización del mundo”, como diría Lipovetski, que genera modelos de discurso para el consumo. Modelos que se distribuyen estupendamente porque generan tranquilidad, una tranquilidad que, por supuesto, parte de no llegar al fondo de la cuestión, a ofrecer respuestas superficiales, de abordar el síntoma. Todo con muy poca radicalidad. Los interrogantes se limitan a unas cuantas preguntas, a unas cuantas propuestas que parten del mismo modelo de pensamiento. Algo que deja poco espacio para esa resistencia tan necesaria. Queda un compromiso superficial, una empatía hueca. Una nueva forma de extracción, no solo de renta (por los productos que se colocan en ese mercado de consultorías y predicadores) sino de prestigios, esa que se deriva de muchos “laboratorios” públicos afincados en gobiernos locales y estructuras académicas.

Disonancia séptima: La ISC, presentada y producida desde arriba (administración, academia y entidades especializadas) no deja de ser un proceso de normalización bajo los parámetros y criterios de un momento histórico y social determinado, de un discurso “de lo último” o de las necesidades de proyección que estas instancias expertas tengan. No hay demasiado lugar para la resistencia. Y en este camino hacia la normalización se pervierte porque hay una obligación implícita al instalarse en los modelos que son preseleccionados y formateados por parte de ese poder experto. La ISC desde estos rasgos distintivos se convierten en “lo establecido”. Es como si fuera una extensión de la rama ligth del poder. El canon de comportamiento para una sociedad comprometida desde esa moderación meliflua que no quiere hacer demasiado ruido, que no quiere remover demasiado.

Disonancia octava: El concepto importa, la palabra determina. No sabemos cómo ha podido llegar a convertirse en mantra (recordemos que se traduce por “instrumento del pensamiento”) pero seguro que muchos de nosotros hemos colaborado. Lo colaborativo, lo abundante y lo innovador (todo siempre dentro de un ecosistema, claro) forman parte del sentido que cualquier organización moderna tiene que exhibir en su descripción, en su adn y en sus inquietudes. Sócrates, ya hablé de él en este sentido en otro lugar, sería féliz preguntando sobre estos tres conceptos. ¿Qué tienen de fondo? Los aceptamos sin cuestionar solo porque forman parte de esta especie de modernidad. Los tres conceptos, y más la ISC, describen la línea por la que hay que circular. Y estos discursos van calando y generando realidad. ¿De dónde vienen? Los intereses políticos y económicos, los imaginarios culturales señalan esos caminos a través de todos los dispositivos a su alcance. El socioliberalismo ha tomado una fuerza enorme y su lenguaje es el que mantiene estas nuevas iniciativas que fabrican el consentimiento ciudadano. Todo se acepta fácilmente y quien quiera salir en la foto tiene que moverse bien por estos tres conceptos. A mi no me parece ningún mérito estar acorde con los tiempos.

Disonancia novena: La apelación constante a la ISC constituye un eslogan recurrente y muy dado al lenguaje de brocha gorda más bien dado a la ficción que a la transformación. Si el hecho no es natural se convierte en normativo y la cosa cambia mucho. Ese paso de lo natural a lo normativo lo convierte todo en la construcción de una realidad paralela, un engranaje de convenciones para que todo ruede correctamente. Incorporar la ISC a las estrategias de excelencia es deformar lo cotidiano.

Disonancia décima: La cortina de humo funciona. Nos oculta las verdaderas causas. Habla de lo obvio y lo recalca. No se olviden de respirar o de lo contrario morirán, eso nos podría decir también. Es lo mismo aunque parezca una exageración. La ISC nos recuerda muchas veces que “hay que respirar” y lo malo es que está impulsada por las mismas administraciones te lo impiden, que recortan e deniegan derechos.

“El cambio de paradigma de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento denota una continuidad en un nivel determinado. Según parece, al inconsciente social le es inherente el afán de maximizar la producción. A partir de cierto punto de productividad, la técnica disciplinaria, es decir, el esquema negativo de la prohibición, alcanza pronto su límite.” Puede que esto que nos dice Byung-Chul Han en su libro “La sociedad del cansancio” sea el resultado. Deseado o no deseado, porque creo que hay también muy buena voluntad aunque a veces irreflexiva, en muchos de los procesos iniciados. Por eso, vamos a ver algunas asonancias.

Asonancia primera: Resistencia. No es cuestión de “mejorar” lo que tenemos sino de alcanzar una sociedad alternativa. Pero la resistencia es mucho más discreta y eso hoy no forma parte del espectáculo. requiere de motivos y estrategias que enlazan con el convencimiento profundo más que con la contingencia. Requiere de tiempo y no es necesariamente expansiva y, fundamentalmente es fruto de una conciencia profunda. Establecer una cartografía de la resistencia supone abrir una puerta a la oportunidad y a la gestación lenta.

Asonancia segunda: Proximidad. Y no hablo de espacio. Hablo de lo que Josep María Esquirol llama “filosofía de la proximidad” en la que lo lejano y lo cercano no son opuestos en medio de una concepción antropológica. O mejor, proxicuidad, una lógica complementaria entre proximidad y la ubicuidad, un equilibrio entre el contacto de cercanía y la demanda de dispersión. Sin determinismo territorial y reforzando modelos que permitan acercar sensibilidades.

Asonancia tercera: Conectividad. Y tampoco hablo de tecnología sino de reconstruir los vínculos, establecer una sociedad conectoma que restaure de forma transversal la comunicación. más allá de la colectividad como conjunción de personas, grupos, colectivos, La utopias conectivas que convierten a los territorios en modelos dinámicos, nómadas, abiertos, sustentados sobre la simbiosis y el contagio, desjerarquizados y heterárquicos. El cerebro social. Nexonomía: el tratado de los vínculos para el bien común

Asonancia cuarta: Escalabilidad. La necesidad de abordar ese paso que abarca todo el arco social. Asumir los riesgos que permanecen marginales desde las realidades privilegiadas que parecen las Únicas invitadas. Ser capaces de que esos contextos sociales próximos y frágiles funcionen en la lógica de una maquinaria imprescindible más allá de la manoseada integración. Trabajar desde las situaciones micro con capacidad de implicación y de autonomía. El cambio global que se pontifica y hacia el que se impone la acción no puede hacernos perder de vista la realidad más inmediata. La realidad no puede ocultarse tras los destellos de la retórica innovadora, colaborativa y emprendedora que, como vemos a diario tan solo alberga a cierta clase privilegiada

Asonancia quinta. Simetría. ¿0 podemos unirla a la anterior? En todo caso está bien relacionada. No abundaré, lo he ido haciendo a lo largo del texto. En todos estos procesos de ISC se constata una evidente asimetría de clases que excluyen a quienes no pertenecen a ese ámbito económico, social y académico, el de la clase en cierto modo privilegiada y evidentemente occidental (¿habéis visto participar de la ISC a muchos inmigrantes?). Los sesgos y las carencias son evidentes. Una minoría vuelve a estar al cargo. Una minoría vuelve a adjudicarse la representatividad.

Asonancia sexta. Afectividad. Una perspectiva que aborde los procesos desde posiciones integrativas en el más amplio de los sentidos. Una ciudad empática en la que quepan sus múltiples protagonistas, donde quepan las diferentes sensibilidades y convivan en un entorno de complejidad generativa. La sabiduría del arrimo. La esencia de los cuidados.

Asonancia séptima. Nomadismo. Ser flâneur del conocimiento. No estamos hablando de desplazamientos físicos sino de aperturas intelectuales. La experimentación ubicua que no pretende reproducir los modelos conocidos sino experimentar nuevas cartografías, nuevas derivas. Un pensamiento “siempre de paso” como diría Aute.

Asonancia octava. Permeabilidad. El dentro y fuera no existe. No existen los márgenes. Todo es una tensión que enfrenta y que ha provocado la espantada de no pocas comunidades, de no pocos individuos, de no pocas inteligencias. No hay nada que nos diga que no deba contemplarse una porosidad extrema para el encuentro.

Asonancia novena. Situación. La lógica de la resistencia no está en el orden, no está en lo organizado. A menudo lo no previsto genera una riqueza mayor si se sabe estar al tanto. Acciones libres engarzadas que van provocando situaciones generan otras nuevas, a menudo inopinadas y accidentales (felices accidentes). Escaparnos del programa. Abrazar los desvíos. Priorizar la inducción.

Asonancia décima. Desapropiación. O construir dinámicas para alcanzar la participación aumentada. Muy relacionada con las necesarias desinstitucionalización (devolver la capacidad a la sociedad) y desexpertización (la multitud inteligente) que pueden poner en marcha la intuición, la energía emocional, la iniciativa, la experiencia de vida, la intención conectiva… para alcanzar soluciones laterales.

Asonancia premium: Radicalidad. Para construir de raíz. Para la resistencia. Para la ocupación. Para la recontextualización. Para la reapropiación.

indicios de innovación

El medio revolucionario de la actualidad es la innovación. Al menos así lo parece. Al menos así se plantea. El apartado intelectual técnico y político contemporáneo no puede prescindir de la innovación en su léxico. Lo necesita. No se puede participar de la construcción del mundo visible sin aliarse con ella, sin participar activamente en alguno de sus laboratorios, sin organizarlos. Nada que objetar. Mucho que reflexionar.

Parece que estamos insertos en la “sociedad de la innovación”. Podríamos decirlo así a la vista de su inevitable presencia en cualquier titular. Y, dado el entusiasmo que provoca, podría pensarse también que nunca antes se había dado algo parecido. El caso es que a partir de lanzarnos a ella vamos a alcanzar los sueños de una ciudadanía emancipada. Ese es el principio. Al menos esa es la carta de presentación. No sé. Quizá sea que estoy entrenado para la duda. Si voy a usurpar un pensamiento de Bertrand Russell sobre la filosofía diré que, por lo menos desde la gestión desde lo público, cualquier afirmación debería ser “un ejercicio de escepticismo”. Me coloco en ese espacio sin la intención de bloquear.

Escepticismo primero: La abundancia de innovación puede vacunarnos contra la curiosidad cuando toda viene desde las mismas fuentes y en paquetes preparados para el consumo seguro. Refrendadas por esa comunidad experta que nos protege. Puede parecer una paradoja pero el bloqueo por hipertrofia existe. Cuando se ha convertido en una muletilla recurrente. Cuando señala con rotundidad los espacios por donde se debe caminar, las materias que se deben investigar, las razones para protestar.

Escepticismo segundo: Cuando ella misma se convierte en un estupendo nicho de mercado. Ya hemos vuelto a la mercancía por un camino nuevo. Cuando se convierte en otra plataforma para regenerar el capitalismo. Cuando puede ser un bálsamo más que un reactivo. El neoliberalismo como cultura exige una gran cantidad de complementos que lo disfracen. Incluso que lo banalicen para que pase desapercibido.

Escepticismo tercero: La sociedad de la innovación construye el espectáculo moderno de la inconformidad y sus opiniones, sus sentencias, sus decisiones son las que construyen y/o imaginan el futuro. Hoy con más fuerza se consume el signo y la fuerza de esa modernidad se manifiesta en la innovación como recurso. Un nuevo recurso que aparece como inocuo, como regenerador, como restaurador de una naturalidad perdida. Se instala y se consume el capitalismo sociológico como gran símbolo oculto. Una reproducción de las normativas que no ataca las bases de los atropellos sino que suaviza sus efectos. Sigue siendo la ciudadanía una observadora más. Alguien que consume esos símbolos, esos signos que desde esos espacios de innovación se generan.

Escepticismo cuarto: Creo que existe una contradicción grave en ciertos discursos “ciudadanistas”. En estos espacios de pensamiento participa un sector muy definido de la población que mantiene unos determinados privilegios de estatus, prestigio, reputación, crédito, formación… que luego se encarga de exportar para que el resto tomen referencia. Una especie de “innovación de clase” para una categoría más o menos acomodada. Aunque parezca lo contrario y así se mantenga en los foros de innovación, el asunto no deja de ser de arriba abajo. La innovación es innegablemente dirigida. La sociedad de la innovación es un modelo de dirección. La forma de generar un mundo deseado desde una cierta auto-representación. Quizá una manera más de desposesión capitalista. No deja de ser curioso que sea desde lugares amparados por el poder local en su mayoría y en muchos casos ya por instituciones supranacionales pero oficiales, desde donde se busquen fórmulas revolucionarias.

Escepticismo quinto: Es esa misma sociedad de la innovación la que plantea un sistema de relaciones sociales, culturales y económicas en torno a un objeto de deseo que acaba convirtiéndose en la conformidad con lo que ocurre. Y lo hace a través de la normalización de los sentimientos: la normalización de la provocación. La revolución de la calle se dulcifica y la práctica subversiva se serena desde unos laboratorios que en demasiadas ocasiones se convierten en endogámicos.

Escepticismo sexto: ¿Una nueva forma de ordenación ciudadana? Una cartografía de la subversión nos aporta la certeza de que existen gran cantidad de manifestaciones marginales de mutación y de guerrilla  que difícilmente se entrecruzan con la innovación oficial. Se genera una especie de relación en códigos cerrados que impide que las ideas se contaminen y terminen aisladas en esos micromundos de clase. Quizá este sea un desorden de la innovación: que está encuadrada, que se dibuja con líneas demasiado rectas, que a la postre genera ortodoxia (la heterodoxia no dura dentro del poder), que se pretende globalizada, que se sustenta sobre la cifra… La normalización de la innovación, aunque pueda parecer una contradicción, puede reconcentrar el pensamiento, puede adelgazar enormemente el discurso y consolidar la formalidad.

Escepticismo séptimo: La innovación, puesta en esa bandeja, se convierte en un espectáculo más. Eso sí, un espectáculo avanzado, renovador. Cuando innovar encaja tan bien en cualquier discurso, algo resulta sospechoso. La innovación viene así a ser un comodín, algo que siempre queda bien y que se diluye en si mismo una vez termina la perorata: “[…] todas las formas de crítica, disensión y resistencia mantienen una relación interna con el sistema al cual se oponen” (Sadie Plant). Un bálsamo para el neoliberalismo.

Escepticismo octavo: La innovación se domestica como se ha domesticado todo. Se innova para ajustar a las necesidades actuales de explotación lo que ha quedado viejo. Un refuerzo continuo del dominio. En nuestro sector aparece la Gobernanza como término fetiche, un término trampa que oculta las formas de regulación y de gestión pública que se desarrollan en el marco de la globalización neoliberal. Y así parece que la realidad es únicamente el discurso. Pero bien sabemos que no es así y que demasiados procesos de innovación cumplen un papel normalizador demasiado evidente. Y lo cumplen porque son “espacios de clase” como decía más arriba en los que la “realidad real” no es tan cierta como parece.

Escepticismo noveno: De este modo se ordena la crítica social. Se canaliza y se categoriza dentro de las estructuras preexistentes sin atacar su fondo. Solo existe y puede existir la innovación que se ajusta a unos cánones. El efecto regulador de una cultura neoliberal suavizada donde la innovación se convierte en aparato. ¿Quién se otorga el privilegio de innovar? La planificación de la innovación suena a estrategia y cualquier estrategia prescinde de la radicalidad precisamente porque necesita contabilidad. Coincido con Baudrillard en que los acontecimientos poderosos no necesitan de un marco sino todo lo contrario, y que si lo son carecen de significado. La fuerza de la transformación tiende a estancarse. El espíritu de revuelta se va adelgazando.

Escepticismo décimo: Cuando algo así necesita de la industria publicitaria (los mecanismos de comunicación institucionales y los discursos políticos también lo son) es que se inserta en un espacio que no se sostiene sin simulacros. La publicidad es la que mantiene los sueños en una sociedad de consumo capitalista. También el sueño innovador. No hay forma de saber hasta qué punto la innovación se ha convertido ya en un eslogan publicitario en sus propios esfuerzos por introducirse en la agenda política. Una consigna para conseguir la aceptación desde múltiples niveles: por supuesto el político que refrenda, el financiero que permite y el ciudadano que participa.

Por eso mismo: la sociedad de la innovación no puede ser otra cosa que la plasmación de un deseo, el deseo de emancipación colectiva. Lo otro corresponde a una transfiguración del gobierno, de una adaptación de los procedimientos a unas formas más actuales. No puede quedarse en un juego de representaciones por mucho que estas se den en espacios supuestamente liberados. No puede tomarse la innovación sino como, en palabras de Marina Garcés hablando del pueblo, “una concepción dinámica e inacabada de la vida colectiva”. ¿Se han dado cuenta de que el discurso de la innovación se ha colocado por encima del discurso de la cultura? Por algo será. Pero este es otro asunto que podemos abordar en otro momento.

Por eso mismo: hablo de la innovación como un asunto nómada. Porque es necesario salir de nuestros “espacios verdaderos” y abarcar desde las miradas que no embellecen la realidad. Y sobre todo porque si salimos y escuchamos perderemos esa tendencia a convertirnos en salvadores. Sobran salvadores. La salvación, incluso desde el activismo puro, no puede ser ni la propuesta ni la respuesta. Son patrones redentores como los de cualquier doctrina.

Por eso mismo: es necesario saber dónde estamos colocados, ser conscientes. “Bajo lo que hemos llamado ‘la colonización de la vida cotidiana’, los únicos cambios posibles son los cambios de papeles fragmentarios” nos dice Raoul Vaneigem en sus “banalidades de base” Esos papeles fragmentarios son los que devienen de la necesidad que tiene la sociedad capitalista de dividir las tareas. Parece que los laboratorios de innovación pueden caer en el error de garantizar una cara amable al poder y de señalar los caminos correctos. Una acción contra el síntoma sin entrar en la enfermedad.

Y al final, la innovación termina narrándose a si misma y se autoproclama como un “reformismo benigno” (Lyotard) que es perfectamente compatible con los excesos que pretende erradicar. Que corre el peligro de fundamentarse sobre “suposiciones culturales”  que pueden convertirse en condicionantes ideológicos desde una visión unificadora. Sin embargo, volviendo a Plant, “la historia es una serie de luchas discontinuas en una plétora de ámbitos de la vida social, y la sociedad es meramente el efecto general de esas particularidades”. La innovación no puede nutrirse principalmente de “la academia”.

Pero a veces no hacemos sino jugar con el léxico, con los conceptos, con lo ya hecho y repetido en multitud de ocasiones. A veces no hacemos sino jugar con los significados. Empezamos como si no hubiese nada antes de nosotros. No acumulamos porque desconocemos o porque creemos de verdad que nada ha habido. Sucede así a veces que innovar es ignorar y hablar de lo obvio. Es necesario averiguar si esas necesidades de innovación, esa sociedad de la innovación, no es sino una postura estética, si éstas innovaciones no “…sirven al poder de la misma manera que la honradez, la verdad, el progreso, etc., sirvieron al sistema capitalista en la edad moderna clásica” (Stewart Home).

De la innovación canalizada a las redes de subversión.

critica, hegemonía y ficción

La crítica pura, como la filosofía, nace del desinterés absoluto por la utilidad, por la transcendencia del uso. Cuando pienso, no lo hago sintiendo el “para qué” sino desde la intención de acercarme al asunto sin tener en cuenta su practicidad, fuera de todo pragmatismo que pueda encarrilar lo pensado. Busco pensar en lo que me rodea sin acercarme a sus fines funcionales. De esa distancia surge la pregunta sin intención impuesta, ni intención de respuesta que justifique una razón utilitaria.

Colocándome en este espacio del gobierno local en el que trabajo, la critica pura viene por varios caminos: uno, la distancia necesaria entre el objeto y la razón (no tengo necesidad de someterme por supervivencia) y, dos, la carrera profesional (las fórmulas de promoción están supeditadas al derecho y no al la obediencia debida). Puedo añadir, aunque esto ya es personal mi total ausencia de ambición por alcanzar niveles, prebendas o ascensos en el escalafón.

Si, volviendo al principio, la filosofía nace del interés último por la sabiduría, como nos señalaron Platón y Aristóteles, la crítica pura nace pues de la independencia que ofrece el no sentirse atado ni constreñido ni por ambiciones personales, ni por presiones contractuales, ni por necesidades vitales, ni por exigencias de sumisión. La critica pura no puede desarrollarse pues en un entorno que necesita justificar el objeto de crítica (no poder hablar mal ni cuestionar aquello que me mantiene). Surge entonces cuando no se tiene ningún interés ni vital, ni profesional, ni de carrera… Surge en definitiva cuando no se tiene ningún interés de justificación. Hace tiempo que “yanotengoprisa”.  Eso tranquiliza mucho y me permite posicionarme en un lugar sin interferencias.

Por eso y desde esta posición abordo la crítica hacia esas “tendencias” que surgen dentro de los gobiernos locales. En este momento el dogma del emprendimiento me preocupa como espacio de construcción social y me ocupa tiempo de reflexión crítica. Y es así porque, a mi juicio, viene argumentado como esencial para el desarrollo personal (el éxito) y social (el progreso) sin analizar de ningún modo cuál es realmente su base argumental e ideológica, y disfrazado de libertad, una libertad muy contemporánea, muy atractiva, una libertad que apetece porque te coloca en ese espacio de glamour tan fascinante, porque te sitúa en ese grupo de los que van a construir la nueva sociedad, la de los nuevos retos. Una libertad que, paradoja, no te deja elegir fuera de catálogo porque ser un perdedor es trabajar para otros incluida la administración pública (yo toda la vida he sido un perdedor).

El dogma del emprendimiento se completa en trilogía con la innovación social y la colaboración;  entre los tres nos traerán esa nueva sociedad, esa nueva economía tan deseada. Podrá sonar excesivo pero todo esto me parece un espejismo muy eficaz para alcanzar esa apariencia de revolución. Una narrativa estructural en toda regla (no es coyuntural, no se equivoquen, forma parte de eso que han denominado “crisis”) que enfoca la experiencia humana desde la perspectiva capitalista del porvenir. Y toda perspectiva capitalista no es otra cosa que la explotación individual o colectiva de cuerpos y conocimiento. La uniformidad del pensamiento a través de una pretendida innovación social (qué se puede innovar cuando la base reflexiva está inducida de modo previo) y la colaboración (qué escenario de colaboración nos deja un sistema en el que se colabora compitiendo). Nos queda un déjà vu muy barnizado y un espacio mínimo para la resistencia. O aceptas o estás fuera (aunque no hay nada fuera como bien nos recuerda esa teoría del “desierto circular”).

Y, aclaro de nuevo, en punto y aparte y párrafo propio para no dejar dudas, que mi crítica hacia estos tres ámbitos no es la crítica del “hecho” sino la del “ser”. La propia ontología. La critica a partir de la reflexión sobre el entramado sociocultural que se genera desde y a través de una normalización  presentada como rebelión, una especie de manual de instrucciones para la transformación que te señala el mapa hacia una nueva sociedad más libre, transgresora y solidaria. Pero no se trata sino de la generación de un comportamiento asumido por la práctica totalidad de la sociedad como lo sensato, lo que hay que hacer, lo que toca… la subversión normalizada y administrada.

El emprendimiento como hegemonía, la innovación social como cortocircuito y la colaboración como placebo constituyen esa trilogía conformadora de una sociedad que consolida el imaginario capitalista del mercado (incluso uno mismo es producto y mercancía a través del yo-marca). Todo contribuye a la concepción de un modelo en el que la economía capitalista está por encima de cualquier otra forma de vida y se canaliza mediante estrategias sociales y responsables tremendamente eficaces. Todo genera una rueda infinita que no permite encontrar otra salida digna y contemporánea que no sea la señalada por ese dogma. Un más de lo mismo con apariencia de revolución. Pero no es así sino que, como en otro tiempo lo hicieron los mitos y más tarde los monoteísmos, el imaginario neoliberal ha colonizado el pensamiento y se ha formalizado.  El sentido es el mismo: sumisión a unos dogmas que no hay que interpretar (si acaso la interpretación le corresponde a los elegidos) sino acatar y aplicar. Normalización.

Pero la realidad no es la idealidad y sólo en este espacio ofrecido se encuentra la libertad. No hay más. El derecho al desacuerdo no existe porque no hay nada fuera: el desacuerdo intelectual te coloca en una posición de protestón incómodo; el desacuerdo activo te aparta con los “perdedores”. No hay libertad en ningna doctrina. Sometimiento a una realidad-trampa que se construye desde la narrativa. El emprendimiento como soporte para la individualidad (la economía social es lubricante), la innovación social como indicador y brújula (la señalética de la élite) y la colaboración como representacion (la mayor parte de las veces, un rentismo disfrazado). Los tres ámbitos perfectamente sincronizados y dirigidos conjuntamente por la administración pública y por los dispositivos de poder  para conseguir lo que Gramsci denominaba “revolución pasiva”. Tres pilares que describen lo que desde ciertos sectores denominan potcapitalismo en un intento de dulcificar y pretender la desaparición de un sistema. A mi más bien me parece el avance hacia un auténtico metacapitalismo. Una metástasis del capitalismo.

Y como la realidad no puede estar más cerca que desde lo local, todo se ha sabido usar muy bien. Se han construido todos los dispositivos publicitarios con el apoyo entusiasta de los gobiernos locales. Se ha comprendido muy bien que poner estas estructuras municipales al servicio del desarrollo neoliberal era la mejor apuesta. Magnífico. Aquello que por excelencia debería estar al servicio del bien común se pone al servicio del ideario del mercado capitalista con los oportunos barnices. La realidad reforzada desde la proximidad.

Por eso insisto en esa critica ontológica, porque el comportamiento genera comportamiento y lo que está sucediendo no es accidental. Pretende inducir y en este momento se trata de reinterpretar un modelo que recupere esa autoridad que el capitalismo perdió durante los años del “bienestar”. La historia se construye desde varios frentes: uno, bajo las “necesidades” y crearlas es la mejor manera de que sean las “correctas”. Otro es liberar al individuo de los espacios de pensamiento por ausencia de tiempo (recordemos que la filosofía surge por “tener tiempo”): no puedes tenerlo mientras estás ocupado en ese 24×7 tan digno de orgullo.

La realidad capitalista se apropia de la vida en todas sus dimensiones y sigue construyéndola desde esa fantasía de libertad (sometimiento productivo), desde esa exaltación de las evidencias (innovación inducida) y desde ese placebo de compromiso (colaboración extractiva). Las tres estructuras que aseguran la hegemonía del neoliberalismo en una especie de “revolución conservadora”. Sería muy bueno analizar los tres modelos de transformación que nos señala Wrigth (2014) en sus “Utopías reales”para hacernos una idea cabal de lo que estamos hablando. Y sería muy bueno también acercarse a la reflexión de Imanol Zubero y el grupo de investigación CIBERSITY de la Universidad del Pais Vasco UPV/EHU. No existe innovación social que no nos conduzca por el camino adecuado al destino adecuado, que no esté inducida por los modelos de desarrollo y progreso ortodoxos, que no consolide las orientaciones formadoras y conformadoras. No entiendo qué hay de innovación social cuando todo lleva al mismo molde, a las mismas pautas, cuando se persiguen los mismos resultados… pero, lo cierto es que, para triunfar (como experto, público o privado; como institución pública o privada) solo hay que seguir dos estrategias: añadir ocurrencias a las líneas básicas del código, y generar discurso que refuerce el credo. En definitiva: ser hábil con los destellos.

Me resulta muy extraño que tanto la banca como los grandes del capital compartan discurso revolucionario ( qué sensación de derrota cuando hasta uno de los grandes bancos reclama “la revolución de las pequeñas cosas”). Me resulta muy extraño que esa revolución la compartan unos proyectos locales que quieren hackear el sistema. Hoy toca el emprendimiento, la innovación social y la colaboración. Y los premios, proyectos, inversiones, discursos, congresos… lo avalan.  No se puede estar del otro lado. Vemos pasar doctrinas y liturgias y no terminamos de construir. La cultura fue durante un tiempo ese buque insignia que nos salvaría. Hoy, lo que queda de esa cultura, se convierte en economías creativas y también emprende, innova y colabora. Todo me parece una estupenda representación (el más puro simulacro baudrillardno) en la que los papeles están muy bien repartidos. Dicen que si  en una sesión de coaching repites tres veces seguidas “innovación social”, se aparece en la sala el “espiritu emprendedor” y se monta un fabuloso ecosistema de “economía colaborativa”

La “mercantilización blanda” como elemento central del proceso a través de un evidente capitalismo colaborativo. Esa es la gran fortaleza del capital: atraer cada cierto tiempo actitudes y retóricas que lo refrescan. Estética. No hay mejor ficción que la que se instala en la realidad. Y la verdad es que siempre se está cómodo en la ficción: para esconderse, para camuflar y camuflarse. La ficción de ser libre, la ficción de avanzar, la ficción de compartir. La catarsis coach: un relato embellecido en el que la estética de la libertad individual, el destello de la modernidad y el prodigio de compartir nos colocan en un escenario que edulcora una realidad mucho más conservadora de lo que parece. Una realidad que no es capaz de construir alternativas válidas porque no se desprende de un modelo que, parece, quiere transgredir. Aunque parezca una paradoja, esos discursos “revolucionarios” no hacen sino normalizar los dogmas. Yo ya lo he visto y esto se parece mundo a ese franquismo sociológico que soporta este territorio. Se trata del capitalismo sociológico.

Pero no hemos enterrado nada, ni siquiera hemos conseguido que tiemblen los cristales de ningún palacio. Emprender sigue siendo buscarse la vida (¿cuántos emprendedores caben, de verdad, en un sistema cómo este?) pero ahora bajo el llamativo individualismo “co” que todo lo dulcifica: el imaginario capitalista deslocalizando individualidades . La innovación social, esa rebelión seductora que, además de tratar lo obvio (no se olviden de respirar y, por favor, tuitéenlo), conduce sin rubor hacia el fetichismo tecnológico con energizantes discursos de modernidad. La colaboración… en fin… no voy a decir nada de un concepto que se adultera constantemente.  Todo se reduce a poner parches al sistema, no de derrumbarlo. Una especie de “prudencia” que no es sino una variante más del conservadurismo. Por muchas razones ya no estoy en disposición de creerme demasiadas cosas. Tampoco de creerme que esta vez sí, que con esto vamos a dar el paso definitivo. No confundo la participación con la teatralización de lo institucional, ni los laboratorios con la ciudadanía, ni la cooperación con el paternalismo,ni la gestión con la canalización… Y me parece que sigue habiendo una gran distancia entre lo que se elucubra en muchos de estos círculos “privilegiados” y lo que ocurre en la calle. Se institucionaliza la revolución y eso me parece bastante raro.

Pero no se preocupen, esto solo es pensamiento crítico y, como saben, no llega a ninguna parte y ademán es tachado de antiguo y aguafiestas (aunque no es lo mismo antiguo que anticuado). Critica, hegemonía y ficción. Tan solo eso y ahora no se acostumbra  a construir desde los efectos del desencanto. No se lleva bien con esa corriente del pensamiento positivo, con esa trampa de aquiescencia que todo lo llena de luz y de buen rollo. De vasos medio llenos. Buen sistema también para neutralizar controversias y levantar púlpitos.

Lo aparente mantiene secuestrada la realidad. Y a lo que se genera en ese entono, se le llama ecosistema. Cuando el poder se canse de éste lo cambiará  por otro para seguir fingiendo. Porque, no nos engañemos, es una realidad acotada, una innovación a puerta cerrada. Una ficción que nos está acostumbrando a esas esencias del neoliberalismo. Ya no podemos criticar porque la ficción es la hegemonía, es la realidad. Y nos abrazamos a los ecosistemas como si en ese concepto habitase la bondad de forma natural sin ambages. No es así y sabemos que existen ecosistemas tóxicos. Quizá estos que así se anuncian son los que mejor cultivan ese entorno en el que se normaliza el neoliberalismo (recordemos que éste no es un sistema económico sino un sistema cultural) y se consigue otra ficción: ya no existe la clase trabajadora, ya no hay conciencia de clase si no es la de esa que te coloca en el “estado emprendedor”. El “sueño americano” se ha expandido de una manera extraordinariamente eficaz y abarca ya toda la dinámica social de un capitalismo total.

No me cabe duda, ahora sí me voy: esa ficción es la mejor propaganda del capitalismo. Porque no tenemos nada, tan solo el relato. Eso sí, un relato que llega y que cubre esa necesidad de ilusión que todo individuo tiene. “El fluido colectivo que surge de los intercambios y la suma de los fluidos particulares, es negativo” nos dice Milosz en su “Mente cautiva” y sigue “si todo es lógico, ¿por qué la ecuación da un resultado diferente al que debía tener?” El orden natural no existe y el construido es débil. El relato prepara para la “vida real” y así vamos, tomando como normal lo que en otras “realidades” nos parecería un atropello.

Y quiero insistir en lo que dije mucho más arriba: no es la crítica del “hecho” sino del “ser”. Y que me descorazona ver tantas trampas abiertas; y que todo esto obedezca a una especie de “lógica moderada” totalmente naïf. Esa “lógica moderada” que quita hierro e intenta camuflar los abusos sin acudir a su fondo. Esa lógica que bautiza viejos atropellos con nombres nuevos y todo parece mejor. O le pone tecnología a hábitos antiguos y lo eleva a potencia. La ficción, en este caso, es la consolidación de la hegemonía bajo una crítica débil o ausente. Creo que sin más. No puedo evitar sobresaltos cada vez que escucho economía colaborativa. Perfecta estrategia, perfecta elección de adjetivo desde donde se refuerzan privilegios. Mientras tanto, la nueva progresía se apunta como multiplicadora de discursos que legitiman los dispositivos necesarios para construir ese tejido simbólico y cultural que se necesita para mantener un estado social propicio para el poder. Ni siquiera los cambios políticos que estamos viendo en algunos municipios se pueden sustraer por lo magistralmente articulados que están, por lo que han calado ya, por la inercia que han adquirido.

La representación da la vida, una vida libre en la que no aparece ni rastro de explotación (ni derivada ni propia),  una vida conforme con ese sistema cultural neoliberal en el que navegamos (eso sí que es un ecosistema). Todo es bondad emprendedora, innovadora y colaborativa. Una vez más se ha perdido la batalla por la vía de un lenguaje sustraído, violentado y secuestrado. Y aparecen escalofriantes artículos como éste (proliferan en cantidades extenuantes) que se usan como quintaesencia de la libertad. Léanlo, por favor, con atención, intenten substraerse del término “colaborativa” y digame qué es lo que cambia y, sobretodo, quien colabora y de dónde se sacan los beneficios, para quién son en realidad y cuál es la magia de la tecnología que no sea la misma que supusieron el resto de las tecnologías de la humanidad (a no ser que ahora todos tenemos un teléfono inteligente y antes no podíamos tener una máquina de vapor cada uno), díganme dónde está esa economía de la abundancia (otra tendencia en alza) . Estaría bien una reflexión situada pero eso parece demasiado. Como dije en algún momento: metacapitalismo. Como ya se va viendo en otro de los paradigmas de esa economía colaborativa que no es sino capitalismo con tintes.

“Prueba el afeitado a navaja”, otra de las experiencias que ofrece la modernidad este verano a los hombres que desean estar a la última “en un solo clic”. Sin comentarios.

Pero puede ser que quien no esté en su lugar sea yo. Y que todo provenga de una visión desencantada por la sensación, ante todo, de presenciar una transgresión estética. Por eso ni siquiera voy a entrar en algo me me produce, si cabe, más trastorno: el funcionario emprendedor. Bueno, aún hay otra: el intraemprededor.

En fin, hasta luego.

 

los espacios situacionales y los nuevos comunes

Todo proceso de insurrección sabe que la lógica no está en el orden, no está en lo organizado. Que todo parte de situaciones que, a menudo, no se han previsto, que se corresponden con acciones libres engarzadas. Que esas situaciones generan otras nuevas, a menudo inopinadas y accidentales (felices accidentes) y que en ese caldo de cultivo, abierto, natural y espontáneo van germinando nuevas formas de ver, de comportar, de relacionar, de entender… quizá esto sea lo que hay que comprender para reenfocar eso que se ha llamado gestionar. La micropolítica de la ciudad no entiende de estructura.

Hasta ahora, desde ese modelo de la “ciudad administrada”, todo ha sido fácil: todo formaba parte de una programación bien estructurada y el consumo estaba controlado. La ciudadanía usuaria se sumergía en realidades unidimensionales creadas, según esas nuevas tendencias de marketing, para enriquecer sus experiencias; la ciudadanía consumidora adquiría tranquila lo que se le ofrecía porque los mejores expertos se ocupaban de cubrir sus necesidades; la ciudadanía participativa se sumergía en estimulantes procesos que alimentaban la ilusión de pertenencia. Y la nueva ciudadanía digital experimentaba una libertad virtual sin conciencia ninguna sobre los algoritmos que realmente les gobernaban.

La ciudad programada ha sido (todavía es) el  método por excelencia para perseguir y alcanzar ese sueño de desarrollo neoliberal que tanto ha ilusionado en los últimos años. Desde ese modelo, desde la programación experta, la administración local ha privatizado el derecho a la ciudad mediante un modelo distributivo compacto y concluyente. Se podría decir, en la linea de Harvey, que ha habido una “desposesión por gestión”

Pero la transformación no llegará por esos procedimientos de compra-venta que conlleva la programación-mercancía. Ya no sirve ese modelo de difusión, de oferta, de reparto de contenidos. Ya no sirve esa gestión industrial que encajaba a la perfección dentro de los ciclos de consumo en una circularidad cerrada y controlada. Un apaño para el simulacro. La programación como arquetipo de la gestión ha tenido dos efectos inmediatos: 1.- ha resultado ser una de las razones por las que la ciudadanía se ha apartado de su compromiso generativo; y 2.-ha sido una eficaz herramienta para modelarlo todo desde el ideario y la doctrina de las élites políticas y técnicas.

¿Y si transformamos ese modelo? ¿Y si no programamos, al menos, tanto? ¿Y si abrimos el campo de lo posible? ¿Y sin en vez de externalizar procesos, internalizamos conocimiento? ¿Y si cedemos espacios físicos y simbólicos? ¿Y si abrimos nuevas vías de escape? En definitiva: ¿y si aparcamos ese “gestionismo” mecanicista tan propio de las corrientes tecnocráticas y fundamentadas sobre la supremacía de la expertos?

Hablo de apostar por la provocación, por la inducción y por el nomadismo como lineas de fuga, hablo de rechazar esa planificación estratégica que nos ha traído hasta aquí, hablo de huir de los planes directores (uniformizadores de mercado y fanáticos del largo plazo). Hablo de embarcarnos en procesos de deriva, en una narrativa que se vaya construyendo desde el análisis sincrónico, la reflexión representativa y la memoria social: desde las modificaciones y las acciones de guerrilla. Hablo de imaginar y favorecer centros públicos que funcionen como espacios situacionales. Quizá la salida más apropiada para aproximarnos a una gestión ciudadana descolonizada. Espacios que engendren.

El horizonte es la conectividad situacional, algo que va más allá de de los dispositivos y las tecnologías. La provocación, la inducción y el nomadismo como “fuerza de la resistencia” en palabras de Rancière, la reinterpretación de lo impuesto. Un espacio situacional es una ruptura con el orden oficial de la oferta, un territorio en el que se tramitan las grietas, un metabolismo cotidiano. La comisión de actos impuros. La provocación también es la búsqueda, la decodificación de la certeza, la realidad múltiple, el desanclaje de los hábitos. Por eso supera la lógica de la programación, la lógica de la contabilidad, la categorización cuantitativa, la acción objetualizada, la producción alienada…  Y, también por eso, no encaja con todos esos estándares e indicadores que reclaman datos de impacto, de resultados, de cantidades frías… ¿Cuál es esa perspectiva situacional? Saber dónde estamos (situación como lugar de partida) y saber qué somos (situación como lugar de construcción). Un espacio situacional es la comunización. Es el poder performativo y el poder compartido; el poder para y el poder con; el control ciudadano por todos los recursos materiales y simbólicos

Los LABs son esos espacios situacionales. Por eso no hacen ruido contable sino que potencian “lo que sucede”, no se apoyan en esa necesidad de oferta que mantiene la lógica de la gestión distributiva. Y también terminan con esa obsesión sancionadora que conlleva la meritocracia neoliberal: la reválida de lo excelente, el reparto selectivo del mercado, las lógicas del rendimiento, del más fuerte, del competitivo… Es una reconceptualización de la práctica política y de los modelos de gestión.

Los LABS se constituyen en espacios para la práctica comunitaria más allá de esas performances de participación… Funcionan como un rizoma que permite que esa inteligencia ciudadana pueda evolucionar sin protocolos normativizados: La ética transware. Se convierte el proceso en práctica. La generación de conocimiento desde el común para el común. Un espacio público intelectual para la distribución abierta del conocimiento comunitario. Los LABs no son objeto sino comunidad y por eso mismo en ningún caso deben considerarse  como “espacios cedidos” sino “espacios de emancipación”.

Los espacios situacionales, los LABs, son el lugar donde realmente ocurren las cosas, donde realmente se produce y discurre la comunidad y la ciudadanía. Ya nos hemos preocupado por el hardware, hemos construido, ya nos hemos preocupado por el software, hemos distribuido. Preocupémonos ahora por el transware: conectemos, engendremos.

De la programación a la provocación. De lo distributivo a lo situacional. De lo institucional a lo comunal.

la abundancia en 30 cortes. el espectáculo continúa.

Perdonen, pero hay veces que me descoloco así que me desahogo y luego intentaré centrar algo: ¿Dónde está esa abundancia? ¿De qué abundancia hablamos? ¿Quién la tiene? ¿Hablamos de bienes? ¿Para quién es accesible? ¿Qué tipos de rentas genera? ¿Dónde queda el asunto de las asimetrías? ¿Y esa brecha digital que parece no existir? ¿Qué necesidades cubre esta abundancia? ¿Cómo se acerca a los excluidos? ¿Habrá monopolios de lo abundante? ¿Es de verdad la globalización algo de todos? ¿En serio creen que la base tecnológica es lo que va a llevarnos al paraíso de la abundancia? ¿Y la huella de esa industria tecnológica necesaria? ¿Los alimentos también cuentan como abundantes? ¿O sólo se trata de una abundancia privilegiada? ¿Quién puede de verdad acceder a esos excedentes? ¿Otro discurso de clase? ¿Y si la abundancia de la que se habla fuera una tara, un defecto estructural? Ah, no, que solo es abundante el conocimiento. O no, es que me hago lío. Porque también hay abundancia en coches, plazas de garaje, habitaciones para alquilar, sillas, bicicletas, ropa, cacharrerío, lavadoras… vamos la abundancia de quien posee. Pero no, qué tontería para eso está la partícula mágica: “co”. La combinación perfecta, abundancia y colaboración. ¿cómo no habíamos llegado a eso antes? Todo un ejercicio estético, me da la impresión.

  1. Sin ánimo de ser un aguafiestas, díganme por favor, quién va a disfrutar ese paraíso de la abundancia cuando cada vez es más evidente la desigualdad, la precariedad y la explotación. Y más extendida, y más asumida, y más reforzada, y más protegida… y díganle eso a quien limpia la mierda de los contenedores, díganle que sea positivo y piense en la maravilla del comunitarismo de la abundancia. Y díganle que gracias la la tecnología va a poder salir de ese pozo en el que está metido. Que la abundancia ha matado a las clases y que tendrá mucho tiempo para irse con su familia a ese apartamento en la playa (que otros amablemente ponen a sus disposición en un alarde de altruismo cooperativo) mientras disfruta de un trayecto compartido en el coche (que, una vez más es de otros, como siempre). Y que el trabajo ha dejado de considerarse el origen de la autonomía personal, que no sea antiguo, y que la nueva ética está basada en el conocimiento, y que existen muchos ámbitos de abundancia, y que nacen nuevas formas de trabajo colaborativo, y que las diferencias por origen, sexo o procedencia ya no cuentan, y que la comunidad está por encima del capital, y que tiene que poliespecializarse para generar abundancia, y que ya no hay fractura entre el tiempo del vida y el del trabajo sino que lo que cuenta es la ética hacker, y que la comunidad de la abundancia le va a proveer de todas sus necesidades reales y que hay que reconquistar el trabajo. Y, cómo no, que la economía directa le va a permitir invertir en esos productos con los que tanto sueña, y que cuando se meta en un grupo maker se podrá fabricar sus propias tijeras de podar, y que si no avanza es porque ni se recicla ni se adapta, y que tiene que se nómada para aportar valor, y que el código fuente es la salvación, y que gracias a la tecnología van a desaparecer los intermediarios… Y que no se preocupe, que eso de que el origen de los padres condiciona el destino de los hijos pues ya no es así. Ah, que no es eso ¿verdad?, me estoy confundiendo…
  2. Como diría Morin, lo medieval está climatizado. El caso es que no puedo ver la abundancia desde otra perspectiva que no sea anticapitalista. Y ese no parece ser el camino aunque se limpie. Tampoco resulta muy alternativo ni peligroso el asunto cuando se unen con gusto al discurso los grandes mastodontes del capital. Si con abundancia quieren decir que hay para todos, antes habrá que desactivar el airbag del capitalismo. Si es así, de acuerdo, adelante. Pero no creo que vaya por ahí. Seguimos con privilegios de clase. Por eso no me interesa. Puede que el tan aclamado y anunciado postcapitalismo no sea tal, que sea un metacapitalismo apoyado por un perfecto tecnoliberalismo. No se habla mucho de la justicia distributiva… el capitalismo no desaparece, no sé quién quiere convencer de eso a quien, se transforma con nuevos elementos (Tiquun).
  3. A ver si resulta que todo este asunto de la abundancia y la colaboración es el discurso de una nueva progresía ciudadana que se recicla, que vuelve a una cierta sensibilidad y reinventa el compromiso estético. Que se replantea un modelo que le permita mantener unas ciertas posturas sin una renuncia excesiva. Un refugio en definitiva. Porque el discurso, es evidente, parte y se dirige a ese circulo social y cultural que todavía mantiene un bienestar económico suficiente. O sea, que puede que no sea sino un mecanismo para la reconstrucción de una clase que está perdiendo posiciones, esa famosa clase media. Algo que la proteja ante los vaivenes económicos que no van a cesar.
  4. Plantear la la abundancia desde los parámetros tecnológicos (el proceso distributivo) no hace sino refrendar el orden de un sistema que interfiere desde la misma tradición de clase y élite, de quien posee. Plantear la dualidad futura del integrado y el excluido no hace sino reforzar los contenidos de una ideología de la dominación y de la colonización de la vida (Guattari). Algo que, por supuesto, no ofrece alternativas para contrarrestar y neutralizar un orden estructural injusto y extractivo. Injusto por perpetuar las diferencias y extractivo por asegurar la explotación diferida.
  5. Quizá sea un producto más de esa crisis de la izquierda que no ha sabido/podido encauzar un proyecto verdaderamente propositivo. O lo que también es muy probable: el resultado de unas políticas socialdemócratas que ha construido los puentes más sólidos para que el capitalismo circule. La tecnología como una verdadera herramienta de gobierno. Y no estoy hablando del manido gobierno electrónico y todas esas fábulas de ciudades inteligentes y big-data…
  6. La gestión de la abundancia y ese corolario que denominan economía colaborativa no es sino la gestión de un desequilibrio que, lejos de atacar la raíz, lo que representa es un acto estético para una colectividad posmoderna. Esa que determina sus acciones en argumentos supuestamente revolucionarios. La que está en permanente ósmosis con las doctrinas capitalistas y lo hace desde esas corrientes tecnoliberales que ya he comentado. Lo cierto es que este metacapitalismo contemporáneo ha encontrado un cauce verdaderamente propicio. Se trata de neutralizar y normalizar de modo que la persona asuma de forma aparentemente por si misma lo que se prepara desde otras instancias (Althusser)
  7. En ocasiones me da la sensación de que la argumentación y la exaltación de estos procesos, de estas economías, de estos nuevos modelos, no es sino una especie de fetichismo, algo que sobrevive como resto de unas verdaderas nociones de comunidad, de comunitarismo. Una reacción de funcionalidad que coloca la teoría como objeto y la introduce en un modelo social desarraigado y con evidentes necesidades antropológicas de contacto. La necesidad de generar un imaginario irreal sobre el que apoyarse para explicarse la irracionalidad de una tendencia depredadora. No deja de ser, no obstante la necesidad de mantener una disciplina de producir y consumir, sea del modo que sea. Una necesidad política, en definitiva. Algo que “permite a la presencia en crisis continuar funcionando” (Mariblanca). La abundancia se convierte en materia prima y explotable.
  8. En realidad esa tendencia a magnificar las bondades de lo digital como soporte y canal de la abundancia supone una especie de inocencia. Toda colaboración promocionada (las apps lo canalizan todo) tiene un interés de explotación por parte de la propiedad. Un interés de rendimiento. Nada que objetar. El mundo del mercado capitalista es así. Lo que no acepto es que se venda como la quintaesencia de un nuevo comunitarismo. Y reclamo que se sea consciente, así mismo, haz lo que quieras pero se consciente. Consciente de que no estás participando en la generación de un modelo abierto de economía, consciente de que, aun pudiendo ser un nuevo modelo, de ninguna manera es eso que venden como superación del capitalismo.
  9. La nueva economía tampoco la estamos diseñando nosotros. Como en la vieja actuamos como cadena de transmisión, un mecanismo convencido y muy implicado en difundir sus maravillas. En realidad todo se ha convertido también en un gran nicho de negocio. Desde la explotación directa a la invasión de expertos. La gestión del “espectáculo de la abundancia” supone una nueva forma de reforzar las estructuras de la mercancía derivando la atención hacia una realidad que refuerza la clase desde un lenguaje de compromiso. Este mismo espectáculo (Debord) construye una realidad que, aún careciendo de autogestión y de cooperativismo real se cubre de apariencias suficientes para propagar una sensación de ruptura. El capitalismo tecnoliberal no es una cuestión de economía sino un refuerzo máximo de lo que Hardt y Negri ya nos señalaban como “el control de la vida”
  10. Igual hay que darle también alguna vuelta a eso de la huella, qué es lo que hace falta para que esa abundancia sea gestionada desde una aparente infinita y nada nociva Internet. Parece como si no hiciese falta nada más que la magia de la tecnología para que ese paraíso del código abierto tenga los resultados milagrosos que se le suponen y se desean. Dónde se almacena toda esa información, todo ese conocimiento, cuáles son los requisitos energéticos, la refrigeración continua de esos inmensos discos duros necesarios para el almacenaje, y los espacios físicos, construcciones y bunkers de seguridad… Sostenibilidad digital, sostenibilidad del big-data. “Mantener el ritmo incesante de producción y consumo de datos y asegurar su permanente accesibilidad representa ya el 2% del consumo energético global” (Subirós y De Vicente)
  11. No hay reciprocidad alguna si no es entre quienes poseen la abundancia aunque esto último parezca una paradoja. Abundante ha sido siempre lo que se ha deseado que sea para beneficio del sistema que estructura. Y este sistema esta perfeccionando su mecanismo para ser Total. Y el engranaje es el que se mantiene desde esas teorías positivas y buenistas que nos sumergen en una narcolepsia entretenida. Creo que todo forma parte de una idea demasiado indulgente y conciliadora con un sistema que ha demostrado una gran habilidad para su regeneración y una gran capacidad depredadora.
  12. Y ese teatro de la regeneración aparece en todos los momentos históricos en los que aparece una crisis estructural, moral o ética. El teatro de la regeneración es el teatro del progreso. Y en el teatro de la abundancia vamos a representar un mundo nuevo lleno de sueños y narraciones mitológicas. Vamos a disfrazar una realidad que no nos gusta. Pero justo eso, vamos a disfrazarla. Vamos a transmutar sin modificar, vamos a cambiar la estética. Como mucho, veo en todo esto un reflejo amable del espíritu conservador de una clase media con cierta sensibilidad.
  13. La abundancia se convierte, se ha convertido hace tiempo en un asunto cuantitativo vestido de ética. Ese es el enfoque que la sigue deteriorando, el que busca un modelo para alcanzar la circularidad infinita. El argumento que la encierra en el apartado de la mercancía sea vendible o no, sea distribuirle o no, juegue con las reglas del capital o no. Los límites son difusos y no se puede jugar a cumplir universales. Ese es el peligro, el error que conduce esta teoría de la abundancia a un espacio indeterminado y ambiguo (Korten). Una ambigüedad también estructural que no acaba con las asimetrías sino que puede incluso reforzarlas. No hay una verdadera zona de ruptura porque los dos razonamientos, la escasez y la abundancia, se rozan por los extremos aunque parezcan excluirse. La abundancia dentro de el sistema de mercado global tiende a volverse escasez en cuanto genera beneficio. No deja de ser una mezcla fruto de la incoherencia de un sistema que no tiene como referencia al ser humano sino a cualquiera de sus productos materiales, culturales, éticos, morales… La realidad sigue siendo multipolar
  14. Me da la impresión de todo se trata de un entretenimiento mientras se perfecciona y adapta el saqueo. Que, en realidad, no se está planteando un cambio ni de la sustancia ni de la esencia del modelo capitalista sino que más bien modifica ligeramente la escala. No es abundancia, gestión de la abundancia, sino un modelo muy bien estructurado y argumentado de la “explotación extensiva de la excedencia”. La gestión de una excedencia provocada. Tampoco me parece demasiado extraño todo este argumentario viniendo de un entorno en el que confluye el liberalismo con la socialdemocracia, un espacio muy cómodo para la proliferación de estas teorías. La abundancia no es más que un “capitalismo sobrecodificado” (Deleuze) o un “régimen de diferencias aparentes” (López-Petit)
  15. Se trata de lo que siempre ha sido: la mutación parasitaria del capitalismo. La abundancia comercializada es una explotación difusa de las rentas, fácilmente controlable y gobernable por los dueños de las herramientas y de muy difícil seguimiento por parte de los responsables de las haciendas públicas: el paraíso neoliberal. Otro logro de ese metacapitalismo que desea al Estado fuera de sus territorio. La élite media, esa clase media desaparecida, dicen que a causa de la crisis, va a tener otro modo de explotar lo que había conseguido. Va a mantener esa pulsión que necesita el capitalismo para reproducirse. Va a sustituir a la “mano de obra” porque ya no se necesita. Y mientras se adorna todo con esas profecías que no señalan un entorno laboral dividido entre los insertos en esas “clases creativas” supertecnologizadas y “preparadas’ y los excluidos. Los nuevos efectos disciplinarios que estos nueva economía revolucionaria ni siquiera considera. Al contrario, incluso insiste en esos viejos discursos del “tiempo libre”. Una fantasía tramposa que esconde una ideología de sobreexplotación orgullosa.
  16. Compartir los recursos bajo este argumento no deja de ser sino la concentración absoluta de los mecanismos de gestión en una sola mano (los dueños de las app) para la explotación de unos recursos no propios, sin compromisos contractuales y sin necesidad de inversión. Esto aderezado con argumentos comunitaristas y salpicados de perlas ecologistas conforman una argumento muy fácil de vender. Es completamente absurdo pensar que los propósitos de esas “tecnologías colaborativas” no correspondan a intereses disciplinarios que utilizan a la perfección el despiste.
  17. Supone, pongamos los ejemplos de los vehículos y los alquileres para el turismo, la concentración del control y la máxima rentabilidad de los excedentes. Eso no es abundancia o es la abundancia del que tiene. O también una economía de baja intensidad, o también la mutación parasitaria del capitalismo. Seguro que molesto, pero esta novedad de la abundancia es un nuevo mantra extraordinario para crear y multiplicar esos mundos ficticios en los que el individuo moderno se siente a gusto, feliz de formar parte de una nueva revolución aséptica.
  18. La abundancia se convierte en una marca, cómo no, y aporta una buena capa de barniz, esa que necesitan los muebles viejos para poder recolocarlos en el centro de la sala. Pretender un espacio en el que ese mundo imaginario tome forma y se convierta en un lugar fantástico en el que escenificar las nuevas fantasías del capitalismo, del trabajo como un territorio mágico.
  19. No crean, la dimensión imaginaria de esta nueva tendencia es potente porque genera un entorno de salvación por comunión muy bien experimentado ya por otras doctrinas. El refugio-marca. Algo que escenifica a la perfección el mundo que se quiere, la generación de una realidad que toma al individuo como pulsión. Genera una auténtica señalética que nos indica el camino, que nos dice cómo tenemos que comportarnos para que los nuevos engranajes funciones, para mantener ese “nuevo” orden de las cosas. La abundancia se convierte en un nuevo dispositivo que determina las formas de vida (Deleuze) y que está perfectamente ligado con toda la trama del emprendimiento, de la cooperación, del coaching… que se articula bajo múltiples discursos e instituciones como una “estrategia dominante” (Foucault)
  20. Es perfecto, estos nuevos buenísimos y la paralizante teoría del pensamiento positivo lo visten todo de rebeldía sin mancharse. Poco tamiz y muchas profecías. En definitiva: el viejo orden al que se le añaden comodines que resultan agradables: la abundancia, la colaboración, la innovación, el potcapitalismo… y mucho aderezo social. El mundo Disney. Con muchos puntos de sutura y pomadas calmantes para ir pasando mientras sucede lo que “tiene que suceder”. El capitalismo vestido de rebeldía siempre ha dado muy buenos resultados (Heath y Potter).
  21. Esta supuesta revolución ni es idealismo ni es ímpetu sino una simple adaptación acrítica y sometida decorada y reforzada con esa doctrina blanda del emprendimiento que endurece las condiciones de la vida pero sin esa sensación de explotación que invitaba a la revuelta.
  22. ¿Algo nuevo? Pues no lo veo, la verdad. Si no es esa extraordinaria habilidad que se ha conseguido para el glamour. Insisto: magistral! Esta supuesta revolución no es sino un déjá vu con grandes olvidos. Un síndrome que consiste en pensar que la historia comenzó el día de nuestro nacimiento. El capitalismo se alimenta también de la memoria y de la crítica, los come y deja vacíos sobre los que instalarse cómodamente. Y el “nunca antes” se vuelve vacío porque siempre hubo un “nunca antes de cualquier nunca antes”.
  23. Los mercaderes financieros van a seguir enriqueciéndose y ésta vez tendrán otro aliado que llamarán abundancia. ¿Saben cuál va a ser el logro de en postcapitalismo anunciado? ¿el resultado de esos nuevos modelos? Por razones únicas de paz estratégica y de seguridad de clase, ese 1% puede que llegue al 2%. Nada más, nada. Y lo van a hacer gracias a ese 20% que les apoya y sin los cuales no serían nada. Esa clase “compuesta por profesionales, la mayoría con educación superior, que configura la sabiduría convencional del país y que beneficia al 1%” y que “ha configurado la cultura política y mediática del país” y cuyo dogma es el “hombre económico” (Navarro).
  24. Y la grieta por la que entra de maravilla es la de los discursos “revolucionarios” que inventan la rueda. Una nueva legitimación del poder mientras se tiene la sensación de trabajar para un mundo más justo. Una auténtica revolución cultural, la revolución de la abundancia. (Comité Invisible)
  25. Pero la realidad derrota si se la mira de frente. La tan reclamada abundancia no es sino la reabsorción de unos excedentes. Y no hablemos del conocimiento, por favor, al menos ahora. que, en su mayoría se gestionan por procedimientos tecnológicos sobre los que no se tiene ningún control y lo que siguen produciendo es un alto rendimiento de capital para el dueño de la ” industria” y un ligero rédito para el que pone la fruta de trabajo. Si no, vean la normativa que prepara la UE en torno a los derechos de autor. ¿les suena? ¿alguna diferencia? evidentemente las hay, pero ¿cambia la esencial? No! El individuo sigue siendo el engranaje y ahora vuelve a tener que poner su herramienta, no sólo su tiempo y su cuerpo a disposición. Magistral.
  26. Y, como siempre, las estupendas agencias de publicidad (públicas y privadas) se encargan de vender la felicidad que entraña este nuevo modelo de economía. Pero se trata de una exclusión más que no corresponde de verdad a una lógica distributiva sino a una fractalización de las rentas. En realidad la aplicación de criterios convencionales pasados por un tamiz tecnológico y un cierto compromiso social arrancado de modo muy forzado de las teorías de los comunes. La realidad es que se anula todo el control colectivo bajo la tremenda paradoja de que este es algo abierto como nunca y que habita en las redes tecnológicas. (Chomsky y Herman)
  27. Ahora el desarrollo y el progreso vienen de la mano de la abundancia y la colaboración. “Co, la partícula mágica”. Pero todo sigue supeditado al lugar que ocupes en esa pirámide, todo sigue condicionado a la posición social y nivel de renta. ¿dónde está la abundancia, insisto? Simplificar la realidad sigue siendo muy útil. Adornarla con progreso, compromiso y revolución, muy atractivo, muy tranquilizador Una gran coartada para las políticas sociales y todas aquellas que quieren vestirse de cierta progresía, las economías justas. La abundancia acomodada y redistribuida entre las sociedades acomodadas. Otro simulacro. Otro entretenimiento de positivismo naíf. (Gabriel).
  28. Este nuevo mantra de la abundancia y la colaboración nos lleva a la incapacidad desde lo inapelable ¿cuál es su impronta ética? La de una tranquilidad que lleva a ocultar situaciones sociales externas, que disfrazan la justicia distributiva mientras se aparta a quien no tiene nada que “compartir”. Otro asunto de clase. Se consolida al individuo como productor y reproductor mientras se reafirma su figura mercantil. Se anula la estructura colectiva desde una supuesta cooperación horizontal. Un remix de la la nueva caridad cristiana: la misa, la limosna y el vermú.
  29. La estructura del metacapitalismo integrada en un mundo imaginario. Un mundo que está en manos de los expertos, favorecidos también desde los gobiernos locales de todo color, que multiplican y amplifican el lenguaje “busines school”. El mundo coach es un un mundo de entrenamiento para la aquiescencia (Moruno). Para perfeccionar esa máquina productora que siempre ha sido el ser humano. Redireccionamiento de conductas. (Ehrenreich)
  30. Los mantras de la abundancia y la economía colaborativa constituyen una dinámica cultural muy potente que conforma idearios y consolida comportamientos. Y lo hace otorgando, a quién abraza estos rituales, la tranquilidad de espíritu que proporciona la fe. Una vieja estrategia. Pero no perdamos de vista que estamos todavía bien dentro de un gran casino especulativo y que la abundancia también tiene mesa.

Trasformar la realidad no es adaptarse sino destapar los engaños. Y eso es desobedecer intelectual y activamente.

notas breves para otras lógicas de la cultura local (o la obsesión por la planificación perfecta)

  • El acto de gestionar la cultura se ha convertido en una delimitación de tiempos, espacios y ofertas. La política de la cultura no ha sido sino eso, unas determinadas acciones técnicas y soluciones a corto plazo. Una especie de “activización” de los calendarios y las programaciones de manera que se cubriera la necesidad de un sector en exceso dependiente de la programación pública. Lo que se deriva de esto es una cultura “embargada” a la que se limita por los factores de rentabilidad y pertinencia. La cultura pierde su propia lógica y sólo se programa lo que cabe dentro de los indicadores preestablecidos. La cultura administrada se atasca en demasiados inconvenientes mientras pierde oportunidades para implicarse directamente en proceso de construcción.
  • Pero la cultura sólo se puede construir colectivamente. Porque no es un límite, tampoco hay dentro o fuera, ni con o sin como pretende la cultura como recurso. Al contrario, aborda y abarca una vida construida desde la totalidad. Los productos y su consumo son un apaño para quienes han contraído una cierta adicción, nada más, porque eso no construye per se sino que satisface la individualidad.
  • La gestión cultural es un un entretenimiento mientras alguien construye el mundo. La cultura no es eso que ocurre dentro de ese paréntesis. Todo va más allá y aparece desde múltiples caminos. Ya lo dije: no sé si los gestores gestionan la cultura, se acercan a determinada distribución y alientan determinados ideales pero la construcción continua de la sociedad viene por otros caminos y desde otros inductores. No es programando la mejor manera de contrarrestar.
  • Por eso la idea de lo cultural debe alcanzar una dimensión estructural más allá de la llamada transversalidad. Algo que no sea interrumpido por la gestión y que alcance lo cotidiano y continuo, que alcance la normalidad sin esos tiempos que marca la mecánica. Que no se ciña a esa rutina experta. Parece raro, ¿no? Pues así puede considerarse cuando vemos que en realidad no ha habido políticas culturales en si, sino una gestión que se ha podido acercar más o menos a las necesidades comunitarias, bien por las características de determinados técnicos o por pura y simple casualidad.
  • Por mucho que se reclame la cultura como objeto de cohesión, en realidad la unidad básica en el imaginario técnico y político siguen siendo las intervenciones, las acciones, las actividades paquetizadas, desvinculadas muchas veces de su hecho social. Todo pasa por contabilidad. El mundo de la gestión está saturado de productos y carece en general de una visión conformadora, de un espacio de construcción y de interferencia.
  • Quizá no podamos evitar que en los gobierno locales siga existiendo esa pulsión distribuidora, que siga siendo necesario tener una carta de productos que poner a disposición ciudadana. Quizá tampoco debamos siquiera pretenderlo. Lo que viene siendo necesario es implantar unidades que trabajen sobre la construcción común, que lo hagan como artilugios de pensamiento y que consoliden la estructura ciudadana desde procesos abiertos y de alta porosidad. Es cierto que la distribución de productos culturales va a seguir siendo necesaria pero no se podrá olvidar que desde esa óptica (la cultura como objeto) es difícil encontrar las llaves para abrir procesos que no tengan su fundamento en el consumo.
  • El reto no es ya la distribución sino abrir las posibilidades para una construcción en común una construcción colectiva. La saturación de productos, como decía antes, impide una construcción abierta. Fundamentalmente porque se ha actuado siempre bajo un modelo normativo y más bien cerrado que ha impedido explorar posibilidades múltiples.
  • Reapropiarse del poder constructivo y ofrecer las posibilidades para conseguirlo, generar espacios institucionales apropiables. Cambiar la lógica, otra cultura de la cultura. Combinar, si acaso y como mucho, el modelo de gestión mecanicista (programación de eventos y festejos) con el de gestión inductiva (generación de procesos). Abrir nuevos espacios dentro de las administraciones públicas para combinar las necesidades festivas, expositivas y distributivas con la acción cultural en el territorio, en la comunidad. Interferir con esas realidades que no caben en los catálogos y que, se quiera o no ver, ponen en marcha la ciudad o la congelan.
  • No podemos seguir trabajando, ni pensando, ni estudiando las instituciones ni las políticas públicas como si los límites de la cultura fueran la programación. Surge la necesidad de dar un nuevo sentido a lo cultural para abrirlo a los componentes estructurales y aglutinantes de la comunidad, pensarlo, repensarlo desde las lógicas de lo social. Avanzar más allá de las estrategias señaladas por expertos y consultores. He dicho ya en algún lugar que es falso que la cultura esté en crisis, la cultura sigue curso como constructora.
  • Tenemos bien clara la diferencia entre salud y sanidad y que la primera no depende exclusivamente de la segunda, pero no tenemos claro esto con la cultura y la dejamos en manos de la programación y el consumo de ciertos de sus productos. Voy a usar un una fase literal de Marina Garcés de libro “Un mundo en común” para enmarcar lo que, bajo mi punto de vista, ha sido la realidad cultural de los últimos años: “…En muchos casos, se nos ofrecen tiempos y espacios para la elección y la participación que anulan nuestra posibilidad de implicación y que nos ofrecen un lugar a cada uno que no altere el mapa general de la realidad. Como electores, como consumidores, como público incluso interactivo… la creatividad (social, artística, etc.) es lo que se muestra, se exhibe y se vende, no lo que se propone. Lo que se nos ofrece así es un mapa de opciones, no de posiciones.”
  • Los nuevos espacios para la cultura no son físicos únicamente. Son los que se introducen en las potencialidades de los individuos, de las comunidades. Los que forjan las prácticas cotidianas en todos los sentidos. La cultura no “activizada”, la que busca en lo cultural su nueva razón de ser. ¿Cuál es la manera de acercarse a quien no participa en ningún circuito? No es la pregunta de siempre porque no parte del mismo lugar de siempre, aquel que se refiere a la participación, al consumo, a la presencia en lo elaborado. No es la pasividad de la participación (y no es ninguna incoherencia) la que genera en individuo culto que busca la tradicional gestión mecánica, sino la estructuración de situaciones que se pueden generar desde la gestión inmersiva. No hay que salvar a nadie.
  • La deriva es la que marca esta forma de acercarse a lo cultural, todo lo que no tiene que ver con los proyectos sino que busca moverse por la incertidumbre y provocar la simbiosis (que no la cooperación),alcanzar esos espacios de búsqueda continua de lo inacabado (la incongruencia de la cultura proyectada). Otras lógicas.
  • ¿De verdad que es tan difícil entender que delegar la producción y el desarrollo de nuevos productos culturales a la industria perjudica los intereses comunes? Los intereses comerciales por encima de los culturales. Y entre todo esto la dificultad real y creciente de acceder a estos producto por parte una cada vez más numerosa cantidad de ciudadanos. La finalidad de la industria condena a la producción de bienes y servicios culturales rentables y orientados hacia quien puede pagarlos. Como ya dije: la producción cultural actual es como el capitalismo: da de comer a quien tiene comida. Lo que se programe desde las instituciones tiene que ver, cada día más, con esos parámetros. La tendencia es que cada vez estarán más relegadas cualquiera de las manifestaciones culturales que no cumplan los estándares propios de los sistemas comerciales. Las administraciones locales condenadas a la subsistencia no harán otra cosa que aquello que pueda retornar dividendos. La deficiencia de un modelo que, no obstante, puede corregirse.
  • ¿El fracaso de la planificación? La idea de cultura se ha formado principalmente a partir de la programación, ella ha sido la que ha señalado el grado de “civilización y modernización” que había alcanzado la ciudad. La argumentación principal no era la de atender a las necesidades de la ciudadanía (o como mucho esto servia de simulación) sino la de conseguir una ciudad “en el mapa”. ¿Dónde estamos después de esas fantasías? En una evidente segregación cultural por consumo en función de esos grandes proyectos, de esos grandes eventos. La descontextualización de la realidad. La plasmación de la ideología neoliberal en los procesos de la cultura local. Para ello se ha destruido o debilitado la cultura comunitaria. Nada nuevo. Ahora se vuelve… dicen.
  • Y a pesar de todo sigue imperando la ideología de la planificación. La cultura cuantitativa domina la pasión por llenar agendas. Poco de deriva, de búsqueda, de error. El control de la cultura tiene su reflejo en un conjunto casi infinito de normativas que delimitan y acotan el funcionamiento espontáneo de la cultura. Se ansía la planificación perfecta. El poder de la planificación es el acotamiento. Y quien desee entrar en esa planificación debe acercarse al poder. La lógica de la cultura espontanea no cuadra a este sometimiento institucio-industrial.
  • Las lógicas de hiperplanificación enferman y matan la necesidad de vivir en común, del encuentro y de la libertad de creación. Las lógicas mercantiles las entierran. La cultura espontánea, las culturas tímidas. Sin estabilidad ni permanencia. Que no aparecen el los tratados. Pero que construyen de verdad la ciudadanía. Porque la cultura planificada no sólo ordena lo que se puede o no puede hacer, crear o consumir sino que modela la personalidad ciudadana según intereses más bien externos.
  • Recuperar la cultura que sucede. O dejar que suceda.