indicios de innovación

El medio revolucionario de la actualidad es la innovación. Al menos así lo parece. Al menos así se plantea. El apartado intelectual técnico y político contemporáneo no puede prescindir de la innovación en su léxico. Lo necesita. No se puede participar de la construcción del mundo visible sin aliarse con ella, sin participar activamente en alguno de sus laboratorios, sin organizarlos. Nada que objetar. Mucho que reflexionar.

Parece que estamos insertos en la “sociedad de la innovación”. Podríamos decirlo así a la vista de su inevitable presencia en cualquier titular. Y, dado el entusiasmo que provoca, podría pensarse también que nunca antes se había dado algo parecido. El caso es que a partir de lanzarnos a ella vamos a alcanzar los sueños de una ciudadanía emancipada. Ese es el principio. Al menos esa es la carta de presentación. No sé. Quizá sea que estoy entrenado para la duda. Si voy a usurpar un pensamiento de Bertrand Russell sobre la filosofía diré que, por lo menos desde la gestión desde lo público, cualquier afirmación debería ser “un ejercicio de escepticismo”. Me coloco en ese espacio sin la intención de bloquear.

Escepticismo primero: La abundancia de innovación puede vacunarnos contra la curiosidad cuando toda viene desde las mismas fuentes y en paquetes preparados para el consumo seguro. Refrendadas por esa comunidad experta que nos protege. Puede parecer una paradoja pero el bloqueo por hipertrofia existe. Cuando se ha convertido en una muletilla recurrente. Cuando señala con rotundidad los espacios por donde se debe caminar, las materias que se deben investigar, las razones para protestar.

Escepticismo segundo: Cuando ella misma se convierte en un estupendo nicho de mercado. Ya hemos vuelto a la mercancía por un camino nuevo. Cuando se convierte en otra plataforma para regenerar el capitalismo. Cuando puede ser un bálsamo más que un reactivo. El neoliberalismo como cultura exige una gran cantidad de complementos que lo disfracen. Incluso que lo banalicen para que pase desapercibido.

Escepticismo tercero: La sociedad de la innovación construye el espectáculo moderno de la inconformidad y sus opiniones, sus sentencias, sus decisiones son las que construyen y/o imaginan el futuro. Hoy con más fuerza se consume el signo y la fuerza de esa modernidad se manifiesta en la innovación como recurso. Un nuevo recurso que aparece como inocuo, como regenerador, como restaurador de una naturalidad perdida. Se instala y se consume el capitalismo sociológico como gran símbolo oculto. Una reproducción de las normativas que no ataca las bases de los atropellos sino que suaviza sus efectos. Sigue siendo la ciudadanía una observadora más. Alguien que consume esos símbolos, esos signos que desde esos espacios de innovación se generan.

Escepticismo cuarto: Creo que existe una contradicción grave en ciertos discursos “ciudadanistas”. En estos espacios de pensamiento participa un sector muy definido de la población que mantiene unos determinados privilegios de estatus, prestigio, reputación, crédito, formación… que luego se encarga de exportar para que el resto tomen referencia. Una especie de “innovación de clase” para una categoría más o menos acomodada. Aunque parezca lo contrario y así se mantenga en los foros de innovación, el asunto no deja de ser de arriba abajo. La innovación es innegablemente dirigida. La sociedad de la innovación es un modelo de dirección. La forma de generar un mundo deseado desde una cierta auto-representación. Quizá una manera más de desposesión capitalista. No deja de ser curioso que sea desde lugares amparados por el poder local en su mayoría y en muchos casos ya por instituciones supranacionales pero oficiales, desde donde se busquen fórmulas revolucionarias.

Escepticismo quinto: Es esa misma sociedad de la innovación la que plantea un sistema de relaciones sociales, culturales y económicas en torno a un objeto de deseo que acaba convirtiéndose en la conformidad con lo que ocurre. Y lo hace a través de la normalización de los sentimientos: la normalización de la provocación. La revolución de la calle se dulcifica y la práctica subversiva se serena desde unos laboratorios que en demasiadas ocasiones se convierten en endogámicos.

Escepticismo sexto: ¿Una nueva forma de ordenación ciudadana? Una cartografía de la subversión nos aporta la certeza de que existen gran cantidad de manifestaciones marginales de mutación y de guerrilla  que difícilmente se entrecruzan con la innovación oficial. Se genera una especie de relación en códigos cerrados que impide que las ideas se contaminen y terminen aisladas en esos micromundos de clase. Quizá este sea un desorden de la innovación: que está encuadrada, que se dibuja con líneas demasiado rectas, que a la postre genera ortodoxia (la heterodoxia no dura dentro del poder), que se pretende globalizada, que se sustenta sobre la cifra… La normalización de la innovación, aunque pueda parecer una contradicción, puede reconcentrar el pensamiento, puede adelgazar enormemente el discurso y consolidar la formalidad.

Escepticismo séptimo: La innovación, puesta en esa bandeja, se convierte en un espectáculo más. Eso sí, un espectáculo avanzado, renovador. Cuando innovar encaja tan bien en cualquier discurso, algo resulta sospechoso. La innovación viene así a ser un comodín, algo que siempre queda bien y que se diluye en si mismo una vez termina la perorata: “[…] todas las formas de crítica, disensión y resistencia mantienen una relación interna con el sistema al cual se oponen” (Sadie Plant). Un bálsamo para el neoliberalismo.

Escepticismo octavo: La innovación se domestica como se ha domesticado todo. Se innova para ajustar a las necesidades actuales de explotación lo que ha quedado viejo. Un refuerzo continuo del dominio. En nuestro sector aparece la Gobernanza como término fetiche, un término trampa que oculta las formas de regulación y de gestión pública que se desarrollan en el marco de la globalización neoliberal. Y así parece que la realidad es únicamente el discurso. Pero bien sabemos que no es así y que demasiados procesos de innovación cumplen un papel normalizador demasiado evidente. Y lo cumplen porque son “espacios de clase” como decía más arriba en los que la “realidad real” no es tan cierta como parece.

Escepticismo noveno: De este modo se ordena la crítica social. Se canaliza y se categoriza dentro de las estructuras preexistentes sin atacar su fondo. Solo existe y puede existir la innovación que se ajusta a unos cánones. El efecto regulador de una cultura neoliberal suavizada donde la innovación se convierte en aparato. ¿Quién se otorga el privilegio de innovar? La planificación de la innovación suena a estrategia y cualquier estrategia prescinde de la radicalidad precisamente porque necesita contabilidad. Coincido con Baudrillard en que los acontecimientos poderosos no necesitan de un marco sino todo lo contrario, y que si lo son carecen de significado. La fuerza de la transformación tiende a estancarse. El espíritu de revuelta se va adelgazando.

Escepticismo décimo: Cuando algo así necesita de la industria publicitaria (los mecanismos de comunicación institucionales y los discursos políticos también lo son) es que se inserta en un espacio que no se sostiene sin simulacros. La publicidad es la que mantiene los sueños en una sociedad de consumo capitalista. También el sueño innovador. No hay forma de saber hasta qué punto la innovación se ha convertido ya en un eslogan publicitario en sus propios esfuerzos por introducirse en la agenda política. Una consigna para conseguir la aceptación desde múltiples niveles: por supuesto el político que refrenda, el financiero que permite y el ciudadano que participa.

Por eso mismo: la sociedad de la innovación no puede ser otra cosa que la plasmación de un deseo, el deseo de emancipación colectiva. Lo otro corresponde a una transfiguración del gobierno, de una adaptación de los procedimientos a unas formas más actuales. No puede quedarse en un juego de representaciones por mucho que estas se den en espacios supuestamente liberados. No puede tomarse la innovación sino como, en palabras de Marina Garcés hablando del pueblo, “una concepción dinámica e inacabada de la vida colectiva”. ¿Se han dado cuenta de que el discurso de la innovación se ha colocado por encima del discurso de la cultura? Por algo será. Pero este es otro asunto que podemos abordar en otro momento.

Por eso mismo: hablo de la innovación como un asunto nómada. Porque es necesario salir de nuestros “espacios verdaderos” y abarcar desde las miradas que no embellecen la realidad. Y sobre todo porque si salimos y escuchamos perderemos esa tendencia a convertirnos en salvadores. Sobran salvadores. La salvación, incluso desde el activismo puro, no puede ser ni la propuesta ni la respuesta. Son patrones redentores como los de cualquier doctrina.

Por eso mismo: es necesario saber dónde estamos colocados, ser conscientes. “Bajo lo que hemos llamado ‘la colonización de la vida cotidiana’, los únicos cambios posibles son los cambios de papeles fragmentarios” nos dice Raoul Vaneigem en sus “banalidades de base” Esos papeles fragmentarios son los que devienen de la necesidad que tiene la sociedad capitalista de dividir las tareas. Parece que los laboratorios de innovación pueden caer en el error de garantizar una cara amable al poder y de señalar los caminos correctos. Una acción contra el síntoma sin entrar en la enfermedad.

Y al final, la innovación termina narrándose a si misma y se autoproclama como un “reformismo benigno” (Lyotard) que es perfectamente compatible con los excesos que pretende erradicar. Que corre el peligro de fundamentarse sobre “suposiciones culturales”  que pueden convertirse en condicionantes ideológicos desde una visión unificadora. Sin embargo, volviendo a Plant, “la historia es una serie de luchas discontinuas en una plétora de ámbitos de la vida social, y la sociedad es meramente el efecto general de esas particularidades”. La innovación no puede nutrirse principalmente de “la academia”.

Pero a veces no hacemos sino jugar con el léxico, con los conceptos, con lo ya hecho y repetido en multitud de ocasiones. A veces no hacemos sino jugar con los significados. Empezamos como si no hubiese nada antes de nosotros. No acumulamos porque desconocemos o porque creemos de verdad que nada ha habido. Sucede así a veces que innovar es ignorar y hablar de lo obvio. Es necesario averiguar si esas necesidades de innovación, esa sociedad de la innovación, no es sino una postura estética, si éstas innovaciones no “…sirven al poder de la misma manera que la honradez, la verdad, el progreso, etc., sirvieron al sistema capitalista en la edad moderna clásica” (Stewart Home).

De la innovación canalizada a las redes de subversión.

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