critica, hegemonía y ficción

La crítica pura, como la filosofía, nace del desinterés absoluto por la utilidad, por la transcendencia del uso. Cuando pienso, no lo hago sintiendo el “para qué” sino desde la intención de acercarme al asunto sin tener en cuenta su practicidad, fuera de todo pragmatismo que pueda encarrilar lo pensado. Busco pensar en lo que me rodea sin acercarme a sus fines funcionales. De esa distancia surge la pregunta sin intención impuesta, ni intención de respuesta que justifique una razón utilitaria.

Colocándome en este espacio del gobierno local en el que trabajo, la critica pura viene por varios caminos: uno, la distancia necesaria entre el objeto y la razón (no tengo necesidad de someterme por supervivencia) y, dos, la carrera profesional (las fórmulas de promoción están supeditadas al derecho y no al la obediencia debida). Puedo añadir, aunque esto ya es personal mi total ausencia de ambición por alcanzar niveles, prebendas o ascensos en el escalafón.

Si, volviendo al principio, la filosofía nace del interés último por la sabiduría, como nos señalaron Platón y Aristóteles, la crítica pura nace pues de la independencia que ofrece el no sentirse atado ni constreñido ni por ambiciones personales, ni por presiones contractuales, ni por necesidades vitales, ni por exigencias de sumisión. La critica pura no puede desarrollarse pues en un entorno que necesita justificar el objeto de crítica (no poder hablar mal ni cuestionar aquello que me mantiene). Surge entonces cuando no se tiene ningún interés ni vital, ni profesional, ni de carrera… Surge en definitiva cuando no se tiene ningún interés de justificación. Hace tiempo que “yanotengoprisa”.  Eso tranquiliza mucho y me permite posicionarme en un lugar sin interferencias.

Por eso y desde esta posición abordo la crítica hacia esas “tendencias” que surgen dentro de los gobiernos locales. En este momento el dogma del emprendimiento me preocupa como espacio de construcción social y me ocupa tiempo de reflexión crítica. Y es así porque, a mi juicio, viene argumentado como esencial para el desarrollo personal (el éxito) y social (el progreso) sin analizar de ningún modo cuál es realmente su base argumental e ideológica, y disfrazado de libertad, una libertad muy contemporánea, muy atractiva, una libertad que apetece porque te coloca en ese espacio de glamour tan fascinante, porque te sitúa en ese grupo de los que van a construir la nueva sociedad, la de los nuevos retos. Una libertad que, paradoja, no te deja elegir fuera de catálogo porque ser un perdedor es trabajar para otros incluida la administración pública (yo toda la vida he sido un perdedor).

El dogma del emprendimiento se completa en trilogía con la innovación social y la colaboración;  entre los tres nos traerán esa nueva sociedad, esa nueva economía tan deseada. Podrá sonar excesivo pero todo esto me parece un espejismo muy eficaz para alcanzar esa apariencia de revolución. Una narrativa estructural en toda regla (no es coyuntural, no se equivoquen, forma parte de eso que han denominado “crisis”) que enfoca la experiencia humana desde la perspectiva capitalista del porvenir. Y toda perspectiva capitalista no es otra cosa que la explotación individual o colectiva de cuerpos y conocimiento. La uniformidad del pensamiento a través de una pretendida innovación social (qué se puede innovar cuando la base reflexiva está inducida de modo previo) y la colaboración (qué escenario de colaboración nos deja un sistema en el que se colabora compitiendo). Nos queda un déjà vu muy barnizado y un espacio mínimo para la resistencia. O aceptas o estás fuera (aunque no hay nada fuera como bien nos recuerda esa teoría del “desierto circular”).

Y, aclaro de nuevo, en punto y aparte y párrafo propio para no dejar dudas, que mi crítica hacia estos tres ámbitos no es la crítica del “hecho” sino la del “ser”. La propia ontología. La critica a partir de la reflexión sobre el entramado sociocultural que se genera desde y a través de una normalización  presentada como rebelión, una especie de manual de instrucciones para la transformación que te señala el mapa hacia una nueva sociedad más libre, transgresora y solidaria. Pero no se trata sino de la generación de un comportamiento asumido por la práctica totalidad de la sociedad como lo sensato, lo que hay que hacer, lo que toca… la subversión normalizada y administrada.

El emprendimiento como hegemonía, la innovación social como cortocircuito y la colaboración como placebo constituyen esa trilogía conformadora de una sociedad que consolida el imaginario capitalista del mercado (incluso uno mismo es producto y mercancía a través del yo-marca). Todo contribuye a la concepción de un modelo en el que la economía capitalista está por encima de cualquier otra forma de vida y se canaliza mediante estrategias sociales y responsables tremendamente eficaces. Todo genera una rueda infinita que no permite encontrar otra salida digna y contemporánea que no sea la señalada por ese dogma. Un más de lo mismo con apariencia de revolución. Pero no es así sino que, como en otro tiempo lo hicieron los mitos y más tarde los monoteísmos, el imaginario neoliberal ha colonizado el pensamiento y se ha formalizado.  El sentido es el mismo: sumisión a unos dogmas que no hay que interpretar (si acaso la interpretación le corresponde a los elegidos) sino acatar y aplicar. Normalización.

Pero la realidad no es la idealidad y sólo en este espacio ofrecido se encuentra la libertad. No hay más. El derecho al desacuerdo no existe porque no hay nada fuera: el desacuerdo intelectual te coloca en una posición de protestón incómodo; el desacuerdo activo te aparta con los “perdedores”. No hay libertad en ningna doctrina. Sometimiento a una realidad-trampa que se construye desde la narrativa. El emprendimiento como soporte para la individualidad (la economía social es lubricante), la innovación social como indicador y brújula (la señalética de la élite) y la colaboración como representacion (la mayor parte de las veces, un rentismo disfrazado). Los tres ámbitos perfectamente sincronizados y dirigidos conjuntamente por la administración pública y por los dispositivos de poder  para conseguir lo que Gramsci denominaba “revolución pasiva”. Tres pilares que describen lo que desde ciertos sectores denominan potcapitalismo en un intento de dulcificar y pretender la desaparición de un sistema. A mi más bien me parece el avance hacia un auténtico metacapitalismo. Una metástasis del capitalismo.

Y como la realidad no puede estar más cerca que desde lo local, todo se ha sabido usar muy bien. Se han construido todos los dispositivos publicitarios con el apoyo entusiasta de los gobiernos locales. Se ha comprendido muy bien que poner estas estructuras municipales al servicio del desarrollo neoliberal era la mejor apuesta. Magnífico. Aquello que por excelencia debería estar al servicio del bien común se pone al servicio del ideario del mercado capitalista con los oportunos barnices. La realidad reforzada desde la proximidad.

Por eso insisto en esa critica ontológica, porque el comportamiento genera comportamiento y lo que está sucediendo no es accidental. Pretende inducir y en este momento se trata de reinterpretar un modelo que recupere esa autoridad que el capitalismo perdió durante los años del “bienestar”. La historia se construye desde varios frentes: uno, bajo las “necesidades” y crearlas es la mejor manera de que sean las “correctas”. Otro es liberar al individuo de los espacios de pensamiento por ausencia de tiempo (recordemos que la filosofía surge por “tener tiempo”): no puedes tenerlo mientras estás ocupado en ese 24×7 tan digno de orgullo.

La realidad capitalista se apropia de la vida en todas sus dimensiones y sigue construyéndola desde esa fantasía de libertad (sometimiento productivo), desde esa exaltación de las evidencias (innovación inducida) y desde ese placebo de compromiso (colaboración extractiva). Las tres estructuras que aseguran la hegemonía del neoliberalismo en una especie de “revolución conservadora”. Sería muy bueno analizar los tres modelos de transformación que nos señala Wrigth (2014) en sus “Utopías reales”para hacernos una idea cabal de lo que estamos hablando. Y sería muy bueno también acercarse a la reflexión de Imanol Zubero y el grupo de investigación CIBERSITY de la Universidad del Pais Vasco UPV/EHU. No existe innovación social que no nos conduzca por el camino adecuado al destino adecuado, que no esté inducida por los modelos de desarrollo y progreso ortodoxos, que no consolide las orientaciones formadoras y conformadoras. No entiendo qué hay de innovación social cuando todo lleva al mismo molde, a las mismas pautas, cuando se persiguen los mismos resultados… pero, lo cierto es que, para triunfar (como experto, público o privado; como institución pública o privada) solo hay que seguir dos estrategias: añadir ocurrencias a las líneas básicas del código, y generar discurso que refuerce el credo. En definitiva: ser hábil con los destellos.

Me resulta muy extraño que tanto la banca como los grandes del capital compartan discurso revolucionario ( qué sensación de derrota cuando hasta uno de los grandes bancos reclama “la revolución de las pequeñas cosas”). Me resulta muy extraño que esa revolución la compartan unos proyectos locales que quieren hackear el sistema. Hoy toca el emprendimiento, la innovación social y la colaboración. Y los premios, proyectos, inversiones, discursos, congresos… lo avalan.  No se puede estar del otro lado. Vemos pasar doctrinas y liturgias y no terminamos de construir. La cultura fue durante un tiempo ese buque insignia que nos salvaría. Hoy, lo que queda de esa cultura, se convierte en economías creativas y también emprende, innova y colabora. Todo me parece una estupenda representación (el más puro simulacro baudrillardno) en la que los papeles están muy bien repartidos. Dicen que si  en una sesión de coaching repites tres veces seguidas “innovación social”, se aparece en la sala el “espiritu emprendedor” y se monta un fabuloso ecosistema de “economía colaborativa”

La “mercantilización blanda” como elemento central del proceso a través de un evidente capitalismo colaborativo. Esa es la gran fortaleza del capital: atraer cada cierto tiempo actitudes y retóricas que lo refrescan. Estética. No hay mejor ficción que la que se instala en la realidad. Y la verdad es que siempre se está cómodo en la ficción: para esconderse, para camuflar y camuflarse. La ficción de ser libre, la ficción de avanzar, la ficción de compartir. La catarsis coach: un relato embellecido en el que la estética de la libertad individual, el destello de la modernidad y el prodigio de compartir nos colocan en un escenario que edulcora una realidad mucho más conservadora de lo que parece. Una realidad que no es capaz de construir alternativas válidas porque no se desprende de un modelo que, parece, quiere transgredir. Aunque parezca una paradoja, esos discursos “revolucionarios” no hacen sino normalizar los dogmas. Yo ya lo he visto y esto se parece mundo a ese franquismo sociológico que soporta este territorio. Se trata del capitalismo sociológico.

Pero no hemos enterrado nada, ni siquiera hemos conseguido que tiemblen los cristales de ningún palacio. Emprender sigue siendo buscarse la vida (¿cuántos emprendedores caben, de verdad, en un sistema cómo este?) pero ahora bajo el llamativo individualismo “co” que todo lo dulcifica: el imaginario capitalista deslocalizando individualidades . La innovación social, esa rebelión seductora que, además de tratar lo obvio (no se olviden de respirar y, por favor, tuitéenlo), conduce sin rubor hacia el fetichismo tecnológico con energizantes discursos de modernidad. La colaboración… en fin… no voy a decir nada de un concepto que se adultera constantemente.  Todo se reduce a poner parches al sistema, no de derrumbarlo. Una especie de “prudencia” que no es sino una variante más del conservadurismo. Por muchas razones ya no estoy en disposición de creerme demasiadas cosas. Tampoco de creerme que esta vez sí, que con esto vamos a dar el paso definitivo. No confundo la participación con la teatralización de lo institucional, ni los laboratorios con la ciudadanía, ni la cooperación con el paternalismo,ni la gestión con la canalización… Y me parece que sigue habiendo una gran distancia entre lo que se elucubra en muchos de estos círculos “privilegiados” y lo que ocurre en la calle. Se institucionaliza la revolución y eso me parece bastante raro.

Pero no se preocupen, esto solo es pensamiento crítico y, como saben, no llega a ninguna parte y ademán es tachado de antiguo y aguafiestas (aunque no es lo mismo antiguo que anticuado). Critica, hegemonía y ficción. Tan solo eso y ahora no se acostumbra  a construir desde los efectos del desencanto. No se lleva bien con esa corriente del pensamiento positivo, con esa trampa de aquiescencia que todo lo llena de luz y de buen rollo. De vasos medio llenos. Buen sistema también para neutralizar controversias y levantar púlpitos.

Lo aparente mantiene secuestrada la realidad. Y a lo que se genera en ese entono, se le llama ecosistema. Cuando el poder se canse de éste lo cambiará  por otro para seguir fingiendo. Porque, no nos engañemos, es una realidad acotada, una innovación a puerta cerrada. Una ficción que nos está acostumbrando a esas esencias del neoliberalismo. Ya no podemos criticar porque la ficción es la hegemonía, es la realidad. Y nos abrazamos a los ecosistemas como si en ese concepto habitase la bondad de forma natural sin ambages. No es así y sabemos que existen ecosistemas tóxicos. Quizá estos que así se anuncian son los que mejor cultivan ese entorno en el que se normaliza el neoliberalismo (recordemos que éste no es un sistema económico sino un sistema cultural) y se consigue otra ficción: ya no existe la clase trabajadora, ya no hay conciencia de clase si no es la de esa que te coloca en el “estado emprendedor”. El “sueño americano” se ha expandido de una manera extraordinariamente eficaz y abarca ya toda la dinámica social de un capitalismo total.

No me cabe duda, ahora sí me voy: esa ficción es la mejor propaganda del capitalismo. Porque no tenemos nada, tan solo el relato. Eso sí, un relato que llega y que cubre esa necesidad de ilusión que todo individuo tiene. “El fluido colectivo que surge de los intercambios y la suma de los fluidos particulares, es negativo” nos dice Milosz en su “Mente cautiva” y sigue “si todo es lógico, ¿por qué la ecuación da un resultado diferente al que debía tener?” El orden natural no existe y el construido es débil. El relato prepara para la “vida real” y así vamos, tomando como normal lo que en otras “realidades” nos parecería un atropello.

Y quiero insistir en lo que dije mucho más arriba: no es la crítica del “hecho” sino del “ser”. Y que me descorazona ver tantas trampas abiertas; y que todo esto obedezca a una especie de “lógica moderada” totalmente naïf. Esa “lógica moderada” que quita hierro e intenta camuflar los abusos sin acudir a su fondo. Esa lógica que bautiza viejos atropellos con nombres nuevos y todo parece mejor. O le pone tecnología a hábitos antiguos y lo eleva a potencia. La ficción, en este caso, es la consolidación de la hegemonía bajo una crítica débil o ausente. Creo que sin más. No puedo evitar sobresaltos cada vez que escucho economía colaborativa. Perfecta estrategia, perfecta elección de adjetivo desde donde se refuerzan privilegios. Mientras tanto, la nueva progresía se apunta como multiplicadora de discursos que legitiman los dispositivos necesarios para construir ese tejido simbólico y cultural que se necesita para mantener un estado social propicio para el poder. Ni siquiera los cambios políticos que estamos viendo en algunos municipios se pueden sustraer por lo magistralmente articulados que están, por lo que han calado ya, por la inercia que han adquirido.

La representación da la vida, una vida libre en la que no aparece ni rastro de explotación (ni derivada ni propia),  una vida conforme con ese sistema cultural neoliberal en el que navegamos (eso sí que es un ecosistema). Todo es bondad emprendedora, innovadora y colaborativa. Una vez más se ha perdido la batalla por la vía de un lenguaje sustraído, violentado y secuestrado. Y aparecen escalofriantes artículos como éste (proliferan en cantidades extenuantes) que se usan como quintaesencia de la libertad. Léanlo, por favor, con atención, intenten substraerse del término “colaborativa” y digame qué es lo que cambia y, sobretodo, quien colabora y de dónde se sacan los beneficios, para quién son en realidad y cuál es la magia de la tecnología que no sea la misma que supusieron el resto de las tecnologías de la humanidad (a no ser que ahora todos tenemos un teléfono inteligente y antes no podíamos tener una máquina de vapor cada uno), díganme dónde está esa economía de la abundancia (otra tendencia en alza) . Estaría bien una reflexión situada pero eso parece demasiado. Como dije en algún momento: metacapitalismo. Como ya se va viendo en otro de los paradigmas de esa economía colaborativa que no es sino capitalismo con tintes.

“Prueba el afeitado a navaja”, otra de las experiencias que ofrece la modernidad este verano a los hombres que desean estar a la última “en un solo clic”. Sin comentarios.

Pero puede ser que quien no esté en su lugar sea yo. Y que todo provenga de una visión desencantada por la sensación, ante todo, de presenciar una transgresión estética. Por eso ni siquiera voy a entrar en algo me me produce, si cabe, más trastorno: el funcionario emprendedor. Bueno, aún hay otra: el intraemprededor.

En fin, hasta luego.