notas breves para otras lógicas de la cultura local (o la obsesión por la planificación perfecta)

  • El acto de gestionar la cultura se ha convertido en una delimitación de tiempos, espacios y ofertas. La política de la cultura no ha sido sino eso, unas determinadas acciones técnicas y soluciones a corto plazo. Una especie de “activización” de los calendarios y las programaciones de manera que se cubriera la necesidad de un sector en exceso dependiente de la programación pública. Lo que se deriva de esto es una cultura “embargada” a la que se limita por los factores de rentabilidad y pertinencia. La cultura pierde su propia lógica y sólo se programa lo que cabe dentro de los indicadores preestablecidos. La cultura administrada se atasca en demasiados inconvenientes mientras pierde oportunidades para implicarse directamente en proceso de construcción.
  • Pero la cultura sólo se puede construir colectivamente. Porque no es un límite, tampoco hay dentro o fuera, ni con o sin como pretende la cultura como recurso. Al contrario, aborda y abarca una vida construida desde la totalidad. Los productos y su consumo son un apaño para quienes han contraído una cierta adicción, nada más, porque eso no construye per se sino que satisface la individualidad.
  • La gestión cultural es un un entretenimiento mientras alguien construye el mundo. La cultura no es eso que ocurre dentro de ese paréntesis. Todo va más allá y aparece desde múltiples caminos. Ya lo dije: no sé si los gestores gestionan la cultura, se acercan a determinada distribución y alientan determinados ideales pero la construcción continua de la sociedad viene por otros caminos y desde otros inductores. No es programando la mejor manera de contrarrestar.
  • Por eso la idea de lo cultural debe alcanzar una dimensión estructural más allá de la llamada transversalidad. Algo que no sea interrumpido por la gestión y que alcance lo cotidiano y continuo, que alcance la normalidad sin esos tiempos que marca la mecánica. Que no se ciña a esa rutina experta. Parece raro, ¿no? Pues así puede considerarse cuando vemos que en realidad no ha habido políticas culturales en si, sino una gestión que se ha podido acercar más o menos a las necesidades comunitarias, bien por las características de determinados técnicos o por pura y simple casualidad.
  • Por mucho que se reclame la cultura como objeto de cohesión, en realidad la unidad básica en el imaginario técnico y político siguen siendo las intervenciones, las acciones, las actividades paquetizadas, desvinculadas muchas veces de su hecho social. Todo pasa por contabilidad. El mundo de la gestión está saturado de productos y carece en general de una visión conformadora, de un espacio de construcción y de interferencia.
  • Quizá no podamos evitar que en los gobierno locales siga existiendo esa pulsión distribuidora, que siga siendo necesario tener una carta de productos que poner a disposición ciudadana. Quizá tampoco debamos siquiera pretenderlo. Lo que viene siendo necesario es implantar unidades que trabajen sobre la construcción común, que lo hagan como artilugios de pensamiento y que consoliden la estructura ciudadana desde procesos abiertos y de alta porosidad. Es cierto que la distribución de productos culturales va a seguir siendo necesaria pero no se podrá olvidar que desde esa óptica (la cultura como objeto) es difícil encontrar las llaves para abrir procesos que no tengan su fundamento en el consumo.
  • El reto no es ya la distribución sino abrir las posibilidades para una construcción en común una construcción colectiva. La saturación de productos, como decía antes, impide una construcción abierta. Fundamentalmente porque se ha actuado siempre bajo un modelo normativo y más bien cerrado que ha impedido explorar posibilidades múltiples.
  • Reapropiarse del poder constructivo y ofrecer las posibilidades para conseguirlo, generar espacios institucionales apropiables. Cambiar la lógica, otra cultura de la cultura. Combinar, si acaso y como mucho, el modelo de gestión mecanicista (programación de eventos y festejos) con el de gestión inductiva (generación de procesos). Abrir nuevos espacios dentro de las administraciones públicas para combinar las necesidades festivas, expositivas y distributivas con la acción cultural en el territorio, en la comunidad. Interferir con esas realidades que no caben en los catálogos y que, se quiera o no ver, ponen en marcha la ciudad o la congelan.
  • No podemos seguir trabajando, ni pensando, ni estudiando las instituciones ni las políticas públicas como si los límites de la cultura fueran la programación. Surge la necesidad de dar un nuevo sentido a lo cultural para abrirlo a los componentes estructurales y aglutinantes de la comunidad, pensarlo, repensarlo desde las lógicas de lo social. Avanzar más allá de las estrategias señaladas por expertos y consultores. He dicho ya en algún lugar que es falso que la cultura esté en crisis, la cultura sigue curso como constructora.
  • Tenemos bien clara la diferencia entre salud y sanidad y que la primera no depende exclusivamente de la segunda, pero no tenemos claro esto con la cultura y la dejamos en manos de la programación y el consumo de ciertos de sus productos. Voy a usar un una fase literal de Marina Garcés de libro “Un mundo en común” para enmarcar lo que, bajo mi punto de vista, ha sido la realidad cultural de los últimos años: “…En muchos casos, se nos ofrecen tiempos y espacios para la elección y la participación que anulan nuestra posibilidad de implicación y que nos ofrecen un lugar a cada uno que no altere el mapa general de la realidad. Como electores, como consumidores, como público incluso interactivo… la creatividad (social, artística, etc.) es lo que se muestra, se exhibe y se vende, no lo que se propone. Lo que se nos ofrece así es un mapa de opciones, no de posiciones.”
  • Los nuevos espacios para la cultura no son físicos únicamente. Son los que se introducen en las potencialidades de los individuos, de las comunidades. Los que forjan las prácticas cotidianas en todos los sentidos. La cultura no “activizada”, la que busca en lo cultural su nueva razón de ser. ¿Cuál es la manera de acercarse a quien no participa en ningún circuito? No es la pregunta de siempre porque no parte del mismo lugar de siempre, aquel que se refiere a la participación, al consumo, a la presencia en lo elaborado. No es la pasividad de la participación (y no es ninguna incoherencia) la que genera en individuo culto que busca la tradicional gestión mecánica, sino la estructuración de situaciones que se pueden generar desde la gestión inmersiva. No hay que salvar a nadie.
  • La deriva es la que marca esta forma de acercarse a lo cultural, todo lo que no tiene que ver con los proyectos sino que busca moverse por la incertidumbre y provocar la simbiosis (que no la cooperación),alcanzar esos espacios de búsqueda continua de lo inacabado (la incongruencia de la cultura proyectada). Otras lógicas.
  • ¿De verdad que es tan difícil entender que delegar la producción y el desarrollo de nuevos productos culturales a la industria perjudica los intereses comunes? Los intereses comerciales por encima de los culturales. Y entre todo esto la dificultad real y creciente de acceder a estos producto por parte una cada vez más numerosa cantidad de ciudadanos. La finalidad de la industria condena a la producción de bienes y servicios culturales rentables y orientados hacia quien puede pagarlos. Como ya dije: la producción cultural actual es como el capitalismo: da de comer a quien tiene comida. Lo que se programe desde las instituciones tiene que ver, cada día más, con esos parámetros. La tendencia es que cada vez estarán más relegadas cualquiera de las manifestaciones culturales que no cumplan los estándares propios de los sistemas comerciales. Las administraciones locales condenadas a la subsistencia no harán otra cosa que aquello que pueda retornar dividendos. La deficiencia de un modelo que, no obstante, puede corregirse.
  • ¿El fracaso de la planificación? La idea de cultura se ha formado principalmente a partir de la programación, ella ha sido la que ha señalado el grado de “civilización y modernización” que había alcanzado la ciudad. La argumentación principal no era la de atender a las necesidades de la ciudadanía (o como mucho esto servia de simulación) sino la de conseguir una ciudad “en el mapa”. ¿Dónde estamos después de esas fantasías? En una evidente segregación cultural por consumo en función de esos grandes proyectos, de esos grandes eventos. La descontextualización de la realidad. La plasmación de la ideología neoliberal en los procesos de la cultura local. Para ello se ha destruido o debilitado la cultura comunitaria. Nada nuevo. Ahora se vuelve… dicen.
  • Y a pesar de todo sigue imperando la ideología de la planificación. La cultura cuantitativa domina la pasión por llenar agendas. Poco de deriva, de búsqueda, de error. El control de la cultura tiene su reflejo en un conjunto casi infinito de normativas que delimitan y acotan el funcionamiento espontáneo de la cultura. Se ansía la planificación perfecta. El poder de la planificación es el acotamiento. Y quien desee entrar en esa planificación debe acercarse al poder. La lógica de la cultura espontanea no cuadra a este sometimiento institucio-industrial.
  • Las lógicas de hiperplanificación enferman y matan la necesidad de vivir en común, del encuentro y de la libertad de creación. Las lógicas mercantiles las entierran. La cultura espontánea, las culturas tímidas. Sin estabilidad ni permanencia. Que no aparecen el los tratados. Pero que construyen de verdad la ciudadanía. Porque la cultura planificada no sólo ordena lo que se puede o no puede hacer, crear o consumir sino que modela la personalidad ciudadana según intereses más bien externos.
  • Recuperar la cultura que sucede. O dejar que suceda.
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2 comentarios en “notas breves para otras lógicas de la cultura local (o la obsesión por la planificación perfecta)

  1. […] La cultura programada es y ha sido un lugar para la inversión. La cultura programada ha privatizado el derecho y lo ha hecho desde una sucesión de acontecimientos sin conexión. Productos aislados que circulan como mercancía. Trabajada desde los intermediarios (públicos o privados) y distribuida desde sus dispositivos. La cultura embotellada contra la cultura del grifo, otras lógicas para la cultura […]

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