conciencia transware para las utopías conectivas

La ciudad es una conectividad sin equilibrio en la que todas las partes ejercen un papel homeostático inconsciente. El equilibrio es la muerte y por ello no hay manera de encontrarlo en un ser que evoluciona. No hay problema en la tensión, el problema es no mantener la fluidez en los niveles necesarios como para que ninguna de las partes se vuelva cancerosa y crezca hasta el punto de aniquilar a las demás. El reto consiste en provocar que las conexiones, las relaciones, los contactos, las interacciones… sean generativas sin anular. Para ello es necesario mantener ritos sociales, ceremonias y protocolos, que al final contribuyen a aglutinar eso que llamamos ciudadanía. Desde las organizaciones públicas estos ritos se han canalizado desde la gestión mecanicista de los procesos.

Pero en este sentido conectivo que apuntamos, esa estructuración mecanicista ya no sirve del todo. Sencillamente porque una ciudad es ese ser que transciende el estar y lo que hay que conseguir, en realidad, es que todas las conectividades sean elevadas al nivel cortical para que sean operativas. La conectividad ciudadana es “transgestora” y no puede ceñirse a instrucciones burocráticas e inamovibles, Quizá habría que pensar todo esto más cerca de una especie de neurociudadania que desde las fórmulas administradoras. Lo que ocurre es que los modelos de rendimiento han traspasado sus fronteras y han invadido la esfera humana. Como si no hubiese otro modo. La reproducción sin critica.

En cualquier caso, la gestión mecanicista se corresponde con el hard (infraestructura) y con el soft (servicios). Al trans le corresponde la deriva y la conectividad, las emociones, las sinapsis, los nodos, la no linealidad, el flujo, la complejidad, lo antagónico… La gestión mecanicista se encarga de lo inerte, la conciencia trans trata de lo vivo.

Aún así, la conciencia trans debe jugar conjuntamente con las dos tipologías previas (¿arcaicas?) la hard y la soft. Dónde empieza y termina cada una es algo de difícil precisión. ¿La transcendencia y la inmanencia? De ahí la necesidad de disfrazar la conectividad con ilusiones culturales, con construcciones, en definitiva, que mantienen una cierta intención de utilidad simbólica. Algo al alcance de la mano para intentar explicar esas estructuras arcaicas fundamentadas sobre la gestión, sobre un dualismo sólido en definitiva. Porque no hay ciudad sin huella sináptica. Y si es así, si la ciudad es un conectoma vivo, poca razón de ser tiene ya esa especie de ayuntocentrismo en el que la institución es la que marca el ritmo, un mecanicismo trasnochado que más bien paraliza.

Lo trans como conciencia más que como herramienta, algo que permita evolucionar desde una gestión mecanicista hacia una gestión de las conexiones. La interface para una ciudad conectoma. Para el estimulo de las pequeñas utopías.

Y uno de los referentes, las metáforas también construyen este modelo, podría ser la idea de evolución bacteriana como proceso. Puede parecer que no tenga nada que ver pero una de las graves deficiencias de la gestión arcaica es que parece que pensemos solo desde parámetros inamovibles. A mi me gusta metabolizar otras disciplinas, hacer una especie de metástasis de conceptos y aplicarlos a nuestro medio. En este sentido vamos a seguir el trabajo de una de las grandes biólogas, Lynn Margulis. Ella nos presenta a las bacterias como una red de intercambio genético que ha persistido durante miles de millones de años y que se ha reconstituido de forma abierta y desde parámetros de la absoluta sencillez: el intercambio genético es absolutamente descentralizado y horizontal. Y nosostros, yendo más allá del asunto genético podemos determinar cuatro características básicas:

1.- La información de una bacteria a otra con absoluta promiscuidad y a una velocidad de transferencia inaudita si la comparamos con organismos más complejos. Las bacterias están continuamente liberando, compartiendo su código genético.
2.- Estas nanomáquinas son capaces de hacer algo realmente sorprendente: se reprograman, se recompilan a sí mismas en base a los genes recibidos. No necesitan esperar a la siguiente generación para expresar sus genes. ellas inventaron la ingeniería genética.
3.- Esta red de nanomáquinas tiene una profunda tolerancia a fallos y la fuerza de una amplísima base de proceso distribuido y paralelo, sin controles de mando centralizados.
4.- Todas las cepas bacterianas comparten sus genes sin que haya una especie verdadera. Cualquiera de ellas es capaz de llevar la ingeniería genética a escala global.

Puede que la gestión transware sea como las bacterias. Puede que los nuevos espacios institucionales tengan que leer más biología y filosofía que economía y administración de empresas. Esas utopías conectivas que nos permiten crecer.

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