a por la cultura sin participación

La cultura en estos territorios, por sus especificidades sociales, políticas e históricas en general, ha tenido una mala relación con el pensamiento, una relación difícil. Por una parte, la intelectualidad ha dado los bandazos propios de una vida entre dictaduras y monarquías rancias (pero no olvidemos las identidades). Por otra, y quizá resultado de lo anterior, la ciudadanía ha considerado todo lo relacionado con la cultura como algo impropio (o algo con lo que diferenciarse y resaltar supuestas grandezas). Podemos convenir que, dentro de ese imaginario rudimentario, la cultura ha oscilado entre los paternalismos asistenciales, los dogmas de fe y los refuerzos identitarios. Resultado: un estado de la cultura comunitaria y de construcción crítica sin demasiada trascendencia. (Quizá, la única pulsión transformadora en este sentido se dió, y de forma más bien breve, en la época del inmediato postfranquimo, aquello que dimos en llamar animación socio-cultural).

Así, con el descubrimiento de un neocapitalismo para pobres, la forma de relacionarnos con la cultura ha sido desde mantras acríticos: las hipocresías del desarrollo urbano, los espejismos del empleo, los múltiples atractivos del turismo y la etnografía redentora… Toda una ingeniería para que la centralidad de la cultura se especializara en zurzir argumentos y adaptarlos a los discursos economicistas de esa modernidad alcanzada. Los pilares para construir este discurso: un complejo de inferioridad sobrevenido de esa inmadurez endémica que la mantiene vulnerable, dos, la ambición desmedida de los sectores mercantiles, tres, un aparato político sometido a la retórica del decorado y, cuatro, un cuerpo técnico connivente y sin voluntad transgresora. Podríamos decir que la cultura se ha vuelto hostil contra la propia sociedad al convertirla en una multitud de consumo superficial. La ciudadanía ha respondido a esa hostilidad y se ha alejado. (Si es cuestión de consumo, cada quien consume lo que más le apetece dentro de sus posibilidades y prioridades).

En paralelo a esta desposesión se ha construido el discurso recurrente de la cultura como fuente de todos los prodigios. Pero ¿qué cultura? Los libros son cultura. ¿Todos? En principio sí, todos. Porque así esta catalogado y normalizado. Como el cine, la música, el teatro… Pero ¿toda la literatura, el cine, el teatro, la música… pueden formar parte de ese mito que nos salva y nos lanza a una sociedad más justa, feliz, cohesionada, desarrollada y rica? Pues miren, no. Determinados productos catalogados bajo el epígrafe culturales son bien tóxicos (y más desde  su industrialización). Pero, perdonen por la duda, tampoco sé si alguien que consume picasos, wagneres, cervanteses… es alguien culto porque sí y ya. Tampoco veo la correspondencia directa. Quizá porque no sé muy bien qué es ser culto según estos cánones contemporáneos.

En este contexto, suponer una “cultura especulativa” dentro de las administraciones públicas es una extraordinaria quimera. ¿Una cultura que se haga preguntas? Lo máximo a lo que se aspira es a completar un buen listado de indicadores, algo que parece también dotado de cualidades milagrosas. Lo malo es que esos indicadores más bien han podido actuar como verdaderos inductores y modelar desde su influencia un patrón determinado para hacer y entender la cultura (sesgo de confirmación). Los indicadores han sido la trampa de una cultura extractiva. No podemos pues extrañarnos de que la cultura que sale de lo público, de que esa cultura programada y distribuida tenga las características que tiene. A través de esta interpretación de excelencias, riquezas y contabilidades se ha conseguido un efecto totalizador y unificador bastante perverso. Hasta las diversidades se unifican y se usan como argumento de venta, como nicho de mercado y como excusa para la explotación de comunidades.

Quizá, de esta cultura del producto y del objeto (la cultura programada) deberíamos migrar a aquella cultura de la situación, postgestora, aquella que busca la provocación y la complejidad. Una especie de “cultura sin participación” que busca la autonomía y la libertad intelectual de la persona, que se retira del decorado de las cifras. Una cultura incómoda para las rentabilidades. Esa “cultura fuera de la cultura” que no coincide con la asistencia.

Hemos asegurado la mediocridad de la cultura por haberla imaginado rentable, gestionalbe.

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