vuelva la cultura a la cultura

La cultura, despojada de ese empeño por el desarrollo, de la terapia, del entretenimiento o del éxtasis se puede convertir en una “potencia de experimentación” como diría Marina Garcés de la filosofía. Evidentemente, desde esta perspectiva que abandona el producto, la producción y la oferta (la cultura como objeto de reparto), cambia el escenario, un escenario que se había condenado al dato, a la cifra, a la contabilidad. La cultura, así despojada, ya no es ese mundo de opuestos sino que constituye una aventura que altera las coordenadas del objeto, del recurso y hasta del derecho. Es así también que cambia la perspectiva: no se hace cultura sino que se habita cultura. Se abraza su carácter sustancial, elemental, y se libera de esa posición mediatizada por la gestión contable.

Vuelve la cultura a la cultura porque no es algo producido sino un hecho en si que sucede sin nuestro conocimiento, sin que seamos conscientes: Podríamos hablar de la fenomenología de la cultura, una cultura que no necesita ser empírica, que no se acoge al objeto ni a lo dado. Ni al dato de “lo hecho” como mecanismo de autojustificación. La cultura “sin contenidos” que no desaparece sino que multiplica su fuerza respecto al objeto que representaba. De este modo no tiene que reaccionar a la intermediación del producto sino que se manifiesta por la conexión de sus fundamentos.

Este planteamiento “postcontable” es el que huye de la cultura fingida, esa que busca la apariencia sin crítica, esa que alcanza unos resultados evidentes: el refuerzo de las estructuras occidentales capitalistas. Por ello, desde su “desanclaje”, la cultura encuentra la reconciliación con la realidad de los comunes y alcanza el verdadero mundo de las significaciones. La vertiente gestora se queda expuesta a un código de cifras sin demasiado sentido, a un empirismo vacío a un positivismo aritmético que distorsiona el fundamento y contabiliza sin sentimiento.

Y es desde esta óptica contable desde donde únicamente puede considerarse y argumentarse la crisis de la cultura. Un ejemplo lo tenemos en el reciente “informe sobre el estado de la cultura y las artes” del CoNCA donde, considerando y respetando el esfuerzo invertido, no aporta ningún dato sobre esa esencia necesaria, sobre el estado de la ciudadanía, sobre sus comportamientos relacionales, sobre su espíritu crítico, sobre su felicidad, sobre sus esperanzas…Si la cultura cura, ¿por qué no me dicen estos informes cómo está la salud de la ciudadanía, su esperanza de vida, su resistencia a las enfermedades…? Todo parece deducible de forma directa pero no es así. Con este sistema no sabemos qué le ocurre realmente a los individuos. Ni si lo que han consumido les ha sentado bien o mal.

La narrativa contemporánea y desarrollista de la cultura ha caducado, se ha ha vuelto incluso impertinente. Y quizá todos esos discursos de las últimas décadas no han hecho otra cosa que ocultar y desnaturalizar la cultura, codificarla para venderla. Por eso la reconfiguración de la cultura, en su concepto y en su abordaje, necesita liberarse de ese culto por el objeto y la medida (una forma de cultura sin pensamiento) para buscar una reconstrucción hacia su propio sentido, hacia la interpretación de un lugar personal, hacia una racionalidad que la conciba como una realidad de construcción común de las esencias de un humanismo universal. Buscar su espacio más allá de la gestión objetual. Trabajar su sentido más allá de las corrientes administrativas y contables.

La cultura es su transcendencia.

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