la cultura que habitamos

Puede que la cultura, tal y como se viene planteando e interpretando, sea más bien un mecanismo de discriminación, una herramienta que se empeña en establecer distinciones entre “dentro”y “fuera”, “con”y “sin”, “alta”y “popular”, “excelente”o “próxima”… Entre quienes participan de ella y entre quienes, aparentemente y siempre bajo criterios oficiales, se mantiene al margen, no participa, no quiere saber nada de cultura. La cultura, esta concepción de la cultura, “pone en un lugar” y siempre se enfrenta a “otro posible” que más bien ignora o descarta.

En este sentido de atadura a lo ofrecido, la cultura se ha convertido en ese “más allá” idílico al que acceden los elegidos. Algo que, además, proyecta la ilusión de saberse en posesión de una gracia especial tanto por participación como por ejecución: la ciudadanía que comulga con los ritos, los sacerdotes que los proveen y esa “clase creativa” dotada del don divino. Y, por supuesto, el saber esotérico de los expertos. Una iglesia que, como todas, tiene dificultades para relacionarse con un exterior bárbaro por dos razones: por no desear nada con unos infieles irrecuperables y condenados o por esa pulsión a convertir a las almas descarriadas y frágiles.

Sin embargo la cultura ni es una condena, ni un sacrificio, ni un Paraíso al que acceder. Solo con comprender que la cultura la habitamos, no que la consumimos, estaríamos en excelentes condiciones para plantearnos modos de abordarla más coherentes, más adecuados, más potentes, más oportunos.

Pero la cultura (así en abstracto) sigue tomándose como ese objeto sagrado que nos va a lanzar hacia la abundancia y nos va a proporcionar un desarrollo social y económico envidiable. La cultura como objeto de reparto. Hoy todavía estamos en este escenario. Un escenario de conformidad con el discurso que rige a las sociedades “desarrolladas” y a aquellas otras que, con nuestra ayuda y generosidad, se quieren “desarrollar”.

Como digo, un cambio rotundo en los sistemas de interpretación de la cultura sería bueno. Un cambio que nos hiciera descreer, apostatar de esa cultura de altar mayor y bursátil, y abrir caminos para la sospecha, para la duda, para cuestionarse modelos y procesos. Para abandonar esas trampas que nos limitan una visión amplia, un escenario múltiple, alterno, sin centralidades, sin sacerdotes. Una visión liberada de esas reglas, de esos dogmas.

Pero nos encontramos una y otra vez con un problema insalvable: los límites de la cultura, parafraseando a Wittgenstein, son los límites de su gestión. Y allá hemos caído. ¿Qué hay detrás, qué hay en el fondo de esa cultura local “gestionada”? Más allá del marketing de ciudad que la ha dominado hasta ahora, poco. Más allá de las actuales intenciones de retorno comunitario, ya veremos. Poco futuro también si usamos las mismas herramientas intelectuales y las mismas referencias y nociones de desarrollo.

La cultura, abundando en lo dicho, se ha gestionado bajo dos lógicas: la lógica de la salvación (¿vuelve con fuerza con esas nuevas intenciones de alcanzar la comunidad?) y la lógica del desarrollo. Como en toda moral abstracta, la fe ciega funciona como motor y como camino. Por ello sería necesario pasar de esa “moral” de la cultura como algo que nos sobreviene (sobre todo a la ciudadanía) a una “ética”de la cultura en la que se habita. Ni desarrollo, ni salvación, ni terapia. Desanclar a la cultura de esa actitud salvífica e incorporarla a la interpretación de lo cotidiano. El fin de la cultura administrada e industrializada. Puede que nos encontremos en un buen momento de desplazamiento. De enfocar con otras ópticas. Ya no sirve el discurso economicista. Y el de la Ilustración ha fracasado, no llega. Pero tampoco es demasiado creíble el discurso comunitario, rechina. Porque, a buen seguro, se va a abundar en errores de intervención y de observación: Se van a aplicar herramientas impropias, se van a medir resultados desde los mismos principios de rentabilidad que la han objetualizado.

Se necesita una mirada potgestora que no pretenda universalizar los procedimientos ante algo que, como el pensamiento requiere de tantos matices como individuos. Para todos por igual pero no igual para todos. La necesidad de una nueva forma de pensar y de enfrentarnos a la cultura que habitamos. La cultura no fingida.

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