la sensación agridulce del eterno retorno. descolonización y cuidados

La cultura no es útil o inútil, necesaria o accesoria, aglutinadora o disgregadora, fuente de desarrollo o de decadencia, de riqueza o de pobreza… posiblemente esto sea parte de esos discursos que mejor funcionan para controlar el análisis critico, para preparar convenientemente los mecanismos que conducen a una visión extractivista de la cultura (el mismo extractivismo que se ha practicado en la naturaleza). La cultura es. Y lo es en toda su extensión: la centralidad que articula la vida social, el artificio, la convención de valores, la ejecución de la voluntad relacional, o como dije en otro momento: gozo, ética, conocimiento y hábito. Por eso me resisto desde hace bastante tiempo a hablar de gestión cultural porque ya me suena a gestoría. En cualquier caso me voy resistiendo a encuadrar la cultura dentro de una profesión que “la gestiona”. Eso se me antoja más cerca del mercado y siempre veo conciliábulos comerciales (públicos o privados) en muchos de los abundantes eventos que siguen reuniendo a esta “ocupación”. Será porque todo ha sido absorbido por el discurso del capitalismo neoliberal y ha acercado el asunto de la cultura a los modelos más perversos del beneficio, a las prácticas políticas de una derecha idiotizante, a las de una izquierda meliflua y connivente, a las de una prensa dirigida y dirigista… Haber trabajado en un gobierno local dentro de este ámbito no me ayuda, lo confieso, y continuamente tengo deseos de huida: la deriva del pensamiento no acompaña a la realidad. Además siento y vengo observando que hoy se trabaja mucho más por la cultura desde otras áreas, servicios, negociados… Eso sí, podríamos decir que lo que se trabaja es una cultura “sin producto” (¡anatema!), algo que, me da la sensación, se ha abandonado desde hace mucho tiempo en sus espacios “de toda la vida”. Pero, en fin ¿era o no era esa la transversalidad que tanto reclamábamos? Al hilo: ¿no es gestión cultural la venta de enciclopedias? Pues eso, gestores culturales.

En este circulo y desde esta perspectiva productivista y utilitarista se ha ido engastando el concepto cultura con las estructuras de la administración pública, local y estatal. Ha salido lo que ha salido: algo forjado desde la connivencia y sumisión acrítica al discurso dominante, a la paranoia posibilista y a la falacia del PIB. Todo ello ha contribuido a la debilitación mayúscula de un vector que no ha sabido hacerse respetar usando sus propias herramientas, sus propios argumentos, sus propias cualidades, sus propias fortalezas. Que no ha sabido colocarse de forma sólida en la realidad social desde sus propios principios conceptuales. Un vector que ha sufrido grandes pérdidas en función de un cierto complejo de inferioridad que le ha llevado a subordinarse a los parámetros del mercado capitalista. Sencillamente: hemos jugado en un terreno que no es el nuestro. Triste.

Y ahora, así se desprende de dos de los grandes encuentros que se han celebrado últimamente, Interacció15 y el encuentro Cultura local y construcción de ciudadanía parece que la cultura se despierta social. Vaya. Que quiere volver sobre esos pasos que nunca debería haber dejado, recuperar esos caminos abandonados. Pero no tengo muy claro que la intención, desde los organismos oficiales, sea profunda o si, simplemente, todo se queda en ese castigo del juego de la oca que te manda a la casilla de salida. Retirarse a los cuarteles de invierno, a eso me suena todo esto, y ya saldremos cuando escampe. En todo caso me resultan agridulces los discursos/intenciones de los tiempos recientes. ¿Que es mejor escuchar esto? Desde luego. Pero no es eso. Deberíamos estar ya en otro estadio.

En todo caso, aun desde esta postura de recuperación de lo social, se siguen utilizando expresiones que, a mi modo de ver, enfocan mal la reflexión, que desorientan y que a mi, personalmente, claro, me llevan a pensar que nada cambia sino que se disimula. Términos y conceptos que, a pesar de formularse desde instituciones y personas con probada solvencia intelectual, creo que contribuyen a esa confusión, a esa inexactitud de partida. Tres, sólo tres de ellos a modo de ejemplo, podremos ampliar y profundizar en otro momento: 1.- la noción de “cuatro pilar de sostenibilidad”: si la cultura, por su condición de generadora de ideas, conceptos y comportamientos, modifica a los tres restantes, no puede considerarse como cuarto ya que está por encima: es el pilar. 2.- la idea de ciudadanía participante lleva a considerarla siempre como un “afuera” ya que, a la postre, las políticas culturales se cocinan “dentro”: la ciudadanía es la cultura como esencia. Y 3.- El “sector”, esa especie de amalgama en la que caben toda serie de propuestas, disciplinas y despropósitos para entretener con sus productos a una clientela receptora. Sólo estos tres puntos de vista nos impiden modificar el pensamiento y, por lo tanto, la dirección.

Y es que esa realidad comunitaria a la que se desea volver no existe como se pretende “desde dentro” y, para colmo, me temo que durante este tiempo perdido no se han renovado ni los conceptos, ni las fórmulas, ni los hábitos, ni las herramientas o , sencillamente, se ha obviado e incluso despreciado la sola existencia de una cultura desde lo social. La explicación es simple: todo el esfuerzo se ha dedicado al perfeccionamiento mercantil, a la excelencia, al abandono de lo común, a la exaltación de la competencia, a la maximización de la marca. Mucho se ha destruido bajo la artillería del desarrollo. El efecto invernadero de la cultura. Puede que este giro actual hacia lo abandonado, este déja vu, no sea sino un residuo político-mercantil para garantizar que la partida continúa, que sigue el juego. Para estandarizar espacios. La nueva doxa. Puede que no sea sino adaptar nuevos rankings de excelencia. Bienvenido sea todo pero tengo mis recelos. Técnicos, estructurales, ideológicos, de oportunidad social y de ajuste temporal. Ya tendríamos que estar en otro nivel, ya tendríamos que haber superado esta pantalla y, sin embargo volver a la anterior nos parece un logro. Preocupante.

Mientras, en este escenario seguimos enfrascados en dos obsesiones: el acontecimiento, que resuelve la cultura únicamente en acciones, en productos, y las estrategias, ese envoltorio atractivo en forma de planes y directrices que en demasiadas ocasiones ocultan frivolidades. Y lo hacemos así porque, a pesar de todo, todavía miramos con las mismas gafas. Caminamos en una circularidad sin fin y la cultura se convierte en una pieza más de una sociedad fallida. Por eso me preocupa también que, después de tanto tiempo, esa búsqueda de la comunidad, de lo común, de la ciudadanía… no sea sino el resultado de otra fase más de la estandarización de los discursos, de los procesos, del pensamiento oficial, de las formas más que de los fondos.

Porque, en cualquier caso la cultura ha estado demasiado tiempo dentro de la administración y siempre ha marcado lo que es Cultura, así, con mayúsculas. Sin embargo la cultura no es, nunca ha sido Administración y con ello nunca ha sido ni es algo administrativo ni administrable. ¿Se va a asumir ahora desde esta nueva perspectiva social? No creo. Como decía hace ya tiempo (también coseché recelos) la única aproximación que podemos tener hacia ella es desde la incertidumbre, algo que convierte en inútiles cualquiera de esos planes directores y múltiples catálogos de indicadores que hemos confeccionado para asegurarnos de que lo que decíamos era lo correcto (la observación inducida). La cultura en la administración pública local se ha asfixiado con estas y otras obsesiones. Y cualquier municipio se ha convertido en un centro de producción y distribución que debia competir para alcanzar capitalidades y centralidadas varias, para alcanzar esa marca que tanto ha preocupado. Como digo: la sensación agridulce de intuir un nuevo horizonte pero sin escuchar nada nuevo, nada que no debiésemos haber abandonado. Que generemos un nuevo catálogo de ofertas, algo meramente instrumental. Que tranquilicemos las conciencias. Que se obvie la cultura simulando cultura.¿Hay que diferenciar entonces la cultura productiva de la no productiva?

En todo caso asistimos a un momento de aparente reconexión entre la cultura oficial y la real. Pero repensar los conceptos, las ideas, las estructuras… no pasa por volver la vista a un ideal de dinámicas comunitarias que nunca debieron ser abandonadas, ni de suavizar los empujones del capital poniendo la etiqueta “social” a cualquier discurso. Si se trata de modificar hay que romper, construir y fortalecer, liberarla de la burocracia disciplinaria que la priva de frescura. Es necesario terminar con el dentro/fuera porque, entre otras cosas, en el próximo descuido nos vuelven a desplumar. Y porque no es cierto que la cultura esté en peligro, otro error de concepto, esta en todo caso en peligro alguno de sus productos y la forma de distribuirlos. Y todo porque que se ha querido convertir la cultura en una gran empresa de producción global asfixiando su ser ”no comercial” y jugando en una liga salvaje con unas normas que no entienden de humanidad. Más bien parece que quienes están muertas son las instituciones que dicen mantenerla. Porque, entre otras cosas, se han vuelto incapaces para comprender y conocer lo que ocurre fuera de ellas. Y ante esa incapacidad ha devenido la estandarización.

Se necesita descolonizar la cultura y hacerlo requiere abandonarse a esa cultura del “afuera”, a la que vive sin necesidad de lo que desde “dentro” opinemos. Y eso requiere olvidarse, entre otras cosas del término gestión. Rechazarlo porque nos pone “encima” no “dentro”. Porque nos reduce al mundo de la contabilidad. Porque nos coloca en el mundo de la alteridad mientras vemos todo desde un púlpito. Porque desde esta visión “gestora” se olvida la heterotopía y se considera la cultura como un recurso (¡cuánto daño!) que, cómo no, también y por lógica genera residuo. Sólo descolonizándola podremos colocarla donde le corresponde: en una posición política y existencial. Descolonizarla es descosificarla. Y desconolizarla es admitir que la cultura es algo más que la cultura gestionada. Existe un mundo infinito más allá del que nos presenta el mercado iluminado, el gestor iluminado, un mundo que no tiene dimensiones materiales.

Por eso la verdadera gestión de la cultura es aquella que la libera de la tutela de la gestión. Y quizá debamos abordar también una visión feminista. Que abandonemos la “gestión de la cultura”, un concepto mercantilista y con tics patriarcales, para abordar el “cuidado de la cultura”, como el conjunto de acciones que van a posibilitar su desarrollo cotidiano y sostenible. Algo, en todo caso que nos aleje de las lógicas de uso y consumo (¿de verdad creen que desde esta lógica genera esa sociedad crítica, cohesionada, estructurante… y todos esos blablaismos recurrentes y manidos?) para hablar de una lógica que abrace y mime lo que no cotiza en bolsa, lo que no aparece ni en las páginas salmón no en las de ocio y espectáculos.

Nunca nos deberíamos haber comprometido con ningún tipo de poder. Como digo, sensación agridulce.

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