a por la cultura sin participación

La cultura en estos territorios, por sus especificidades sociales, políticas e históricas en general, ha tenido una mala relación con el pensamiento, una relación difícil. Por una parte, la intelectualidad ha dado los bandazos propios de una vida entre dictaduras y monarquías rancias (pero no olvidemos las identidades). Por otra, y quizá resultado de lo anterior, la ciudadanía ha considerado todo lo relacionado con la cultura como algo impropio (o algo con lo que diferenciarse y resaltar supuestas grandezas). Podemos convenir que, dentro de ese imaginario rudimentario, la cultura ha oscilado entre los paternalismos asistenciales, los dogmas de fe y los refuerzos identitarios. Resultado: un estado de la cultura comunitaria y de construcción crítica sin demasiada trascendencia. (Quizá, la única pulsión transformadora en este sentido se dió, y de forma más bien breve, en la época del inmediato postfranquimo, aquello que dimos en llamar animación socio-cultural).

Así, con el descubrimiento de un neocapitalismo para pobres, la forma de relacionarnos con la cultura ha sido desde mantras acríticos: las hipocresías del desarrollo urbano, los espejismos del empleo, los múltiples atractivos del turismo y la etnografía redentora… Toda una ingeniería para que la centralidad de la cultura se especializara en zurzir argumentos y adaptarlos a los discursos economicistas de esa modernidad alcanzada. Los pilares para construir este discurso: un complejo de inferioridad sobrevenido de esa inmadurez endémica que la mantiene vulnerable, dos, la ambición desmedida de los sectores mercantiles, tres, un aparato político sometido a la retórica del decorado y, cuatro, un cuerpo técnico connivente y sin voluntad transgresora. Podríamos decir que la cultura se ha vuelto hostil contra la propia sociedad al convertirla en una multitud de consumo superficial. La ciudadanía ha respondido a esa hostilidad y se ha alejado. (Si es cuestión de consumo, cada quien consume lo que más le apetece dentro de sus posibilidades y prioridades).

En paralelo a esta desposesión se ha construido el discurso recurrente de la cultura como fuente de todos los prodigios. Pero ¿qué cultura? Los libros son cultura. ¿Todos? En principio sí, todos. Porque así esta catalogado y normalizado. Como el cine, la música, el teatro… Pero ¿toda la literatura, el cine, el teatro, la música… pueden formar parte de ese mito que nos salva y nos lanza a una sociedad más justa, feliz, cohesionada, desarrollada y rica? Pues miren, no. Determinados productos catalogados bajo el epígrafe culturales son bien tóxicos (y más desde  su industrialización). Pero, perdonen por la duda, tampoco sé si alguien que consume picasos, wagneres, cervanteses… es alguien culto porque sí y ya. Tampoco veo la correspondencia directa. Quizá porque no sé muy bien qué es ser culto según estos cánones contemporáneos.

En este contexto, suponer una “cultura especulativa” dentro de las administraciones públicas es una extraordinaria quimera. ¿Una cultura que se haga preguntas? Lo máximo a lo que se aspira es a completar un buen listado de indicadores, algo que parece también dotado de cualidades milagrosas. Lo malo es que esos indicadores más bien han podido actuar como verdaderos inductores y modelar desde su influencia un patrón determinado para hacer y entender la cultura (sesgo de confirmación). Los indicadores han sido la trampa de una cultura extractiva. No podemos pues extrañarnos de que la cultura que sale de lo público, de que esa cultura programada y distribuida tenga las características que tiene. A través de esta interpretación de excelencias, riquezas y contabilidades se ha conseguido un efecto totalizador y unificador bastante perverso. Hasta las diversidades se unifican y se usan como argumento de venta, como nicho de mercado y como excusa para la explotación de comunidades.

Quizá, de esta cultura del producto y del objeto (la cultura programada) deberíamos migrar a aquella cultura de la situación, postgestora, aquella que busca la provocación y la complejidad. Una especie de “cultura sin participación” que busca la autonomía y la libertad intelectual de la persona, que se retira del decorado de las cifras. Una cultura incómoda para las rentabilidades. Esa “cultura fuera de la cultura” que no coincide con la asistencia.

Hemos asegurado la mediocridad de la cultura por haberla imaginado rentable, gestionalbe.

Administración >> Gestión >> Inducción

Actividad >> Acción >> Situación

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los límites de la cultura

En este positivismo contemporáneo la experiencia del pensamiento no computa demasiado. Todo remite a los objetos como referencia, a los hechos: la tiranía del acontecimiento como la única medida para dignificar y documentar. La coartada para la cultura parece haberse anclado en el argumento consumo y en la riqueza que genera. Sin embargo su sentido no se reduce ni al mundo del acontecimiento, ni al de la ocupación de espacios, ni al empleo que crea, las tres grandes referencias, los tres grandes símbolos que la justifican. En esa cultura del reparto hay ausencia de valores y significaciones. Me parece mentira que se siga, desde determinados círculos, defendiendo esta perspectiva centrada en el sentido capitalista de consumo, en la compra de fuerzas de trabajo y en la rentabilización mercantil… Y me parece mentira porque de sobra está comprobado cuál es el resultado de este enfoque.

Decía en otro post que hoy los límites de la cultura son los límites de su gestión, de esta gestión. Y lo es porque todo lo que no cabe en ella queda fuera, es invisible, como si no existiera… porque se continúa reforzando una oficialidad, una narrativa empeñada en modelos, digamos, contaminados. La gestión, tal y como la conocemos, es algo que pone límites: los límites del capital, de los posibles, de las narrativas, de las tendencias, de la lógica neoliberal… Quizá, por no parecer excesivo (soy consciente de que los últimos post publicados así están pareciendo) deberíamos reformular el concepto gestión además de su significado y su presencia en las instituciones públicas. Aunque lo primordial sería comprender que, uno, a golpe de espectáculo no se regenera esa sociedad crítica que tanto se invoca; dos, que es perverso que al consumo de cultura (por supuesto y como a cualquier otro producto) se le supongan efectos mágicos, automáticos y milagrosos (una sociedad estructurada, cohesionada, feliz, comprometida)… y, tres, por acudir a otro de los grandes argumentos, que para aumentar las estadísticas de empleo tan solo hay que incorporar las nuevas esclavitudes.

Si hasta ahora la narrativa de la cultura se estaba construyendo sobre estos pilares, imaginando una sociedad feliz por su consumo, por el reparto de accesos y por el empleo creado, va a ser muy complicado señalar una cartografía que supere la taxonomía del producto. Pero ¿a quién sirve, de verdad, la cultura tal y como se está tratando? ¿A quién sirve la lógica de producto? ¿Por qué ese empeño? Hace bien poco, ésta misma semana, un tuit se lamentaba por la caída de usuarios a los museos diciendo: “no les interesa la cultura”. Ese es el nivel de análisis que se desprende de ese modelo de cultura de reparto, de cultura gestionada desde la lógica de la oferta y la demanda, en definitiva, de la cultura vista desde la lógica capitalista y del experto que distribuye. Sin duda es algo que alimenta y retoalimenta cualquier discurso sin encontrar una salida. Pero el capitalismo no da de comer a quien tiene hambre sino a quien tiene dinero. La cultura, sostenida por estas narrativas funciona del mismo modo. Pero hay cultura fuera de los museos. Y fuera de las librerías. Y fuera de los teatros. Y fuera de los conciertos. Y fuera de las salas de arte. Y fuera de los cines…

Por eso, desde esta perspectiva, es normal que lo social no entre en el mundo de la gestión (aunque ahora parece que vuelven las voces sociales a la cultura, ya veremos). Los cánones son de reparto. En todo caso, la instrumentalización de la cultura no puede de ningún modo alcanzar ese espacio intersubjetivo que de verdad genera un marco funcional para las sociedades.

vuelva la cultura a la cultura

La cultura, despojada de ese empeño por el desarrollo, de la terapia, del entretenimiento o del éxtasis se puede convertir en una “potencia de experimentación” como diría Marina Garcés de la filosofía. Evidentemente, desde esta perspectiva que abandona el producto, la producción y la oferta (la cultura como objeto de reparto), cambia el escenario, un escenario que se había condenado al dato, a la cifra, a la contabilidad. La cultura, así despojada, ya no es ese mundo de opuestos sino que constituye una aventura que altera las coordenadas del objeto, del recurso y hasta del derecho. Es así también que cambia la perspectiva: no se hace cultura sino que se habita cultura. Se abraza su carácter sustancial, elemental, y se libera de esa posición mediatizada por la gestión contable.

Vuelve la cultura a la cultura porque no es algo producido sino un hecho en si que sucede sin nuestro conocimiento, sin que seamos conscientes: Podríamos hablar de la fenomenología de la cultura, una cultura que no necesita ser empírica, que no se acoge al objeto ni a lo dado. Ni al dato de “lo hecho” como mecanismo de autojustificación. La cultura “sin contenidos” que no desaparece sino que multiplica su fuerza respecto al objeto que representaba. De este modo no tiene que reaccionar a la intermediación del producto sino que se manifiesta por la conexión de sus fundamentos.

Este planteamiento “postcontable” es el que huye de la cultura fingida, esa que busca la apariencia sin crítica, esa que alcanza unos resultados evidentes: el refuerzo de las estructuras occidentales capitalistas. Por ello, desde su “desanclaje”, la cultura encuentra la reconciliación con la realidad de los comunes y alcanza el verdadero mundo de las significaciones. La vertiente gestora se queda expuesta a un código de cifras sin demasiado sentido, a un empirismo vacío a un positivismo aritmético que distorsiona el fundamento y contabiliza sin sentimiento.

Y es desde esta óptica contable desde donde únicamente puede considerarse y argumentarse la crisis de la cultura. Un ejemplo lo tenemos en el reciente “informe sobre el estado de la cultura y las artes” del CoNCA donde, considerando y respetando el esfuerzo invertido, no aporta ningún dato sobre esa esencia necesaria, sobre el estado de la ciudadanía, sobre sus comportamientos relacionales, sobre su espíritu crítico, sobre su felicidad, sobre sus esperanzas…Si la cultura cura, ¿por qué no me dicen estos informes cómo está la salud de la ciudadanía, su esperanza de vida, su resistencia a las enfermedades…? Todo parece deducible de forma directa pero no es así. Con este sistema no sabemos qué le ocurre realmente a los individuos. Ni si lo que han consumido les ha sentado bien o mal.

La narrativa contemporánea y desarrollista de la cultura ha caducado, se ha ha vuelto incluso impertinente. Y quizá todos esos discursos de las últimas décadas no han hecho otra cosa que ocultar y desnaturalizar la cultura, codificarla para venderla. Por eso la reconfiguración de la cultura, en su concepto y en su abordaje, necesita liberarse de ese culto por el objeto y la medida (una forma de cultura sin pensamiento) para buscar una reconstrucción hacia su propio sentido, hacia la interpretación de un lugar personal, hacia una racionalidad que la conciba como una realidad de construcción común de las esencias de un humanismo universal. Buscar su espacio más allá de la gestión objetual. Trabajar su sentido más allá de las corrientes administrativas y contables.

La cultura es su transcendencia.

la cultura que habitamos

Puede que la cultura, tal y como se viene planteando e interpretando, sea más bien un mecanismo de discriminación, una herramienta que se empeña en establecer distinciones entre “dentro”y “fuera”, “con”y “sin”, “alta”y “popular”, “excelente”o “próxima”… Entre quienes participan de ella y entre quienes, aparentemente y siempre bajo criterios oficiales, se mantiene al margen, no participa, no quiere saber nada de cultura. La cultura, esta concepción de la cultura, “pone en un lugar” y siempre se enfrenta a “otro posible” que más bien ignora o descarta.

En este sentido de atadura a lo ofrecido, la cultura se ha convertido en ese “más allá” idílico al que acceden los elegidos. Algo que, además, proyecta la ilusión de saberse en posesión de una gracia especial tanto por participación como por ejecución: la ciudadanía que comulga con los ritos, los sacerdotes que los proveen y esa “clase creativa” dotada del don divino. Y, por supuesto, el saber esotérico de los expertos. Una iglesia que, como todas, tiene dificultades para relacionarse con un exterior bárbaro por dos razones: por no desear nada con unos infieles irrecuperables y condenados o por esa pulsión a convertir a las almas descarriadas y frágiles.

Sin embargo la cultura ni es una condena, ni un sacrificio, ni un Paraíso al que acceder. Solo con comprender que la cultura la habitamos, no que la consumimos, estaríamos en excelentes condiciones para plantearnos modos de abordarla más coherentes, más adecuados, más potentes, más oportunos.

Pero la cultura (así en abstracto) sigue tomándose como ese objeto sagrado que nos va a lanzar hacia la abundancia y nos va a proporcionar un desarrollo social y económico envidiable. La cultura como objeto de reparto. Hoy todavía estamos en este escenario. Un escenario de conformidad con el discurso que rige a las sociedades “desarrolladas” y a aquellas otras que, con nuestra ayuda y generosidad, se quieren “desarrollar”.

Como digo, un cambio rotundo en los sistemas de interpretación de la cultura sería bueno. Un cambio que nos hiciera descreer, apostatar de esa cultura de altar mayor y bursátil, y abrir caminos para la sospecha, para la duda, para cuestionarse modelos y procesos. Para abandonar esas trampas que nos limitan una visión amplia, un escenario múltiple, alterno, sin centralidades, sin sacerdotes. Una visión liberada de esas reglas, de esos dogmas.

Pero nos encontramos una y otra vez con un problema insalvable: los límites de la cultura, parafraseando a Wittgenstein, son los límites de su gestión. Y allá hemos caído. ¿Qué hay detrás, qué hay en el fondo de esa cultura local “gestionada”? Más allá del marketing de ciudad que la ha dominado hasta ahora, poco. Más allá de las actuales intenciones de retorno comunitario, ya veremos. Poco futuro también si usamos las mismas herramientas intelectuales y las mismas referencias y nociones de desarrollo.

La cultura, abundando en lo dicho, se ha gestionado bajo dos lógicas: la lógica de la salvación (¿vuelve con fuerza con esas nuevas intenciones de alcanzar la comunidad?) y la lógica del desarrollo. Como en toda moral abstracta, la fe ciega funciona como motor y como camino. Por ello sería necesario pasar de esa “moral” de la cultura como algo que nos sobreviene (sobre todo a la ciudadanía) a una “ética”de la cultura en la que se habita. Ni desarrollo, ni salvación, ni terapia. Desanclar a la cultura de esa actitud salvífica e incorporarla a la interpretación de lo cotidiano. El fin de la cultura administrada e industrializada. Puede que nos encontremos en un buen momento de desplazamiento. De enfocar con otras ópticas. Ya no sirve el discurso economicista. Y el de la Ilustración ha fracasado, no llega. Pero tampoco es demasiado creíble el discurso comunitario, rechina. Porque, a buen seguro, se va a abundar en errores de intervención y de observación: Se van a aplicar herramientas impropias, se van a medir resultados desde los mismos principios de rentabilidad que la han objetualizado.

Se necesita una mirada potgestora que no pretenda universalizar los procedimientos ante algo que, como el pensamiento requiere de tantos matices como individuos. Para todos por igual pero no igual para todos. La necesidad de una nueva forma de pensar y de enfrentarnos a la cultura que habitamos. La cultura no fingida.

la sensación agridulce del eterno retorno. descolonización y cuidados

La cultura no es útil o inútil, necesaria o accesoria, aglutinadora o disgregadora, fuente de desarrollo o de decadencia, de riqueza o de pobreza… posiblemente esto sea parte de esos discursos que mejor funcionan para controlar el análisis critico, para preparar convenientemente los mecanismos que conducen a una visión extractivista de la cultura (el mismo extractivismo que se ha practicado en la naturaleza). La cultura es. Y lo es en toda su extensión: la centralidad que articula la vida social, el artificio, la convención de valores, la ejecución de la voluntad relacional, o como dije en otro momento: gozo, ética, conocimiento y hábito. Por eso me resisto desde hace bastante tiempo a hablar de gestión cultural porque ya me suena a gestoría. En cualquier caso me voy resistiendo a encuadrar la cultura dentro de una profesión que “la gestiona”. Eso se me antoja más cerca del mercado y siempre veo conciliábulos comerciales (públicos o privados) en muchos de los abundantes eventos que siguen reuniendo a esta “ocupación”. Será porque todo ha sido absorbido por el discurso del capitalismo neoliberal y ha acercado el asunto de la cultura a los modelos más perversos del beneficio, a las prácticas políticas de una derecha idiotizante, a las de una izquierda meliflua y connivente, a las de una prensa dirigida y dirigista… Haber trabajado en un gobierno local dentro de este ámbito no me ayuda, lo confieso, y continuamente tengo deseos de huida: la deriva del pensamiento no acompaña a la realidad. Además siento y vengo observando que hoy se trabaja mucho más por la cultura desde otras áreas, servicios, negociados… Eso sí, podríamos decir que lo que se trabaja es una cultura “sin producto” (¡anatema!), algo que, me da la sensación, se ha abandonado desde hace mucho tiempo en sus espacios “de toda la vida”. Pero, en fin ¿era o no era esa la transversalidad que tanto reclamábamos? Al hilo: ¿no es gestión cultural la venta de enciclopedias? Pues eso, gestores culturales.

En este circulo y desde esta perspectiva productivista y utilitarista se ha ido engastando el concepto cultura con las estructuras de la administración pública, local y estatal. Ha salido lo que ha salido: algo forjado desde la connivencia y sumisión acrítica al discurso dominante, a la paranoia posibilista y a la falacia del PIB. Todo ello ha contribuido a la debilitación mayúscula de un vector que no ha sabido hacerse respetar usando sus propias herramientas, sus propios argumentos, sus propias cualidades, sus propias fortalezas. Que no ha sabido colocarse de forma sólida en la realidad social desde sus propios principios conceptuales. Un vector que ha sufrido grandes pérdidas en función de un cierto complejo de inferioridad que le ha llevado a subordinarse a los parámetros del mercado capitalista. Sencillamente: hemos jugado en un terreno que no es el nuestro. Triste.

Y ahora, así se desprende de dos de los grandes encuentros que se han celebrado últimamente, Interacció15 y el encuentro Cultura local y construcción de ciudadanía parece que la cultura se despierta social. Vaya. Que quiere volver sobre esos pasos que nunca debería haber dejado, recuperar esos caminos abandonados. Pero no tengo muy claro que la intención, desde los organismos oficiales, sea profunda o si, simplemente, todo se queda en ese castigo del juego de la oca que te manda a la casilla de salida. Retirarse a los cuarteles de invierno, a eso me suena todo esto, y ya saldremos cuando escampe. En todo caso me resultan agridulces los discursos/intenciones de los tiempos recientes. ¿Que es mejor escuchar esto? Desde luego. Pero no es eso. Deberíamos estar ya en otro estadio.

En todo caso, aun desde esta postura de recuperación de lo social, se siguen utilizando expresiones que, a mi modo de ver, enfocan mal la reflexión, que desorientan y que a mi, personalmente, claro, me llevan a pensar que nada cambia sino que se disimula. Términos y conceptos que, a pesar de formularse desde instituciones y personas con probada solvencia intelectual, creo que contribuyen a esa confusión, a esa inexactitud de partida. Tres, sólo tres de ellos a modo de ejemplo, podremos ampliar y profundizar en otro momento: 1.- la noción de “cuatro pilar de sostenibilidad”: si la cultura, por su condición de generadora de ideas, conceptos y comportamientos, modifica a los tres restantes, no puede considerarse como cuarto ya que está por encima: es el pilar. 2.- la idea de ciudadanía participante lleva a considerarla siempre como un “afuera” ya que, a la postre, las políticas culturales se cocinan “dentro”: la ciudadanía es la cultura como esencia. Y 3.- El “sector”, esa especie de amalgama en la que caben toda serie de propuestas, disciplinas y despropósitos para entretener con sus productos a una clientela receptora. Sólo estos tres puntos de vista nos impiden modificar el pensamiento y, por lo tanto, la dirección.

Y es que esa realidad comunitaria a la que se desea volver no existe como se pretende “desde dentro” y, para colmo, me temo que durante este tiempo perdido no se han renovado ni los conceptos, ni las fórmulas, ni los hábitos, ni las herramientas o , sencillamente, se ha obviado e incluso despreciado la sola existencia de una cultura desde lo social. La explicación es simple: todo el esfuerzo se ha dedicado al perfeccionamiento mercantil, a la excelencia, al abandono de lo común, a la exaltación de la competencia, a la maximización de la marca. Mucho se ha destruido bajo la artillería del desarrollo. El efecto invernadero de la cultura. Puede que este giro actual hacia lo abandonado, este déja vu, no sea sino un residuo político-mercantil para garantizar que la partida continúa, que sigue el juego. Para estandarizar espacios. La nueva doxa. Puede que no sea sino adaptar nuevos rankings de excelencia. Bienvenido sea todo pero tengo mis recelos. Técnicos, estructurales, ideológicos, de oportunidad social y de ajuste temporal. Ya tendríamos que estar en otro nivel, ya tendríamos que haber superado esta pantalla y, sin embargo volver a la anterior nos parece un logro. Preocupante.

Mientras, en este escenario seguimos enfrascados en dos obsesiones: el acontecimiento, que resuelve la cultura únicamente en acciones, en productos, y las estrategias, ese envoltorio atractivo en forma de planes y directrices que en demasiadas ocasiones ocultan frivolidades. Y lo hacemos así porque, a pesar de todo, todavía miramos con las mismas gafas. Caminamos en una circularidad sin fin y la cultura se convierte en una pieza más de una sociedad fallida. Por eso me preocupa también que, después de tanto tiempo, esa búsqueda de la comunidad, de lo común, de la ciudadanía… no sea sino el resultado de otra fase más de la estandarización de los discursos, de los procesos, del pensamiento oficial, de las formas más que de los fondos.

Porque, en cualquier caso la cultura ha estado demasiado tiempo dentro de la administración y siempre ha marcado lo que es Cultura, así, con mayúsculas. Sin embargo la cultura no es, nunca ha sido Administración y con ello nunca ha sido ni es algo administrativo ni administrable. ¿Se va a asumir ahora desde esta nueva perspectiva social? No creo. Como decía hace ya tiempo (también coseché recelos) la única aproximación que podemos tener hacia ella es desde la incertidumbre, algo que convierte en inútiles cualquiera de esos planes directores y múltiples catálogos de indicadores que hemos confeccionado para asegurarnos de que lo que decíamos era lo correcto (la observación inducida). La cultura en la administración pública local se ha asfixiado con estas y otras obsesiones. Y cualquier municipio se ha convertido en un centro de producción y distribución que debia competir para alcanzar capitalidades y centralidadas varias, para alcanzar esa marca que tanto ha preocupado. Como digo: la sensación agridulce de intuir un nuevo horizonte pero sin escuchar nada nuevo, nada que no debiésemos haber abandonado. Que generemos un nuevo catálogo de ofertas, algo meramente instrumental. Que tranquilicemos las conciencias. Que se obvie la cultura simulando cultura.¿Hay que diferenciar entonces la cultura productiva de la no productiva?

En todo caso asistimos a un momento de aparente reconexión entre la cultura oficial y la real. Pero repensar los conceptos, las ideas, las estructuras… no pasa por volver la vista a un ideal de dinámicas comunitarias que nunca debieron ser abandonadas, ni de suavizar los empujones del capital poniendo la etiqueta “social” a cualquier discurso. Si se trata de modificar hay que romper, construir y fortalecer, liberarla de la burocracia disciplinaria que la priva de frescura. Es necesario terminar con el dentro/fuera porque, entre otras cosas, en el próximo descuido nos vuelven a desplumar. Y porque no es cierto que la cultura esté en peligro, otro error de concepto, esta en todo caso en peligro alguno de sus productos y la forma de distribuirlos. Y todo porque que se ha querido convertir la cultura en una gran empresa de producción global asfixiando su ser ”no comercial” y jugando en una liga salvaje con unas normas que no entienden de humanidad. Más bien parece que quienes están muertas son las instituciones que dicen mantenerla. Porque, entre otras cosas, se han vuelto incapaces para comprender y conocer lo que ocurre fuera de ellas. Y ante esa incapacidad ha devenido la estandarización.

Se necesita descolonizar la cultura y hacerlo requiere abandonarse a esa cultura del “afuera”, a la que vive sin necesidad de lo que desde “dentro” opinemos. Y eso requiere olvidarse, entre otras cosas del término gestión. Rechazarlo porque nos pone “encima” no “dentro”. Porque nos reduce al mundo de la contabilidad. Porque nos coloca en el mundo de la alteridad mientras vemos todo desde un púlpito. Porque desde esta visión “gestora” se olvida la heterotopía y se considera la cultura como un recurso (¡cuánto daño!) que, cómo no, también y por lógica genera residuo. Sólo descolonizándola podremos colocarla donde le corresponde: en una posición política y existencial. Descolonizarla es descosificarla. Y desconolizarla es admitir que la cultura es algo más que la cultura gestionada. Existe un mundo infinito más allá del que nos presenta el mercado iluminado, el gestor iluminado, un mundo que no tiene dimensiones materiales.

Por eso la verdadera gestión de la cultura es aquella que la libera de la tutela de la gestión. Y quizá debamos abordar también una visión feminista. Que abandonemos la “gestión de la cultura”, un concepto mercantilista y con tics patriarcales, para abordar el “cuidado de la cultura”, como el conjunto de acciones que van a posibilitar su desarrollo cotidiano y sostenible. Algo, en todo caso que nos aleje de las lógicas de uso y consumo (¿de verdad creen que desde esta lógica genera esa sociedad crítica, cohesionada, estructurante… y todos esos blablaismos recurrentes y manidos?) para hablar de una lógica que abrace y mime lo que no cotiza en bolsa, lo que no aparece ni en las páginas salmón no en las de ocio y espectáculos.

Nunca nos deberíamos haber comprometido con ningún tipo de poder. Como digo, sensación agridulce.