gestión de la deriva

Aplicar el pensamiento nómada a la acción de los gobiernos locales en materia de cultura supone considerar que ésta no permanece ligada a un espacio, a un momento, a un interés, a un mercado, a una querencia personal… Supone comprender que todo ocurre en los espacios abiertos, en los márgenes, en el movimiento, en esa búsqueda que permite desplazarse por territorios mentales vadeables. La imagen de una cultura anclada en un territorio, en una identidad, en un dogma, en una ideología, es una aberración que llevamos demasiado tiempo alimentando. La cultura es la acumulación de emociones que se transforman en multitud de acciones, de actitudes, de sensibilidades que van dando forma a la sociedad que nos envuelve. La complejidad y la infinitud de esos factores nos separa de las rígidas evidencias que han guiado la gestión local de la cultura (que tampoco es lo mismo la gestión de la cultura local) y la han concentrado en solemnes planes y estrategias. Qué sentido tiene, desde esta necesidad ambulante, seguir esos documentos estratégicos que nunca salieron de los reducidos círculos que los crearon, que nunca, siquiera, entraron en las mentes de los responsables políticos que los encargaron. Tengo la sensación de que todos cumplieron dos características finales: el máximo boato y la máxima indiferencia.

No puede haber rigidez ante algo que fluye de un modo tan abierto y ésta quizá sea, haya sido, una de las razones por las que la comunidad se ha ido alejando de la acción cultural proactiva limitándose a recibir las ofertas. El campo de acción se ha visto limitado a la administración y a los profesionales: la autoridad y los expertos, los técnicos y los creadores. Una escena de la cultura que ha dificultado la aproximación de una ciudadanía a la que solo le quedó, le queda, la función consumidora.

No existe exploración del territorio, no existe descubierta cuando sólo se transita por el camino debido, cuando no se permiten incursiones fuera de los territorios compactos. De ahí mi duda sobre si la gestión cultural ha existido (o siquiera si es posible que exista) más allá de la distribución de los posibles. Al contrario, se trataría de fomentar ese espacio de descubierta, de exploración abierta, de acercamiento a modelos no privativos, de aplicar la yuxtaposición. De dignificar las intenciones (largamente menospreciadas en una sociedad del rendimiento) que, en definitiva, también son procesos. De darle importancia al viaje más que a su fotografía. Se trata de apartar esas prácticas que han estado dirigidas por el posibilismo político, la anuencia con la ortodoxia y la banalidad de la sociedad de mercado. La cultura y su mundo no comercial es infinitamente más rica que la que se refleja en esos programas políticos, en esos listados de intenciones. Hemos vivido en la simplificación de la cultura a partir de las cuentas de resultado y de las urnas, conclusión: La ciudadanía ha habitado en “la cultura de los otros”. La que no es suya. La que no construyen. La que reciben. La gestión dogmática de la cultura que choca continuamente con la realidad. En general, a quien maneja los hilos de las políticas anacrónicas, no le interesa saber qué ocurre fuera; y saberlo tampoco entra dentro del imaginario de quien gestiona las culturas fósiles.

Articular lo próximo / Incorporar lo distante / Provocar el contagio
Nexonomía / Proxicuidad / Viralidad

¿Algunos caminos? Construyendo estamos. Porque no es bueno tenerlo claro sino avivar alguna polémica. En todo caso se me antoja que la idea de un pensamiento “postgestionario” ha comenzado a fluir. Tan solo queda que podamos ir introduciendo estas nuevas sensibilidades en el cuerpo técnico de nuestras administraciones. Un desarrollo gradual en tiempos de ruptura.

  • La gestión de la deriva supone enmarcar los procesos y las inteligencias dentro de modelos adaptativos, abiertos, heterogéneos, contagiables… Y que alaben la gestión lenta, esa que permite gestar procesos y aclimatarlos, que den fruto antes de pasar a otra cosa, esa gestión que se aleja de la urgencia tecnopolítica.
  • Abordarla desde lo social para reparar, con paciencia, la frialdad que ha dejado la cultura de marca y de mercado, la cultura tecnócrata y experta, la cultura con poca alma, demasiado servil y connivente.
  • Superar el escaso tiempo de visibilidad y que tienen los productos culturales (al margen de los folclores varios) mediante la aplicación de modelos y formulas de gestión que legitimen la acción cultural que se ejerce fuera de las instituciones y de los espacios expertos.
  • Acercarse a lo imprevisto, a lo que no está en el manual o en el campo visual del cuerpo técnico.
  • Investigar nuevas energías que nos alejen de la contaminación del mercado y de las lógicas de la acumulación.
  • Permitir la exploración sin objetivos y, si me apuran, abandonar la programación.
  • Y si no es posible abandonarla, regularla, armonizarla con las ofertas empaquetadas.
  • Construir desde la proximidad.
  • Reconstruir un nuevo comunitarismo que entrañe una sociedad plataforma y permita una reapropiación ciudadana de la cultura.
  • Desarrollar modelos de investigación, formación y creación accesibles desde una lógica comunal-comunitaria para enriquecer las capacidades y los conocimientos.
  • Generar un banco colectivo de creaciones culturales desde donde se pueda intercambiar de forma autónoma y desligada de los procesos mercantiles.

Puede que lo tengamos que hacer desde una especie de políticas de resistencia, que tengamos que dignificar las lógicas de proceso frente a los modelos estáticos y continuistas, que tengamos que alejar clientelismos varios, que debamos alejarnos del “suministro cultural” y de una cierta servidumbre a esa autoridad que señalaba lo correcto. Un programa de construcción abierto.

De las lógicas de distribución a las de proceso.

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