la paradoja del músculo hueco

La cultura, como resultado o como proceso, es una máquina teórica con multitud de conjeturas. No sé si la labor de eso que hoy llamamos gestión cultural es enfrentarse a ellas, a esas afirmaciones y acciones de las que no dudamos y aplicamos y amplificamos como verdades aunque no podamos movernos más allá de la duda.

Lo cierto es que construimos los discursos a partir de esos principios que nos parecen correctos e inamovibles y que se han encuadrado, en su mayor parte, alrededor de argumentos lineales muy afines a la economía dominante y, en ocasiones, las más loables, desde conductas bien intencionadas, contemporizadoras. De ahí salen informes, declaraciones, compromisos, borradores, cartas … Junto con infinitas variables de modernidad como el derecho, la creatividad, la innovación, la gobernanza, el emprendimiento, la implementación… Y, cómo no, las inevitables estrategias y planes directores. Todo muy útil para “normalizar” la cultura como un elemento explotable que lo aguanta todo (hasta la despreciable tortura animal). Imagen de cambio. Pero nada de nada podemos cambiar si lo que hacemos es trabajar desde principios que se fundamentan sobre la lógica binaria tan tradicional: los que tienen y los que no tienen, lo masculino y lo femenino, lo público y lo privado, la ética y la política, lo culto y lo popular…

La cultura, seamos claros, es la construcción del imaginario colectivo, el mundo simbólico en el que nos movemos. Ahora miren ustedes a su alrededor y decidan quien construye la cultura, quien organiza ese imaginario. La cultura, lo he dicho ya en alguna ocasión, por desgracia, no está en las salas ni en las librerías, no está en los museos ni en los escenarios. Quien genera esa atmósfera hoy es la economía capitalista a través de sus herramientas básicas: la publicidad y el marketing (creando las necesidades y los roles – véase cómo trata a la mujer la publicidad) y los medios de comunicación generando masas acríticas (prensa) y orgullosas de su ignorancia (tv). Pero no olvidemos tampoco esa otra herramienta que acaba de adquirir: el Estado en todas sus magnitudes incluida la local. Este se ha convertido en un maravilloso amplificador de modelos y no solo a través de sus grandes eventos, festivales y expos varias (que eso, al final casi se quedaría en anécdota de consumo si no fuese por los despilfarros y corrupciones despreciables), sino a través de algo más suave:

  • uno, la ideología del emprendimiento cultural (en nuestro caso pero no solo) Su apoyo incondicional y bien argumentado que convierte a la persona en producto/mercancía y convence de que si no tienes trabajo es porque no vales y, además, de que si no trabajas en lo que te gusta es que eres imbécil;
  • dos, las regeneración urbana y la ciudad marca. Un extraordinario negocio que juega con las necesidades básicas (la promesa de puestos de trabajo) y el mito del desarrollo infinito. La cultura secuestrada y usada para amplificar enormes intereses privados. La cultura subordinada.

Y así la cultura se va incubando dentro de éstos gestos de normalidad social, de modelos que se transmiten y se reproducen desde esos púlpitos privilegiados e inmejorables. Por eso, la “enfermedad de la cultura” no tiene su raíz en la falta de consumo, ésto es, como mucho, un síntoma, una señal de la existencia de algo, de alguna patología que hay que tratar, Un indicio pero nunca la raíz. Pero la “racionalidad técnica” que parece dominar el mundo de la gestión de la cultura nos orienta hacia el control de este síntoma y punto: promover, propiciar y vigilar el consumo y la producción parecen ser las únicas obsesiones. Un consumo, por otra parte, inducido desde las excentricidades, manías y/o fijaciones de los responsables políticos o técnicos y, cómo no, según las tendencias que la industria promociona a través de expertos diversos. Nos encontramos atrapados en una “cultura disciplinaria” que se manifiesta en dos versiones: Consumo-espectáculo y comportamiento-símbolo. La cultura cerrada y encerrada en un entorno muy fácil de manejar. Sin sorpresas. Sobre lo conocido. Aunque, eso sí, un espacio adornado con discursos y gestos de progresía y modernidad, algo muy cercano a la ceremonia de la representación. No dudo, conozco de cerca ejemplos, que trabajan sinceramente por conseguir un “estado social de la cultura” pero seamos conscientes: nos movemos en un entorno demasiado contaminado.

De ahí lo del musculo hueco:  por causas técnicas y/o políticas, los organismos públicos de cultura actúan como una bomba aspirante e impelente que se limita a distribuir la sangre tal y como le llega. Un órgano mecánico que se acomoda los discursos oficiales sin espíritu crítico, sin acercarse a la cultura como bien común, como proceso, como espacio de relaciones, autogestionada, interdisciplinar, próxima… Distribuir sin oxigenar. La decepción es el obstáculo que, en demasiadas ocasiones, reside en las patologías del propio músculo y su difícil recuperación sin trasplante.

Pero la cultura es una misión común y colectiva que se construye en y desde espacios abiertos, espacios que no necesitan rentabilidad ni dogma. Una cultura que está concebida como lugar de tránsito. Por eso no creo en las estrategias, en esos catálogos que la cultura institucional toma más como una referencia empresarial que como brújulas para el servicio público. Si el ojo del observador determina lo observado, el criterio e intereses del estratega, determina el programa. Imaginen.

Y por eso, porque concibo la cultura como lugar de tránsito, prefiero los mapas abiertos y reivindico una aproximación flâneur. La política de cultura apartada del fetiche (el producto, el consumo, el evento, el emprendimiento…) y más cercana a lo transitable (los márgenes, el proceso, la sorpresa, lo cotidiano..) Una forma de cuestionar la realidad buscando el enlace entre sus mundos. La conectómica, el ensamblaje, la simbiótica. La cultura como una factoría de energía social renovable. Que no desea adoctrinar ni sentar cátedra. Que transmite experiencias emocionales. Que investiga desde la intuición y las coordenadas. Que vive lo fragmentario como riqueza. Que abraza lo cotidiano. La deriva.

cultura: entre el valor y el fetiche

La planificación (gestión) cultural de los últimos veinte años (vamos a redondear) ha evolucionado, de forma sutil, hacia la explotación de la cultura como una extensión del mercado. Se ha desmenuzado y se ha dividido en lotes (industrias culturales – economía de la cultura) para favorecer su producción, distribución y consumo, para respaldar un control muy bien argumentado desde narrativas técnicas y de método. A la par,  desde la construcción capitalista de imaginarios, se la dignifica con “argumentos pib” para auparla a la categoría que necesitan quienes quieren entrar en el juego de esa modernidad difusa que reniega de su pasado. El proceso hace mella, por supuesto, en las políticas culturales y aparecen, con su apoyo y fomento, los tres estados de la cultura contemporánea:

  1. Se organiza una “cultura extensiva” que busca abarcar el mayor mercado posible desde un modelo evidentemente industrial. Los grandes espacios, los grandes eventos como metáfora del modelo neoliberal y las ciudades “marca”.
  2. Se configura una “cultura de lo dado” en la que no participamos sino que adqurimos. Una inercia de civilización consumista en la que sólo pueden ofrecer los expertos.
  3. Se propicia una “cultura extractiva” en la que todos no pueden jugar porque no tienen fuerza, capital, posición o contactos suficientes como para competir en este entorno.

El clima: Un gran consenso alrededor de estos discursos que han homogeneizado hasta el límite todos los procesos y las formas de entender la cultura. Se ha conseguido consolidar una visión de ella en la que el estado y el capital se sienten muy cómodos: se han controlado las ansias de libertad que la socio-cultura planteaba. A la vez, se ha logrado que esté inevitablemente subordinada a las lógicas de la economía capitalista. Se ha alcanzado un entusiasmo unificador a través de lo que Ron Sakolsky  llama “aquiescencia mutua”, un lineamiento acrítico en torno a comportamientos, actitudes y discursos que, bajo una apariencia de rebeldía y progresía, no hacen sino asimilar y asegurar la continuidad del sistema que pretenden derribar. El papel institucional es importante y de ahí la implicación de muchos gobiernos locales en esta dimensión facilitadora.

En este escenario, es como si la cultura hubiese adquirido un carácter fetichista: no hay discurso que no la ponga en la primera línea para alcanzar ese desarrollo que tanto se desea. Un fetiche que resulta bastante atractivo para esa política liberal-progresista, representada por la socialdemocracia,  que tan a gusto se siente en un entorno tibio compartido con la derecha tradicional. Como diría Giorgio Agamben, un fascinante artificio que se utiliza, en realidad, para la expropiación de la idea de cultura de comunidad: al estar comprometidos con el pensamiento dominante, con su promoción, con su refuerzo, la operativa de una búsqueda alternativa desaparece.

Es como si todo hubiese girado en torno a una lógica cerrada, a una racionalidad que se sustenta sobre  mitos que no se cuestionan, que no se piensan, en definitiva una fantasía global que mantiene las condiciones  para esa paz tan necesaria. Pero estas afirmaciones desarrollistas y positivas tan claras y taxativas se hacen desde una tremenda simplificación y sin observar matices ni comprender la cultura como un sistema complejo de difícil atomización.

Y así vamos creando una sociedad que cada vez se sumerge más en modelos de relación que sólo circulan por ese espacio de valor de mercancía. Como Pasolini decía: quizá estemos consiguiendo una “mutación antropológica” desde la homogeneización tan absoluta de comportamientos y horizontes. ¿Dónde está la cultura en este escenario que nos viene sobrecargado y mediatizado? Quizá estemos asistiendo a la devaluación de la cultura en función de un “exceso de cultura”, de una sobrecarga que se somete a la necesidad rotación y circulación infinita del producto: la cultura como una herramienta “blanda” para hacer negocios.

Y cómo no, desde esta circunstancia, la cultura es algo que nos viene dado, algo que no construimos desde las relaciones sino desde las normativas del mercado. El éxito neoliberal ha sido vaciarla de su carácter social y político y dejarla en manos de los “expertos”, apartarla de la vida cotidiana y comunitaria, apartarla de lo ordinario y hacerla rentable, excepcional, ostentosa… Organizarla de modo que sea previsible y ordenada, utilitaria, calculada y planificada para que concuerde con los estándares de una sociedad bien delimitada. La cultura “se hace” en las fábricas autorizadas de cultura. Lo demás no lo es: “solo es cultura si lleva la certificación oportuna”. La cultura para “ser cultura” se encuentra sometida a la planificación centralizada, a la supervisión de los expertos y a la puesta en valor de mercado. La homogeneización es la consecuencia lógica tanto en cuanto a sus productos como a sus procesos. Por supuesto en cuanto a los discursos. ( Nota mental: Quizá el folclore cumpla con una curiosa necesidad de diferenciación que cuadra muy bien con la teoría de las identidades y con ello tenga un hueco más o menos cómodo. Las señas de identidad convertidas en un eslabón más de esa cadena productiva bajo vigilancia).

Por eso mismo a la cultura, a esa cultura que hoy se propone, sólo se acercan quienes reúnen alguna o las dos de las siguientes características: tener potencial económico suficiente para comprar el producto ofrecido, y dos, tener una pulsión y curiosidad “natural” por asomarse a otras ventanas. ¿Dónde está el resto? Me da la sensación de que estamos en un círculo cerrado en el que sólo tienen cabida ciertos elegidos y qué, como en esa economía neoliberal que dirige nuestros futuros, sólo se da de comer a quien ya tiene comida, aquí solo se da cultura a quien ya tiene cultura. En ambos casos la brecha de la desigualdad crece.

Pero la cultura que “habitamos” no sé si puede llamarse cultura desde el momento que ha abandonado los espacios utópicos y ha olvidado las razones que le llevaban a la interpretación, a la imaginación de otra vida, de otras posibles vidas. La dicotomía entre la “cultura ordenada” y la cultura como espacio espontáneo de creación, de gozo, de hábito y de conocimiento es algo que sólo puede superarse si nos liberamos de ese pensamiento único y uniformizador con el que nos construyen. Quizá pudiésemos delimitar tres grandes dolencias fruto de ese “pensamiento patrocinado”:

  1. Gran debilidad teórica en cuanto todos los análisis giran en torno a los modelos económicos y de mercado.
  2. Una estandarización extrema de programación fruto de las exigencias de ese mercado al que se somete.
  3. Un acatamiento por parte de su “cuerpo técnico” de la ortodoxia.

¿Dónde está el límite? ¿Hasta dónde puede llegar un modelo de cultura distribuida? ¿Dónde está el límite de una gestión de producto? Qué podemos cambiar cuando consideramos la cultura como algo externo, fuera de todo comportamiento que no sea el del consumo. Porque el horizonte de la cultura no se despeja únicamente desde los escenarios, las salas, los museos, las librerías, los cines… Ni desde unas barricadas que acaban convirtiéndose en otros espacios cerrados. Se requiere interpretarla desde su contexto ordinario, considerarla como algo propio, natural, intrínseco… no siempre e inevitablemente como algo externo que se nos da, que viene de fuera como una concesión, algo que otorga quien gobierna y quien sabe. Sería bueno alcanzar una “cultura cotidiana”, trabajar por emanciparnos de los “saberes expertos”, de esa cultura que lo sabe todo, que todo lo conoce, que todo lo resuelve, que todo lo vende… Cuestionar, en fin, este fetichismo de la cultura/mercado para imaginar otras salidas. Algo que la libere de la valoración capitalista (Robert Kurz y Anselm Jappe) y que la aborde desde el afecto, la relación, las emociones, los gozos… no mercantilizados. Un modelo menos instrumentalizado, menos mediatizado por la ideología del capital…

De lo que fuimos y de lo que queremos ser podría llamarse también todo esto. De lo que hemos hecho y de la oportunidad que se nos presenta, de la oportunidad que parece que hoy tenemos para modificar hábitos, para mirar la cultura desde una perspectiva menos instrumentalizada, liberada de ciertos secuestros… Pero para eso es necesario acercarnos desde la critica a esta realidad que hemos ido construyendo, de lo que los gobiernos locales han ido promoviendo como cultura. Entender que, quizá, todo este tiempo que hemos usado para hablar y reforzar estos discursos uniformes y lineales lo lo hemos perdido para analizar y plantear otras tendencias más acordes con una sociedad no mercantilizada. Un decálogo/resumen, para finalizar, remezclado e inspirado en el documento generado en el seminario  “perspectivas y oportunidades de la ciudad construida”

  1. La cultura es nuestra. No existe un futuro si no disfrutamos de ella en todos sus sentidos.
  2. La cultura necesita procesos flexibles y adaptables más allá de los reglados y los estructurados por la necesidad de rentabilidades varias
  3. Todo lo que hacemos, todos nuestros actos… construyen la cultura en la que nos movemos y la conforman como un caldo nutricio.
  4. La oferta de productos culturales y la sobreexplotación no genera necesariamente cultura.
  5. La cultura esta condicionada a su uso como elemento socializador. No es una imposición.
  6. La gestión multinivel, multicriterio, multidisciplinar… supone el aprovechamiento de recursos, la sostenibilidad y la expansión
  7. Las iniciativas espontáneas suponen una riqueza sociocultural que es necesario comprender para impulsarlas y multiplicar su valor.
  8. La mezcla y la remezcla potencian los atributos propios y funcionan como mecanismos de cohesión
  9. La realidad de la cultura colectiva y comunitaria señala caminos que que nos guían por mapas más humanos.
  10. Los mecanismos de decisión no se fundamentan en la autoridad sino en la canalización de las potencialidades.

Nota fin: en ocasiones me gustaría que la cultura fuese como un bar cutre.