gestionar o interferir

Nada se gobierna desde eso que llamamos cultura, desde eso que pàrece se entiende hoy por cultura. El gobierno pertenece a la economía. A ella le corresponde y se le encarga el formateo de las sociedades. Ella se ocupa de modificar las necesidades de las personas, de adaptar sus comportamientos, de procurarlos uniformes, de diseñarlos para cumplir con las exigencias de progreso infinito, de configurar los futuros, de garantizar obediencia, de generar subdesarrollo. También de definir y orientar las acciones sobre esos productos de la cultura que ayudan a estructurar esa personalidad social .

En este escenario economicista, que hemos asumido con verdadera entrega, nos hemos especializado en “gestionar la cultura”. La hemos tratado como un objeto más, como un recurso más, como un bien acumulable, almacenable. La hemos tratado desde la estrategia de la distribución, de la logística. Como si hubiese existido una especie de alucinación colectiva para abrazarnos a un modelo de sociedad único e incuestionable. Y esa gestión se ha convertido en una triste lucha por alcanzar una parte del mercado, el financiero y el político.

No hemos sido conscientes, o no hemos querido percatarnos, de que la cultura no puede considerarse como una extension de la vida, como un apósito, como algo que complementa nuestro día a día, sino que es la vida misma, lo que hacemos de ella y con ella. Por eso hablamos de gestionar, seguramente, porque cuando hablamos de cultura solo hablamos de esos espacios que tienen cabida en el mercado, en alguna de esas partes que ya hemos atomizado: el turismo, la gastronomía, el arte, el diseño… Puede que tomado así se pueda pensar que hemos confundido la estrategia. Que la gestión, lo que hemos llamado gestión, no ha sido sino una expropiación de la cultura al haberla troceado según los intereses políticos, técnicos y/o comerciales. Y así hemos convertido la “gestión de la cultura” en una especie de “ciencia del ocio” especializada en llenar los espacios que caen fuera de nuestra verdadera obligación: el trabajo. El trabajo y el ocio (la cultura según hoy se comprende) dependen del mismo paradigma de gobierno, del mismo programa retroalimentado de producción/consumo Solo se “obtiene” la cultura que se puede comprar y que se programa desde los centros especializados.

Lo peor es que, al parecer, hemos asumido que este es el modelo válido y único, lo hemos dado por definitivo y lo estamos consolidando y reforzando desde todos los púlpitos posibles.  Y si son universitarios, mejor. Todo gira en torno a la “optimización” de la maquinaria para que funcione tal y como se supone que debe funcionar. Parece que nos hayamos rendido y la cultura también se ha reducido a sus “empresas” aunque se opte por el apodo de social (al fin y al cabo juegan con las mismas reglas externas del mercado –producción, distribución, consumo- aunque internamente se organicen de modo más horizontal o compromentido, no sé si ganamos mucho). Es el credo que ha vencido y no contempla otros escenarios.  Pero no olvidemos que la única horquilla permitida va a ser la de la oferta y la demanda. Hacer de la cultura una necesidad y no un comportamiento nos lleva a incluirla en un catálogo de consumo en el que las sociedades de control se sienten muy cómodas. Se trata de generar dependencias. Y parece que ese es el fundamento de la gestión cultural actualmente: dotar de producto.

¿Se trata pues le gestionar o de interferir? Cualquier acción toma importancia no por su contenido sino por los efectos engendra. Una acumulación de actos inocuos no es suficiente, una hiperprogramación de actos atomizados no conduce sino a la magnificación de las cantidades como parametro de referencia. Esta es la fatalidad de la gestión: la sobreacumulación de oferta en función de unos indicadores de desarrollo obsesionados por modelos capitalistas.

Cambiemos la estrategia: trabajemos por considerar la cultura como un comportamiento, no como una necesidad (me atrevo a dedir incluso que ni como un derecho) . Intentemos, al menos, generar interferencias. Intentemos alterar, perturbar, introducir ondas que modifiquen este modelo social que nos sobreviene.

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dónde reside la cultura

Reforzar la revolución neoliberal y consolidar la decadencia de los derechos, no puede conseguirse sino apartándonos del pensamiento, de la filosofía, de la razón crítica… la ampliación hasta el infinito de esas/sus libertades desde el escenario de una política firmemente instrumentalizada. No existe otra forma para conseguirlo que centrarse en la economía, en una economía que funciona como un dios verdadero (cuánto daño hacen y han hecho los monoteísmos) y que sirve para canalizar el pensamiento único (solo hay una posibilidad y es ésta que presentamos), para amplificar el discurso del miedo (si no es así vamos a la ruina social y personal) y conducir las ilusiones (el triunfo reside en el sacrificio). Perfecto. Un soberbio estado de demencia en el que todo debe regirse por las cuentas de resultados. Conformar la política en función de rentabilidades.

La retórica neoliberal logra reproducir en casi cualquier medio aquello que le beneficia y lo hace desde camuflajes excepcionales, desde los espacios de modernidad. La complejidad de la vida queda reducida a los autos de fe como simplificación de los devenires y de los deseos individuales: el fundamento básico para la logística del poder. La legitimidad constituida como artefacto de dominación

Y, en este escenario ¿dónde reside la cultura? Hay veces que pienso que eso que denominamos Cultura no es sino lo que la postmodernidad nos regaló en formato discurso, en formato paraíso para el asalto urbano, para el chantaje, para el clientelismo local… para la normalización de dogmas (la Cultura como fuente de desarrollo económico, claro, pero ¿de qué modelo de economía hablamos?), para la normalización de excesos (la precariedad y la atomización de los empleos), para la normalización de alcaldadas (las ciudades y sus grandes eventos, sus capitalidades)…

Hoy la gestión de la Cultura, la Cultura misma, está en la fibra óptica y en la mercantil. Lo demás, eso que gestionan los gestores, no es sino un residuo colateral en forma de entretenimiento. La Cultura viene inoculada a través de la tecnología y el mercado. Y todos esos congresos, seminarios, asambleas, encuentros, másteres, posgrados… no tratan al final sino de determinar cómo nos repartimos ese espacio residual mientras, por encima, las verdaderas estructuras culturales, las del poder mediático y financiero, van maquetando la cultura según sus necesidades: van conformando sociedad a traves de sus franquicias políticas. Esa es la verdadera gestión cultural.

Y para llegar a esto la han desmembrado y descompuesto. Hace mucho tiempo que van trabajando sobre ello. Primero la alta y baja cultura. Ahora todas sus especialidades: el turismo, la moda, el diseño, las artes, la publicidad, la gastronomía… las industrias culturales, por supuesto, las economías creativas. Todo lo necesario, junto con el discurso del pib, para la inducción masiva. Ahora la cultura también se emprende y se organiza y formatea en torno a las necesidades del management más moderno. Se le han extirpado sus genes conflictivos, se le han reconfigurado sus constantes vitales: es sustituible como producto, acumulable, sacrificable, publicitable, almacenable…

¿Dónde están pues los centros de producción? ¿Dónde reside la Cultura, decía al principio? Las Instituciones Públicas han perdido la influencia real. Por mucho que se quieran reclamar los espacios de programación, lo que queda es la reproducción de formatos que se acomoden al mercado, a la línea de hiperreproducción capitalista, al refuerzo de la marca ciudad. Y por desgracia, por meritos propios o por mandato directo, muchos de los trabajadores de la cultura no son sino meros observadores para que todo funcione correctamente, de que toda la maquinaria cumpla. Son meros vigilantes de lo automatizado. Son como los equipos de mantenimiento de las grandes cadenas de montaje.

Porque en términos de valor, la cultura solo es aceptada y reconocida si circula como mercancía. Una gran ironía ¿no? No sé si la cultura ha sido vencida por la cultura, ya lo dije en otro lugar, pero sí que ha sido desmantelada desde dentro. Cuando se ha normalizado. Cuando se ha supeditado a los modelos tan cuestionables como los que configura la sociedad occidental. La jerarquía política y financiera sigue sabiendo lo que la ciudadanía necesita, lo que le conviene.

Pero la cultura es conducta, pensamiento, costumbre, deseo, o como dije en algún momento: conocimiento, gozo, hábito y ética. ¿Quién la conduce hoy? ¿Quién la gestiona? La manipulación consciente o inconsciente de estas y otras emociones es lo que construye un modelo de sociedad, un modelo de cultura, un modelo de sentimiento comunitario. Y eso, hoy por hoy, disculpen, está muy lejos de los escenarios, de las librerías, de los museos, de los cines…

¿De verdad creen que la Cultura reside en las instituciones? Quizá sería necesario experimentar desde fuera, regresar.