la cultura reglada/la cultura deprimida

¿Qué queda de la cultura cuando “deja de serlo”? ¿ Qué queda cuando se convierte en valor de cambio? ¿ Qué queda de ella cuando sólo se reproduce su funcionalidad mercantil? Quizá no queda sino el remedio de la sumisión. No es ella misma sino algo “en función de” en su sentido ontológico. Más, puede que esa misma razón de utilidad sea la que la hace viable a la vez que la paraliza. Quizá se podría hablar de una aculturación vía mercado. Algo que comenzó con un gran trastorno: considerarla como recurso. Algo que seguro tiene mucho que ver con la época del hiperreproductivismo neoliberal, las esencias del capitalismo inmortal. En mundo donde todo es producido y reproducido hasta el infinito, la cultura también ocupa un lugar en las estanterías. Pero solo aquella sin taras.

Por eso mismo parece que solo existe la cultura que navega por esos canales. Parece que todo se reduce a esos productos que admiten su matasellos. Como si todo fuese una exigencia de culturización reglada y su afuera consistiese en medianías y aficiones. Una especie de subordinación obligatoria que regula lo que debe y no debe ser. La mediación y la directriz siguen indicando lo correcto. En este escenario las manifestaciones culturales alternativas, las estructuras culturales independientes, no forma parte de esa balanza, no son “escaparate”. Puede que vivamos, si no en una cultura fallida, sí en un decorado de utilitarismo cultural para el aprovechamiento particular de un producto simbólico. La uniformidad de la cultura reglada. Pero, al fin, la cultura no puede confundirse con lo que se nos ofrece o con lo que encaja en los ámbitos formales, en esa mercantilidad articulada bajo criterios de instrucción.

Por ello la cultura que va quedando quizá se haya convertido en un asunto autorreferencial. En una especie de huida hacia adelante de esos restos de la cultura-recurso, de la cultura-producto, de la cultura-prescripción. Por eso estamos asistiendo no a la muerte de la cultura sino a la depresión de la cultura. A una cultura que se deprime por exceso de ego, porque ha sido y no es, porque ha perdido los laureles y el boato. Pero no nos engañemos, en realidad se deprime porque no ha tenido nunca otra referencia que ella misma.

Solo lo inservible para los aparatos de producción puede estar liberado. La excelencia no constituye sino un simple atributo coyuntural. Algo que niega la posibilidad de generación de matices, algo que no esta ya contenido “en lo dado” si nos fijamos en lo que nos dice Castoriadis. La excelencia se convierte en esencia inmutable  y lo hace a través de la cultura reglada. La que conviene. La que es necesario seguir para estar dentro. Un esencialismo que desde lo público se ha reforzado convenientemente, no lo olvidemos.

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