el eslabón estructural

La sociedad disciplinaria de Foucault no puede tener mayor presencia en este momento. No solo lo consigue a través de las clásicas estructuras: cárcel, hospital, fábricas y escuela, sino que amplía sus mecanismos y se ajusta a los nuevos modelos: la producción de mano de obra (el trabajador siempre ha sido una mercancía más) adquiere en el discurso del emprendimiento un nuevo y eficaz modelo de disciplina. Lógico ante la necesidad de ajustes continuos en esos procesos de control. Era necesario quitar el mono de operario y ofrecer un halo de magia y prosperidad. Conclusión: compactar el desarrollo individual frente a los modelos comunitaristas (hasta los modelos colaborativos está somentidos a las lógicas darwinistas dentro de la estructura del mercado capitalista). La figura del emprendedor elevada a la máxima potencia de heroicidad, sacrificio e impulsora del desarrollo de estas nuevas sociedades. Nadie antes había hecho nada similar, al parecer. Nunca antes hubo tecnología, creatividad, curiosidad… nunca antes hubo nadie que se arriesgó. Será porque no existía el término mágico. Al parecer. Pero antes de un “nunca antes” siempre ha habido otro “nunca antes”. Y eso lo olvidamos. El “nunca antes” de la revolución industrial fue la máquina de vapor. Y mucho antes hubo un “nunca antes” que lo hizo posible el arado. Y cualquier sociedad ha evolucionado desde el conocimiento y la innovación, pero ahora se llena la boca con semejantes tautologías. El argumento esta harto manoseado, ya no se sostiene ni cala, ya no puede mantenerse por mucho tiempo. Es la exaltación de lo obvio cuando parece que no hay nada detrás.

Por eso nuestro “nunca antes” parece retroactivo y está volviendo a modelos medievales: ahora los dueños del capital no necesitan relaciones contractuales, tan solo reciben los diezmos en formato deuda, acciones y plusvalías varias. Y cuando las relaciones contractuales son imprescindibles la ingeniería del capital  ha recuperado  las fuerzas perdidas y ha destruido cualquier posibilidad de defensa. El proletariado ha evolucionado en dos lineas: el precariado (marcado no solo por unas relaciones laborales amputadas, sino por la ampliación de los grupos sociales a los que afecta) y, su línea más icónica,  el “emprendariado”, al servicio de los mismos pero con ilusión de libertad (en realidad, todo es ilusión de libertad, eso sí). Pero no se olviden estos últimos: siguen si ser los dueños ni de los medios de producción ni del capital. Y a ambos les une, al menos, una característica más: a nadie podrán reclamar una mejora en las condiciones de vida. Sencillamente, el emprendedor es la mima mercancía. Y todo gira en torno a esas nuevas catequesis que van depositando la fe en nuevos miembros. Los viejos ejercicios espirituales en formato coaching.

El control (casi físico) que antes ejercía la fábrica, se extiende y se ejerce sin necesidad de mancharse. Nadie es un trabajador, nadie es un autónomo (por supuesto tampoco hay ya empresarios). El halo emprendedor quita impurezas. La sutileza del auto convencimiento. El discurso de la libertad. La obligación de permanecer todos sumidos en la disciplina y en la absorción total del tiempo. Nada que no sirva para la producción (eso que Byung-Chul Han denomina “la sociedad del rendimiento”), de cualquier modo, de todos los modos. La disciplina del capital sigue organizando las estructura por muy modernas que parezcan. Nada nuevo. Tampoco la sorpresa de que los modelos socialdemócratas amplifiquen este dogma (no olvidemos que el “contrato cero” es obra de esa especie de socialdemocracia postmoderna) como la quintaesencia de la innovación social. Desde los estamentos públicos se asumen las reglas y todo se envuelve con argumentos de impacto. Se amolda la ciudadanía a un patrón de restricciones, de renuncias. Los códigos de una economía que no admite matices.

El emprendimiento es la marca blanca del capital. Una de las tres obsesiones de los discursos retóricos. La innovación y la creatividad completan este triángulo que encierra todo análisis en la lógica de mercado y del mercado. Monetizar hasta el extremo y calcular, para dignificar parece ser, el impacto económico de cualquiera de las acciones que se acometen. Tremenda obsesión.

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