el ensayo institucional del emprendimiento

Este modelo de autoempleo postmoderno puede considerarse como una componente más de la dicotomía público/privado. En cierto sentido forma parte de la enfermedad del espacio: el espacio privado que aborda y se apropia del espacio público (terrazas, publicidad, tráfico…) a través de discursos y sistemas de inmersión lenta (Lefevbre) y siempre bajo las lógicas de una ciudad ofrecida al mercado . El lugar que ocupa el emprendimiento es ese que sustrae a otros modelos de vida y ocupación en función del concepto contemporáneo de libertad y desarrollo, el producto es la misma persona, el individuo como objeto de producción y consumo. Una fuente más de ese imaginario que pone lo individual por encima de lo común, un escalón más para la producción extrema desde cualquier ángulo de la vida. La máxima de la libertad es el individalismo. Muy paradójico que esa libertad exija y ensalce (a través del trabajo) la dedicación extrema, las veinticuatro horas de todos los días del año. Muy paradójico que sean las instituciones que velan por el interés ciudadano las que arropen y acojan el discurso y lo magnifiquen. Muy paradójico que los representantes de esas instituciones públicas sean los que se echen las manos a la cabeza si advierten el interés de una peligrosa mayoría por dedicarse “a lo público”. Muy sorprendente que inmediatamente se pongan manos a la obra para remediarlo y no para reforzarlo. Este espacio público del empleo estará pronto bien preparado para ser tomado por terrazas y chiringuitos que distribuirán la educación, la sanidad, el agua, arreglarán los jardines, compulsarán documentos, apagarán fuegos, regularán el tráfico…

El discurso del emprendimiento es lo que marca el tránsito, lo que te lleva de ser trabajador a formar parte de esa élite creativa, aventurera, valiente… una clase con superpoderes que no desea sino manejar sus propias riendas (todos necesitamos de vez en cuando algún narcótico para continuar, eso también es verdad). Desdelgitimizar el empleo y sobre todo el empleo público. Ensalzar el trabajo y sobre todo la renuncia. Puede sonar incoherente pero el hecho es que ambos son dos conceptos con sutiles diferencias, con matices que les hacen claramente distintos. Ya no se piensa en personas, ni en puestos, ni en categorías… no se piensa en condiciones sino que todo forma parte de una estructura holística mercantil.

Este modelo, este discurso no es neutro, ni mucho menos, sino que tiene enormes implicaciones sociales, conductuales, tiene mucho que ver con formas de ver la vida y, por tanto, con la forma de construir sociedades. Quien piense que el emprendimiento es un espacio de emancipación, que es algo que esta fuera de los procesos de control, esta totalmente equivocado. No ha comprendido ni el modelo ni, mucho menos, el objetivo. Todo forma parte de la estrategia del control. El emprendimiento frena el conflicto permanente entre clases creando una ilusión de unidad que no es sino algo impuesto. El empleo (como mecanismo de socialización) y el emprendimiento (como modelo de individualización) son cuestiones antagónicas, algo cargado de gran significado y generador de contextos de diferenciación.

La supresión de estas categorías laborales nos lleva a otra sutil apreciación. El fracaso por goteo no es alarmante. Lo es (todavía) el despido masivo, la regulación masiva… la tragedia del emprendedor tampoco es social con lo que no computa en la indignación ni en la solidaridad. El cimiento ético del entorno laboral se anula por completo. No existe el riesgo de una alerta sobre el altísimo porcentaje de “fracasos” y de ruinas en el entorno emprendedor. No vende. El emprendedor no sólo es la mercancía, es una herramienta útil.

Y quizá otra gran sutileza, estrategia de estas nuevas sociedades: el empleo, como todo en las futuras sociedades hipercapitalistas, solo lo tendrá quien pueda pagárselo.

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el eslabón estructural

La sociedad disciplinaria de Foucault no puede tener mayor presencia en este momento. No solo lo consigue a través de las clásicas estructuras: cárcel, hospital, fábricas y escuela, sino que amplía sus mecanismos y se ajusta a los nuevos modelos: la producción de mano de obra (el trabajador siempre ha sido una mercancía más) adquiere en el discurso del emprendimiento un nuevo y eficaz modelo de disciplina. Lógico ante la necesidad de ajustes continuos en esos procesos de control. Era necesario quitar el mono de operario y ofrecer un halo de magia y prosperidad. Conclusión: compactar el desarrollo individual frente a los modelos comunitaristas (hasta los modelos colaborativos está somentidos a las lógicas darwinistas dentro de la estructura del mercado capitalista). La figura del emprendedor elevada a la máxima potencia de heroicidad, sacrificio e impulsora del desarrollo de estas nuevas sociedades. Nadie antes había hecho nada similar, al parecer. Nunca antes hubo tecnología, creatividad, curiosidad… nunca antes hubo nadie que se arriesgó. Será porque no existía el término mágico. Al parecer. Pero antes de un “nunca antes” siempre ha habido otro “nunca antes”. Y eso lo olvidamos. El “nunca antes” de la revolución industrial fue la máquina de vapor. Y mucho antes hubo un “nunca antes” que lo hizo posible el arado. Y cualquier sociedad ha evolucionado desde el conocimiento y la innovación, pero ahora se llena la boca con semejantes tautologías. El argumento esta harto manoseado, ya no se sostiene ni cala, ya no puede mantenerse por mucho tiempo. Es la exaltación de lo obvio cuando parece que no hay nada detrás.

Por eso nuestro “nunca antes” parece retroactivo y está volviendo a modelos medievales: ahora los dueños del capital no necesitan relaciones contractuales, tan solo reciben los diezmos en formato deuda, acciones y plusvalías varias. Y cuando las relaciones contractuales son imprescindibles la ingeniería del capital  ha recuperado  las fuerzas perdidas y ha destruido cualquier posibilidad de defensa. El proletariado ha evolucionado en dos lineas: el precariado (marcado no solo por unas relaciones laborales amputadas, sino por la ampliación de los grupos sociales a los que afecta) y, su línea más icónica,  el “emprendariado”, al servicio de los mismos pero con ilusión de libertad (en realidad, todo es ilusión de libertad, eso sí). Pero no se olviden estos últimos: siguen si ser los dueños ni de los medios de producción ni del capital. Y a ambos les une, al menos, una característica más: a nadie podrán reclamar una mejora en las condiciones de vida. Sencillamente, el emprendedor es la mima mercancía. Y todo gira en torno a esas nuevas catequesis que van depositando la fe en nuevos miembros. Los viejos ejercicios espirituales en formato coaching.

El control (casi físico) que antes ejercía la fábrica, se extiende y se ejerce sin necesidad de mancharse. Nadie es un trabajador, nadie es un autónomo (por supuesto tampoco hay ya empresarios). El halo emprendedor quita impurezas. La sutileza del auto convencimiento. El discurso de la libertad. La obligación de permanecer todos sumidos en la disciplina y en la absorción total del tiempo. Nada que no sirva para la producción (eso que Byung-Chul Han denomina “la sociedad del rendimiento”), de cualquier modo, de todos los modos. La disciplina del capital sigue organizando las estructura por muy modernas que parezcan. Nada nuevo. Tampoco la sorpresa de que los modelos socialdemócratas amplifiquen este dogma (no olvidemos que el “contrato cero” es obra de esa especie de socialdemocracia postmoderna) como la quintaesencia de la innovación social. Desde los estamentos públicos se asumen las reglas y todo se envuelve con argumentos de impacto. Se amolda la ciudadanía a un patrón de restricciones, de renuncias. Los códigos de una economía que no admite matices.

El emprendimiento es la marca blanca del capital. Una de las tres obsesiones de los discursos retóricos. La innovación y la creatividad completan este triángulo que encierra todo análisis en la lógica de mercado y del mercado. Monetizar hasta el extremo y calcular, para dignificar parece ser, el impacto económico de cualquiera de las acciones que se acometen. Tremenda obsesión.