imaginarios de contragestión

Si todavía creen ustedes que vamos asalir de esta, no sigan leyendo. Tampoco sé por qué deben avanzar en la lectura si creen que no vamos a salir pero que podremos sobrellevarlo si nos adaptamos a “lo que hay” o, como colmo de fantasía, que podremos recuperar algo de lo que hubo intentando retomar viejos caminos (hay discursos que parecen agradecer a esta gran estafa la posibilidad que nos da para reinventarnos). En realidad no sé ni si se debe leer algo si no se está dispuesto a abandonar.

Después de todo parece que vamos a seguir buscando el cómo dentro de los modelos que ya conocemos, dentro del más de lo mismo, de una especie de remiendos con las fórmulas que no han funcionado, algo así como disfrazar los errores a ver si así algo se arregla. Una rueda sin fin. Todo tremendamente conservador. Todo tremendamente conocido y trillado, repetido, eterno, incansable, estéril… Quizá fruto de una mezcla de incapacidades, miedos, egocentrismos, servidumbres, desconocimiento… Quizá por ese apropiacionismo institucional, quizá por ese dejacionismo ciudadano. Quizá por un enfrentamiento absurdo en un mundo que de ningún modo es excluyente. Sorprende observar cómo desde ambos ámbitos, el institucional y el ciudadano (vamos a decirlo así) el frentismo se afana por subestimar al otro. Sorprende la actitud con la que la institución pretende administrar (sí, digo administrar en todo su sentido) la cultura, y sorprende la actitud, desde la bandera de lo común (qué paradoja), con que bombardean cualquier iniciativa que provenga de lo público. Quizá ambos pretendan la propiedad de la cultura, otra gran paradoja. Ensimismados y atrincherados, esa parece ser la tónica. Quizá se confunde lo público con lo común. Quizá lo público no haya sido sino una privatización de lo común. Quizá el asociacionismo haya derivado también la misma necesidad apropiadora. Quizá el gen propietario haya evolucionado en demasiados entornos.

Por eso no sé si quiero escuchar más. Porque no salimos de ese bucle. Porque cualquier modelo de gestión no hace sino colocar a la cultura en alguno de los dos papeles: de consumo o producción. ¿Qué es si no el discurso de la economía creativa, del emprendimiento cultural? Una lógica de mercantilización infinita. O de elitismo prepotente (“Una ciudad sin museo no tiene verdadero prestigio” dice hoy mismo De Montebello). Cualquier modelo de gestión en esta linea se plantea como un objetivo. Cualquier tipo de gestión (llámenla como quieran, incluso la comunitaria si me apuran) debe distribuir carteles, llenar folletos, saturar actividades, salir en los papeles… no soporta la penumbra. Se abandona el proceso. Se abandona la atmósfera. Se suprimen los espacios de socialización, los territorios emocionales. Las capacidades de transformación.

Caminar de la estética a la ética. Y avanzar en una deriva experimental que abandone las estadísticas. Que circule de la acción a la situación. Un código abierto verdaderamente transformable que no juegue a la hipertrofia extractiva y que confluya en prácticas de transformación. Una acción que vaya más allá de la política facilitadora, eso que parece ser se inventa ahora al calor de la necesidad de confluencia. O, en cualquier caso, no se trata de facilitar la producción para la redistribución, sino de provocar una construcción social que produzca comunidad, ese aspecto de la cultura que no se aborda porque no se monetiza. Porque se sale de la economía capitalista. Creo que ha hecho mucho daño el concepto de la cultura como recurso, disculpen, porque se ha abandonado el concepto de bien común. Y tampoco hablo de la cultura como derecho. ¿Tengo derecho a respirar?

No me importa nada ya la gestión de la cultura. Hace ya tiempo me preguntaba sobre la “gestión de los gestores”. Ahora ya no me importa porque cada vez tengo más claro que no sirve de nada si no existe una correspondencia directa con la mejora de las sociedades. Y no me importa porque no se reflexiona sobre los modos de fortalecer el pensamiento y la conciencia crítica sino de ofrecer una excusa más para sustituir una burbuja por otra. Porque no se trata de proporcionar canales para desarrollar el progreso ético de las sociedades sino de canalizar los discursos desarrollistas de la ciudad en la misma línea, y parece que única, que marca la lógica dominante. La que concibe a la ciudadanía como súbditos o consumidores. Y a la contra, autoridades o productores. Porque ese es el fondo de la economía creativa, no nos engañemos, el que fortalece el discurso a través de la impecable cantinela de motor de desarrollo. Ese es el fondo de la cultura. Y todo encaja, claro, en un modelo en el que la supervivencia diaria está en juego.

La gestión debe liberarse de la esclavitud de lo inmediato y abundar en la construcción de lenguajes, en la construcción de situaciones, como decía más arriba. La gestión patrocinada, y me da lo mismo por quién o quienes, no es compatible con la perspectiva que necesita la cultura. Siempre actúa detrás de una barrera, siempre concibe dueños y amos. Siempre intenta sustituir a unos por otros sin abordar un cambio profundo.

Los imaginarios de contragestión: de la acción a la situación. Los imaginarios tácticos: de la administración a la provocación.

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