manual para el pasado. no future? qué hemos hecho con la cultura.

A propósito de los veinte años de la publicación de “La gestión de sistemas en los servicios socioeducativos y culturales”

Esta reflexión nace del vértigo. Quizá podría ser eso, vértigo. Leer una obra que cumple veinte años. Empieza a ser una cifra. Leerla y descubrir los cambios. Los pasos…

No sé si hoy firmaría el texto. Posiblemente no todo. Hoy me rechinan alguna de sus tesis. Empezando por el título. Rimbombante quizá, intentado condensar todo el contenido en la portada. Un error de bulto, de principiante, diría hoy. Quizá también un pecado de soberbia, no sé. Pero entonces entrábamos en esa modernidad que intentaba tratar a los servicios públicos desde la “dignidad del mercado”. Todavía no se hablaba de los emprendedores con ese adoctrinamiento que parece indicar la única salida, ni de la marca como la salvación milagrosa de ciudades y personas, pero acercarnos a ese lenguaje nos parecía de lo más avanzado. En algunos lugares y momentos lo he dicho luego: nos hicimos modernos abandonándonos en brazos equivocados (¿leemos, hemos leído a los economistas adecuados?). Aún así algunos intentábamos, y eso es bien verdad, sacar el polvo a servicios municipales que agonizaban y darles ese cariz contemporáneo, activo, provocador, aprovechar la coyuntura que la nueva sociedad nos ofrecía.

También es cierto que a lo largo del texto se desprende un tono crítico y nada connivente con la obsesión mercantilista que ya comenzaba (lo decía Fernando Cembranos en el prólogo que aceptó redactar) pero hoy no citaría ni por asomo términos como cliente/destinatario para referirme a los ciudadanos aunque esa barra separadora intentara quitarle hierro. Consumidor, tal cual me inquieta. No sé, quizá hubo una cierta inocencia. O quizá fuese la energía que da la ilusión de un futuro abierto. Todo puede ser. Quizá por eso no me atrevería, aún así, a cambiar ni una sola palabra. Un ejercicio de aceptación. Quizá también de análisis. Quizá de catarsis.

En todo caso me queda el recelo de que hayamos sido partícipes, cómplices, responsables también de esta mercantilización de la sociedad (hoy leo en una viñeta de el roto las sociedades mercantiles tendrán derechos humanos y los seres humanos derechos mercantiles) que por el camino hayamos ido perdiendo la esencia que siempre nos debió acompañar. No sé si hemos abandonado la cultura sin pasar por la cultura. Una especie de anomalía que quizá proceda de esa prisa que tuvimos por incorporarnos a la civilización en un país (que nunca será tal porque se ha construido sobre falsos contratos, pero eso es otra cosa) en el que la ilustración entró, si lo hizo, de refilón.

Además parece que ha habido una tendencia a despeñarse por tres pronunicadas laderas y a gran velocidad, mayor pendiente y mayor velocidad a medida que nos vamos acercando al presente: 1.- la apropiación y secuestro de la política por parte de los grandes partidos (cuanto más grandes, mayor es la requisa) en un despotismo que prescinde del disimulo; 2.- como consecuencia, el progresivo alejamiento de la cultura de los asuntos políticos en una aproximación obsesiva al mercado y al entretenimiento; 3.- y con ello una desconfianza absoluta hacia cualquier planteamiento crítico o de intencionalidad reflexiva bajo la necia arrogancia del “menos pensar y más hacer” (¿eso que Byung-Chul Han denomina “la sociedad del rendimiento”?)

Quizá habría que añadir algún trastorno más, derivado de los anteriores: el empobrecimiento del ambiente erudito (muerte a los intelectuales) en una sociedad orientada hacia la humanidad como mecanismo de producción (animal laborans); la anulación de todo obstáculo teórico, especulativo o utópico (la infancia y juventud privilegiadas deben aprender a jugar en bolsa antes que filosofía; las desafortunadas no deben preocuparse por ninguna de las dos opciones); el progresivo abandono del compromiso en construcción social, aunque esto no sé muy bien si es consecuencia o antecedente. Y una grave, más si cabe, el creciente posmodernismo individualista (anulación de lo colectivo) sustentado sobre el consumo y la propiedad de infinitos gadgets.

Claro que sigue habiendo islas en las que se juntan especies raras. Aunque aquí me queda una tremenda duda. Siento que en el mundo de la cultura, esas mareas que refrescan y limpian, que remueven, se han centrado en aspectos más corporativistas y marcados por los asuntos del ivi que por las profundas transformaciones. No sé. Como ven, tampoco sé… no puedo dejar de pensar, no puede nadie apearme de la idea de que si no hubiésemos puesto todo en la balanza del consumo, del mercado, de los puestos de trabajo, hoy no tendríamos una mayoría absolutista como la que tenemos. En definitiva hemos caido en la trampa del discurso neoliberal, incluso lo hemos reforzado, hemos llenado imaginarios. Y eso es cultura.

En definitiva, sigo pensando que fuimos presa de una alucinación colectiva; que fuimos modificando el algoritmo para hacer creer que el libro es cultura, que lo es el teatro, el cine, la pintura o la música, así, sin más, sin matices. Que es cultura el folclore y que cultura es la fiesta y los farolillos. Y visitar edificios pintorescos y comer bien a la orilla del mar. Y ver correr a los toros, y marchar en procesión y arrastrar santos… O sea, asuntos cada vez más alejados de ese concepto que nos remitía al cultivo de la mente y de espíritus libres y colocando en el mismo saco artes, tradiciones, progreso, desarrollo y ganancias. Claro que todo lo que no es un logro natural es cultura…

Puede que solo a mi me parezca, y por ello esté absolutamente confundido, pero cuando la posmodernidad proclama la muerte de las ideologías, la inclinación consecuente tiende a encerrarlo todo dentro de un escenario posibilista y en torno al pensamiento dominante del que nos habla Touraine. La consecuencia coloca a la cultura como un objeto sin compromiso (sí, sé que los discursos la han ofrecido como la estructuradora de las sociedades y su valor central) ausente de otros méritos que no sean la generación de empleo, el patrimonio como experiencia a partir del turismo, el ocio, los espectáculos y últimamente las comunidades como discurso renovado en forma de culturas vivas. En todo caso, todo bien delimitado por un buen marco cínico.

Y ahí nos hemos quedado. Alimentando el espejismo hasta que de repente todo se rompe y ya no se venden esas vasijas sin fondo. Y todo se paraliza porque ya nada cuadra con el mercado infinito. Ya no nos preparan esos estupendos platos que nos alimentaban, esos estupendos manjares elaborados por expertos cocineros y servidos por eficientes meseros que nos libran de la incomodidad de pensar, de la posibilidad de que cada cual pueda elegir la mezcla o el orden, la combinación, las texturas… (Barthes, en su “El imperio de los signos” hace un precioso análisis sobre la comida japonesa que bien podríamos leer y aplicarlo a este mundo de la cultura). Todo nuestro alimento-cultura se ha servido a lo grande y con una secuencia y dosificación bien estructurada y calculada para una ingesta sin sobresaltos. Para que los destellos y la espectacularidad cumplan su papel. Para ello, en el camino se ha ido olvidando y despreciando lo pequeño, lo minúsculo, la armonía se ha ido perdiendo en ese infinito cúmulo de sabores sin son. En un consumo forzoso de grandes bocados que, a la postre, mal pueden ser digeridos, asimilados, aprovechados.

Y en esa superioridad de quien prepara y distribuye, esa autoridad que no cabe duda es fruto de nuestra metafísica occidental, aristotélica, cristiana, cartesiana y, sobre todo, monoteísta, todo lo que se produce desde la institución, desde el centro del poder, es obra del dios único, es la Verdad: lo que debe ser. Y así, como en la más pura “guerra cultural preventiva”, así como el Imperio quiere imponer la democracia a los bárbaros y siempre por su bien, quizá así acabó nuestro intento de democratizar la cultura: imponiendo modelos y muchas veces paranoias. No sé si nos hubiese ido mejor sin esos ministerios, secretarias, unidades, servicios, áreas… no sé.

Lo que si creo tener claro es que estamos en una especie de desajuste de los códigos. Por un lado la distancia que existe entre la realidad y los espejismos de la gloria. Por otro entre la sensibilidad creativa y la indolencia lucrativa. La cultura oficial acaba siendo la representación de una copia, un estereotipo inanimado. Ni siquiera se pretende la ilusión de una realidad sino la construcción de unos artificios que más bien buscan gloria superficial. Y alcanzamos una cultura intransitiva que no filtra sino que se canaliza en dirección única y sin retorno. Una especie de ejercicio del vacío sin vasos comunicantes. Un aparentar de esencia. Los envoltorios de la nada en forma de esos grandes eventos que han dilapidado las energías ciudadanas y han servido a más nobles intereses: adecentar riberas, esponjar barrios, limpiar zonas oscuras, acelerar el turismo, urbanizar terrenos, explotar el ladrillo… ¡poner a nuestras ciudades en el mapa! La lectura de los mercaderes. La práctica de las formas, la práctica del vacío.

La cultura parece que ha sido obligado sacramento, el bautismo a una nueva vida, ese adeudo con el dios único para codearnos con los más grandes. Mandamiento y fe. Eso sí, evitando la heterodoxia y la razón, evitando cuestionar modos y principios. Y todo a través de los sacerdotes.

Pero la cultura es también su contrario y eso, quizá, no lo hemos sabido comprender.

Nadie sabe el pasado que le espera.

Dice un proverbio cubano. Magistral. A mi me sucede que no sé si vivimos el presente de un pasado que no supimos construir, un presente que no podíamos esperar. La cultura ha jugado con dos modelos de futuro y, al parecer, en algún momento decidió abundar en uno de ellos. Por una parte el diseñado por y para el mercado, la feria, el zoco en su más amplio sentido. Por otra, el señalado por el compromiso, la humanidad, la proximidad… Tengo muchísimas dudas sobre si hemos hecho lo correcto pero a todos se nos ha ido en algún momento el pib por la boca. Muchos, muchísimos, demasiados, solo han tenido ese argumento.

Está bien claro que es un indicador productivista que nada tiene que ver con el bienestar individual o comunitario y menos todavía con el desarrollo de la cultura como tal. Algo sujeto a las tendencias financieristas de la sociedad y que arropa y aúpa un concepto de desarrollo absolutamente influenciado por el liberalismo y a costa de la dignidad de las personas. Existen claros ejemplos de sociedades con extremas desigualdades y pib’s excelentes. Existe, sobre todo, el papanatismo de extender consignas sin ningún tipo de crítica, doblegados ante un sistema que difunde afirmaciones que la mayoría toman como absolutamente sólidas solo por que suenan con la melodía que se ha encargado que suenen, solo porque ellos parecen muy listos y nosotros muy tontos. El capitalismo, sus consignas estrella y su necedad dineraria son las que han compuesto un discurso absolutamente perverso que ha hecho desaparecer otros argumentos relacionados realmente con el cultivo de las sensibilidades, con el crecimiento intelectual. El discurso impone y desde este negociado de la cultura se ha doblado la rodilla quién sabe si por parecer contemporáneos o por no perder algún tren. ¿El desmantelamiento de la cultura? En algún momento también he hablado de la transgenización. El pib también modifica los genes de la cultura. Solo es necesario cambiar el enfoque y configurar una nueva perspectiva para que el escenario se distorsione de modo absoluto. Enfocar la cultura a través del pib no hace sino desmejorarla. Lo demás son cantos de sirena mercantilista.

Esos dos modelos anteriores ni siquiera han colisionado (se sabe por la física que cualquier colisión genera contaminación), uno ha anulado al otro, lo ha relegado a “prácticas menores” porque, al parecer, lo contemporáneo, lo respetado y prestigioso, solo puede tener una lectura práctica, de resultados, de cifras, esas que nos iban a salvar sin esfuerzos. La inmortalidad, el liberalismo infinito. Por eso la cultura, como tal modelo de compromiso social, no importó. En alguna ocasión he hablado de la cultura zombi, aquella que iba alimentándose de cerebros pero nada de ellos transmutaba en quien los ingería. Esa cultura que después de muerta se resistía a desaparecer. Cultura obligada a vivir, a una mecánica sin voluntad propia, sin alma…

Porque la tiranía de lo cotidiano no nos dejaba tiempo para el futuro. Por eso fuimos construyendo todo sobre lenguajes que no eran los nuestros. Lenguajes que se presentaban como los únicos válidos para dignificar el trabajo, para consolidar la cultura en las sociedades emergentes, los lenguajes de una estrategia de mercantilización absoluta. Lenguajes que iban construyendo una cultura-ficción en la que, como en aquellas películas de los años cincuenta el attrezzo vestía el discurso, para reforzarlo, con trajes y aparatajes ridículos. Nosotros quisimos ver una sociedad culta, avanzada, y le pusimos los trajes del mercado. Siempre en la obsesión de ir más allá, la montamos en un tren de alta velocidad que no podía parar en estaciones intermedias, que no podía detenerse en poblaciones mínimas, que podía salirse de la vía señalada, que no podía perder el tiempo.

Y así se convirtió también en un cachivache posindustrial, en material fungible, algo que competía con otras tantas mercancías con fecha de caducidad. La energía se convirtió en coágulo y pareció obstruir no pocos vasos, no pocas venas, no pocas arterias, inutilizado no pocos corazones. Y ese trombo llegó también al cerebro, bloqueó no pocos protocolos de pensamiento: no era necesario pensar, todo discurría de manera tan natural y maravillosa, tan productiva, que mejor no estropearlo.  Se instaló una especie de “prevaricación cultural” que nos alejaba de cualquier relación con la ciudadanía. Lo que sobraba de la cultura era la cultura y así se actuó.

Me queda la triste sensación, por lo que a mi me toca, que todo se aceleró enormemente cuando la cultura fue normalizada por los gobiernos locales, cuando se la apropio el sistema y se le quitó todo el germen político, cuando se transgenizó para garantizar los resultados. Cuando la convertimos en un organismo genéticamente modificado que podía controlar el futuro de las ciudadanías. Quizá también aquí fuera apareciendo una desafortunada tensión entre lo cultural y lo político. Aparece la cultura unidimensional (Marcusse). Vinculada a unos marcos de pensamiento que no ven más allá del horizonte de un capitalismo neoliberal que todo lo absorbe, que todo lo transforma, que todo le vale.

Podríamos decir que éste modelo de cultura-mercado ha señalado el tiempo de una cultura totalitaria, algo que ha sido dogma y religión laica y, como ambas cuestiones, vacías de toda lógica y razón, sustentadas por la fe y el repudio a la disidencia, al discurso crítico. La cultura, a pesar de los múltiples y extraordinarios esfuerzos de algunas personas y organizaciones, es un objeto muerto dentro de las actuales políticas institucionales. Quizá el pasado viene por ello hacia nosostros. O como dice Rodrigo Fresán: el futuro ya no es lo que era.

La retrovisión

Reflexionar sobre el tránsito de la cultura hasta donde hoy se encuentra. Cuáles eran los sueños, cómo queríamos enfocarla, qué inconvenientes encontramos, qué fue de la animación sociocultural, de la educación de adultos, de los barrios… qué ha pasado con todos esos documentos generados, con todas esos planes directores, esos indicadores de gestión, toda esa literatura y todos esos congresos, esas cartas… dónde nos hemos columpiado si es que lo hemos hecho… dónde está la ciudadanía, qué piensa de todo esto, cómo ha quedado la estructura asociativa, los colectivos, las plataformas… y los profesionales, los ivas, la implicación más allá de las tarifas… hasta dónde hemos sido capaces de reducir y domesticar el discurso… si la hemos convertido simplemente en un negocio, en una industria más, porque capital e independencia no se llevan demasiado bien… o en vez de reducirla la hemos hipertrofiado… si la hemos ahogado en la economía… cómo han influido las tecnologías… si hemos hablado siempre y circularmente de lo mismo (reciéntemente, a un grupo de personas, bien metidas en asuntos de programación pero poco “leidas” de éstos asuntos y a solicitud de ellos para generar un grupo de trabajo, les pasé varios documentos de diferentes procedencias sobre políticas culturales; el comentario a mi preguna de si ya lo habían leído y reflexionado me dijeron: todos dicen lo mismo!)… si nos hemos contado todo a nosotros mismos en esas misas que nos montamos cada cierto tiempo…

No sé, tengo muchas dudas, no tengo claro que todo lo consumido nos haya hecho mejores. Ni que vayamos a ser peores si no devoramos todas las superventas en forma de libros, discos, películas… que parece que tanto nos ennoblecen. De hecho habrá que pensar, quizá lo primero, cómo hemos podido llegar hasta aquí si de verdad la cultura era tan beneficiosa y conformaba sociedades comprometidas, favorecía la participación ciudadana, la cohesión, la inclusión social… O todo era un espejismo. O será que quienes hemos trabajado en esto no nos hemos sabido explicar, o que hemos caído como pardillos en un discurso anecdótico, circular y apocado, o que se nos permitían esas travesuras infantiles porque habíamos perdido todo el peligro, porque habíamos desarmado a la cultura, porque la habíamos llevado al paraíso neoliberal del mercado, porque habíamos creado una cultura transgénica controlada y controlable… Porque la mercantilización de la cultura, o de eso que algunos llaman cultura, no puede generar nada que no esté directamente relacionado con la rentabilidad y el beneficio. Las paños calientes y nuestras anuencias refuerzan el capitalismo depredador. No sé por qué creíamos que la producción de consumos culturales iba a civilizar el capitalismo cuando en realidad estábamos jugando con sus reglas. ¿Inocencia?

Hará falta que quien piensa se dé cuenta. Y ya no digo quien manda porque eso sí que es clamar por lo imposible. Hará falta que se comprenda que no ha existido, porque igual es imposible, la gestión de la cultura sino de su mercado (o que si existe debe pasar inevitablemente por un tamiz social y político..) Pensar en qué nos hemos convertido después de consumir esa cultura que se nos ha vendido en lotes y bien empaquetada en formato “grandes eventos”. O en otros lotes ad hoc: la cultura del vino, la cultura empresarial, la cultura de las organizaciones, la cultura gastronómica, la cultura de la imagen, la cultura digital… incluso la cultura de la pobreza.

Y un poco más adelante (pero eso ya lo dejaremos para dentro de otros veinte…) habrá que ver, qué nos ha pasado y en qué nos hemos convertido desde que, por la crisis (qué perverso término), dicen, tuvimos que dejar de “consumir” cultura, habrá que ver si todavía nos queda algo de alma sin ese maná que las instituciones ya no nos van a lanzar desde su cielo protector, ese que ha controlado nuestras emociones.

Pero hará falta también que se comprenda que no todos los credos son válidos para construir ese mundo solidario y comprometido que parece deseamos desde la cultura y que incluso muchos de ellos están absolutamente en contra de esos derechos fundamentales que propugna la UNESCO. Y que estas visiones reaccionarias y carcas, si se quiere, también son cultura y eso es lo complicado. Y habrá que comprender también y por otra parte, si es que seguimos empeñados en el consumo de producto como principal fuente de cultura, que el mundo del esclavo que hemos creado impide la lectura o cualquier otro goce intelectual tranquilo y reposado, simplemente porque no queda tiempo ni fuerzas sino para asegurar lo básico y, si cabe, sentarse ante un televisor que distribuye felicidad narcótica. O simplemente también porque desde los poderes han conseguido que la escuela y sus sucesivas secuelas (qué bonito cambio de orden en esas dos primeras letras) sean lugares de adoctrinamiento para las sociedades productivas, lugares donde no caben las humanidades ni la filosofía, donde no cabe la sensibilidad, donde se reproducen los moldes de un patriarcado duro, de pelotón…

Quizá sea necesaria una cultura sin cultura, una cultura atea de si misma. Que no se piense desde los altares, ese universo de signos vacíos sin significante ni significado. Que reniegue de su fe en si misma, esa fe que le roba el aroma metafórico de la duda y la pone al servicio de una siniestra y ridícula espiritualidad engañosa. La de un dios anclado.

Porque no creo de ningún modo que el desmantelamiento de la cultura tenga del todo que ver con los problemas del mercado. Ni con los despreciables recortes, ni con el advenimiento de nuevos soportes. Ni tampoco con la estructura de recaudación. Ni siquiera con las nuevas formas de distribución y consumo de sus productos. No creo, digo, que tenga del todo que ver. La tragedia de la cultura tiene referencias en la sensibilidad que hemos abandonado, con el pisoteo de la dignidad humana.

Si la cultura acaba en puro mercadeo, y una vez desaparecido el eventeo, nosotros mismos habremos colaborado gracias a esos discursos desarrollistas que la han relacionado directamente con el progreso económico de las sociedades. Habremos colaborado nosotros mismos abandonando los argumentos que la relacionaban con las sensibilidades, la inteligencia, la felicidad… Habremos colaborado nosotros mismos entregándola a la desastrosa combinación mercado-estado cuando los dos son conniventes y abandonan a la ciudadanía. El reduccionismo ha sido quien ha acabado con la cultura. A partir de aquí, como la sanidad, la educación, el cuidado generacional, la comida y el techo, como todo lo que significa completar los derechos humanos, tendrá dos caminos: el del individualismo de quien tiene y puede, y el de la caridad mientras el estado se desentiende. Pero como es difícil que exista una caridad especial para la cultura se ha recompuesto el mecenazgo: aquello que sólo apoyará lo que tenga interés a corto plazo o hinche egos.

Es bueno saber de dónde se viene para saber a dónde se va, o simplemente para saber dónde se está. Porque siempre se habla de prospectiva y se suele hacer olvidando la retrospectiva. Catarsis del presente continuo y la imaginación de nuevos escenarios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s