los viajes circulares

Cualquier discusión nacionalista es imposible de abordar en condiciones creativas, generadoras, imaginativas… porque tanto desde una parte de la frontera como desde la otra, se plantea en términos que ya no sirven, fuera en absoluto de cualquier modelo de relación y pensamiento que concuerde con las realidades futuribles, con modelos de equilibrio humano, con necesidades de transición de pensamientos propietarios a estructuras de construcción común. Cualquier argumento de frontera perpetúa la división de clases propiciada por el capitalismo, refuerza el poder de la oligarquía, está lleno de prejuicios frentistas.

Sin novedades intelectuales que aborden el discurso del territorio se abunda en la maximalización de conceptos absolutamente derrotados, agotadores y agotados, bloqueadores… concebidos, ideados y sostenidos desde la idea de un régimen tradicionalista y sin matices, parapetado en discursos de modernidad construidos con mimbres viejos.Quizá, además de la evidente estrategia del poder para subir la fiebre de los pueblos, el discurso nacionalista, la óptica del nacionalismo, no sea sino la representación de una grave pereza intelectual.

Nada más útil para destruir el futuro sin llegar siquiera a construirlo. Precisamente porque se hace con bloques del pasado, de un pasado que transmitió el concepto de patria, nación y estado para contentar a unos pueblos abandonados por sus élites. Y tanta mella ha hecho que “servir hasta morir” es la quintaesencia de ser humano bien parido.

La imposible riqueza intelectual a la que conduce el principio del nacionalismo solo puede sujetarse desde la homogeneización más absoluta y es una mancha que se expande con una facilidad impresionante.

La decadencia. Volver a lo mismo indicando que se cambia, abogando por el progreso. Los viajes circulares de un pensamiento que no sabe ir más allá, que no sabe salir de las rotondas. Que se apoya en defectos y ambigüedades porque no quiere en realidad retirarse, que no desea remezclar porque en la remezcla está su desaparición. Cambiar para nada.

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¿es el emprendedor la mercancía?

No sé si cabe otra consideración a día de hoy y en un entorno marcado por la extrema expansión del neoliberalismo. Pero de ésto hay que hablar siempre con mucho cuidado. Juegas también con las sensibilidades de quien necesita autoemplearse, de quien no tiene otra salida. Nada que objetar, solo faltaría. Ya lo he dicho en alguna ocasión, haz lo que quieras, evidentemente, pero, por lo menos, sé consciente. Porque tú eres el producto.

En todo caso muchas preguntas, muchas dudas, muchas sospechas sobre esta nueva estrategia de disciplina. Sobre estas políticas de amplificación del discursos emprendedor, de la salvación. Algo que, estoy convencido, no surge de la necesidad de las personas de asegurarse el alimento, el vestido, el cobijo y, en los últimos tiempos, el ocio, sino que pivota sobre la práctica especulativa total y a la necesidad de disponer a los individuos en torno a una obsesión única. Se trata del desmantelamiento absoluto de cualquier mecanismo regulatorio que conserve las responsabilidades contractuales y las relaciones empleador-empleado. La preparación de un futuro. El individuo como artefacto, como herramienta: prescindible, sustituible, rechazable.

El discurso oficial para alcanzar una sociedad libre y desarrollada, feliz y completa, pasa por la necesidad de envolverla en torno al imaginario capitalista. Es decir, a la competencia radical y a un modelo socio-económico que se fundamenta sobre la privatización completa del sujeto y sus derivados. Como decía arriba, el ser humano como producto a la venta.

Como introducción rápida me basta, ya he comentado la desaparición del proletariado por ejemplo aquí. La pregunta que me asalta desde hace tiempo es: hasta dónde la oportunidad, conveniencia, pertinencia, coherencia… de que las administración local, más si cabe si parece ser de izquierda (aunque moderada) se preste a este juego, a la multiplicación del discurso. No lo tengo nada claro, nada. La linea entre apoyar a los ciudadanos para encontrar un empleo, formarse, desarrollar habilidades… y distribuir la lógica extrema del capital, es muy fina, muy débil. Porque el discurso del emprendimiento nace de una clarísima situación de desmantelamiento. Nace como una estrategia de máxima apropiación, de mercantilización de cualquier ámbito de la vida, de la persona. De la externalización de las responsabilidades, de la anulación de los compromisos. El emprendimiento es un objetivo ideológico claro, evidente, una doctrina que difícilmente cuadra con los deseos e ideales de justicia social. ¿Los gobiernos locales se han convertido en un engranaje disciplinario?

Lo que queda bien claro es que para evitar conflictos hay que modificar el imaginario. Los trabajadores deben convertirse en empresarios, los proletarios en propietarios. La óptica es diferente y la escenografía cambia, cambia por supuesto la trama, cambia la representación. Si el empleo ha sido siempre un arma patriarcal para el sometimiento y la conflictividad laboral un mecanismo para la conquista de derechos, el emprendimiento acaba con esa lógica colectiva.

Ese estado de bienestar progresivo desaparece con la cultura del emprendimiento. La responsabilidad es clara y tajantemente individual e intransferible. Nosotros mismos tenemos que solventar la propia salud inmediata y futura (véanse los alabados seguros privados), sobre la tranquilidad de la vejez (cómo no, los fondos privados de pensiones)… y el presente inmediato, por supuesto. El capitalismo continúa su colonización imparable. El paro y la pobreza cada vez están más asociados a la pereza. En la maravillosa utopía neoliberal el emprendimiento es la única realidad posible. El control perfecto por la vía 24×7.