la espiral del capitalismo

La cultura oficial es, mayoritariamente, aquella que se produce y rentabiliza desde los aparatos que controlan los mecanismos de producción y distribución: la cultura de mercado derivada a las políticas públicas. Nada nuevo: el modelo capitalista/neoliberal defendido y protegido por el Estado.

Protegida la cultura, también, a través de unos modelos de valoración sustentados 1) por el consumo, un consumo disfrazado de participación, y 2) por la riqueza que todo ello parece producir. En definitiva, un análisis y valoración de la cultura sustentados sobre criterios mercantiles.

No podemos ser ingenuos, por supuesto que la cultura no podía ser menos y librarse de las tendencias. Los Estados han sucumbido a las reformas neoliberales, al dogma que consolida el capitalismo más explotador y extractivo. Si hay desahucios de viviendas cómo no va a haberlos de cultura. La hipoteca social se extiende más allá del ladrillo.

El Estado de Bienestar cultural todavía es una conquista que no puede fundamentarse sobre modelos de distribución vertical. Porque la lógica del mercado no invita a la igualdad ni a una redistribución integrada, sino a la acumulación y al control. Abrazar la cultura desde esta lógica es someterla al poder. A lo que los dueños de las expendedoras les resulte rentable.

Con esto me voy a atrever a afirmar, disculpen si molesto, que el problema de la cultura no es su precio -y por tanto tampoco los impuestos añadidos a su consumo- sino haberla integrado en el modelo de explotación capitalista y no saber salir del dogma. Porque así, la cultura está sujeta, por una parte, a “empleadores” que quieran ofrecer trabajo y estos no tienen la intención de dulcificar condiciones, ya ven cómo evolucionan los contratos; por otra a la lógica de la explotación máxima. La cultura, siempre de consumo, aligera las responsabilidades ciudadanas de creación que nos lleva a un bucle sin fin: menos cultura-menos consumo cultural.

Por eso, el ataque no es contra el producto, en realidad es una victima más. El ataque va dirigido contra la esencia misma de las sociedades libres. El ataque tiene como objetivo el bloqueo del pensamiento crítico. Y la sumisión a la doctrina ha facilitado mucho este camino.

Todo es una espiral: menos trabajo, menos salarios, menos bienestar, menos cultura… consolidación de las sociedades sometidas.

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