la cultura amenazada por la cultura

Las condiciones culturales modifican la forma de enfrentarse a los hechos. Parece evidente, es evidente. Nuestra forma de entender, de enfocar, nuestras ideas, nuestro pasado, las convicciones… no hay nada que esté fuera de lo cultural, de la cultura. Y esto no tiene nada que ver con la expendeduría habitual. Ni con la retórica del motor de desarrollo. Ni siquiera con el discurso de los derechos. Con esa hipertrofia de la palabra que se extiende por cientos de congresos, jornadas y seminarios de forma circular y casi obsesiva, ritual. No cuestiono esas afirmaciones pero no veo demasiado correlato con lo cotidiano. Y digo que no veo porque la realidad no engaña y todo lleva a que lo dicho desde los púlpitos sobre la magia de la cultura parece ser, al final, algo más bien abstracto, una especulación a lo sumo. O mentira es el concepto de cultura desde el que parte ese discurso. Quizá es que esté muy cansado de debates recurrentes pero tengo la sensación de que si nos deshacemos de estas “verdades”, no saldremos nunca del agujero.

La idealización de la cultura desde los beneficios/rentabilidades, cualquier beneficio/rentabilidad, ha matado la necesidad. Ha terminado con la normalidad. El enfoque de partida no es el correcto. El estímulo público no es el correcto. El alimento intelectual no es el correcto. El realismo colectivo no existe y se termina hablando del IVA como una cortina de humo que tapa la verdadera naturaleza. Con un revestimiento que adorna la fealdad, la ausencia. Más bien pareciera que la prioridad de la cultura ha sido salvar su estructura gremial, su entramado oficial y su entorno de influencia. La cultura amenazada por la cultura.

¿De verdad que ha mejorado sensiblemente la cultura de nuestra sociedad? Al margen, evidentemente, de la evolución natural de la especie y de la instrucción instrumental adquirida, sólo faltaría. Al margen también del consumo -¿qué consumo y de qué producto?-. Por situarnos en una analogía: ¿no será que lo que se busca (lo que sufrimos a veces) es una especie de hipermedicalización por iniciativa de las farmacéuticas? Puede sonar excesivo para algunos, lo sé, pero ojo con las bujías para el dolor.

Porque las farmacéuticas no son las gestoras del dolor. Aunque ejerzan de ello y decidan inversiones e investigaciones. Y resulta que es más rentable luchar contra el envejecimiento de la piel que contra la malaria y la tuberculosis que parece que vuelven ante los nuevos escenarios económicos. ¿Por qué no está tan claro este análisis en el mundo de la cultura? La cultura oficial también rechaza los genéricos aunque obtengan los mismos resultados, también cuida y limpia la piel de las ciudades más que atacar sus dolencias, también recomienda productos que facilitan el tránsito no importa lo que hayas comido, también vende cajas enteras en lugar de suministrar dosis… ¿exagero? En absoluto. ¿Por qué parece, entonces, que nos desentendemos? ¿Por qué abandonarla en manos de nuestras farmacéuticas? El gestor cultural ha sido tomado en demasiadas ocasiones como ese visitador médico que informa sobre los nuevos fármacos y que, en ocasiones, transmite la recompensa de los laboratorios.

Si la industria construye la cultura, no me cansaré de repetirlo, la cultura se vuelve desechable. Y todos los discursos, hasta los mejor intencionados, acaban en la misma referencia: el consumo y la despensa. Y en esta lucha de mercancías, lo he dicho ya en algún otro momento, la excelencia mató a la esencia. Ese es el tributo al mercado. El mercado de una cultura de expertos que ha echado a un lado a todo aquello que no suene a profesional. Que ha construido un relato a partir de las exigencias de la industria y de los partidos dominantes (quizá otra industria, por cierto). Un tándem que ha facilitado el auge de gurúes y técnicos especializados que han determinado lo correcto.

La cultura se ha transmitido, querámoslo o no, desde la oficialidad y la disciplina. Desde quien sabe y posee. De este modo y desde este modelo se ha ido construyendo un público cada vez alejado de los procesos a medida que ha ido especializándose el negocio. A medida que se necesitaban números y resultados para apuntalar los discursos desarrollistas. Pero medir y valorar la cultura en términos de audiencias y porcentajes es una extraordinaria aberración. Medir el desarrollo de las ciudades en términos de visitas y divisas, una perversión peligrosa. Y la cultura así se llena de protocolos, de burocracias, de tecnocracias… bien apartada de sus cauces naturales. La distancia se agranda y se apartan esas culturas tímidas que nunca llegarán a un escenario, a una galería, a un auditorio… A pesar de que ellas sean el caldo de cultivo desde donde germina una sociedad integra.

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