el diseño social

Cualquier proceso de control se fundamenta sobre la necesidad de generar la opacidad suficiente como para encumbrar expertos que la puedan gestionar. La encriptación no solo tiene lugar en el mundo tecnológico sino que forma parte de cualquier organización o estructura de poder. Es evidente que el ámbito político, el que se ocupa de la gestión local también, es uno de ellos, necesita de calves ocultas y de procesos oscuros que impidan la entrada de conocimiento, que impidan alcanzar esos objetivos que persigue la élite multinivel (también aquí hay diferencias, algún idiot savant y mucho tonto útil).

La estructura de pensamiento, algo que siempre ha correspondido al ámbito de la educación, queda relegada y abandonada a las lógicas del mercado y de la iglesia (todavía, sí, así de triste) que mezclan el negocio y la rentabilidad con el formateo de los individuos para que puedan cumplir a la perfección con sus funciones de producto y maquinaria. Lo sobrante, si es que queda algo, puede quedárselo la cultura, una cultura oficial que, desde que se ha abandonado a la industria y al pib, se ha convertido en un contenedor de lugares comunes que repiten hasta la saciedad un mantra que reclama su necesidad, su importancia, la urgencia por empoderarla, la obligación por aflorarla, la maravilla de su difusión y democratización… Una gran colección de palabrería que queda en una nada fluorescente de productos, la mayoría de ellos, carentes en absoluto de una mínima profundidad, de la más mínima esencialidad para que la sociedad construya pensamiento. Y quizá todo lo contrario, un diseño cultural como refuerzo de esas sociedades anuentes e hiperocupadas, volcadas en la reproducción hasta el infinito de un consumo retroalimentado.

Por ello más bien parece que quien ejerce las tareas de diseño social son aquellos servicios públicos que distribuyen la vida ciudadana en función de un tiempo libre para el consumo. No perdamos por ello la misión que cumplen los servicios de urbanismo que fundamentan su labor en la promoción de urbanidades concentradas, vias para el transporte, grandes centros comerciales y, como no,  la expropiación del espacio público en forma de grandes terrazas.

Quizá sea necesario comenzar a trabajar, desde esos laboratorios que tanto proliferan, en una especie de investigación subversiva que busque una orientación alejada del refuerzo de los poderes y trabaje sobre la voluntad de un cambio y desconfiguración del sistema actual. Perseguir una deconstrucción social, local como principio, que sea el resultado de un proceso reflexivo, no impuesto, con una mínima dirección, compartido por los agentes sociales y los individuos comunes. Una forma de organización social que penetra y que se canaliza desde la acción colectiva. El elemento clave no es la infraestructura técnica sino la dinámica social que se establece alrededor de los procesos.

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