la ficción de libertad

 Puede que uno de los efectos más crueles de esta sociedad de mercado sea haber despojado al individuo de su categoría política, de haberlo reducido al estado de suculento producto-productor. Cómo no, de marca y de maquinaria. El asunto es muy sutil porque se internaliza de un modo en el que no hay discusión posible, el determinismo mercantil como la quintaesencia del progreso.

La enajenación del sistema político y la atomización del mercado de trabajo consigue desajustar la comunidad de un modo que no habíamos conocido en épocas precedentes. La paradoja de alcanzar una sociedad sin conexión en un mundo hiperconectado. Porque en realidad asistimos a un fetichismo de “lo propio” en el que la exaltación del autoempleo, las más de las veces obligado, es la punta de lanza de un modelo social desestructurado, va a ser la norma de contratación en la que uno mismo será el responsable absoluto de su devenir fuera de toda relación contractual posible. La tristeza es, como digo, que ésto se venda como el paradigma de libertad, y más triste si cabe que se asuma sin fisuras, y si cabe mucho más triste, que instancias políticas con aparente ideología de izquierdas sean las primeras en reforzar un discurso que acelera este capitalismo que nos descompone. Las relaciones personales desaparecen y se convierten en relaciones entre productos, no hay más.

Todos los asuntos humanos son mercancía: la sociedad del metamercado hace que las grandes transformaciones que se pretenden no sean otra cosa que nuevos modelos más experimentados y eficaces, de consolidar la esfera económica por encima de las estructuras sociales. Por eso las prácticas de mercado han pasado a ser el único regulador de personas y cosas.

Es evidente que nada ha sido automático, que las instituciones dominadas por una elite política connivente ha facilitado y acelerado el proceso, ha allanado el camino por el que el individuo ha ido perdiendo su posición social, su entidad política. Acuérdense de cuando de ciudadanos, en un alarde de modernidad y de progreso, pasamos a ser clientes. El circulo es completo y por el camino se pierden las esencias culturales, aquello que nos identifica como humanos y nos ancla. Pasamos de ser seres sociales a seres económicos.

El triunfo del totalitarismo capitalista se completa con los fundamentalismos nacionalistas. Otro de los grandes comodines del capital a través de la política. El individuo atomizado se encuentra sometido a las leyes del mercado y de la identidad. Un tablero verdaderamente perverso.

Nos dice Polanyi en La esencia del fascismo (1935): “estamos en un mundo de espectros en el que todo parece poseer vida, excepto los seres humanos”. La ficción de libertad. Una ficción de determinismo económico como la única prosperidad posible. Una ficción de determinismo identitario como la única afinidad posible.

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