el algoritmo de la cultura

Sigo pensando que fuimos cayendo de lleno en una alucinación colectiva, que fuimos modificando el algoritmo para hacer creer que el libro es cultura, que lo es el teatro, el cine, la pintura o la música. Que es cultura el folclore y que cultura es la fiesta y los farolillos. Así, sin más y en el mismo saco cualquier tipo de referencia a las supuestas artes y tradiciones. Y cierto es, claro, y bien lo vemos cuando vamos al diccionario de la RAE y leemos que cultura es el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” (Vaya!, dice “modos de vida y costumbres” igual nos hemos olvidado de esa parte…) Le podemos añadir también los asuntos tecnológicos y convenir que cultura es todo aquello que no produce la naturaleza y sí el ser humano. O también si intentamos descifrar las 164 definiciones de “cultura” que nos dejaron Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn en Cultura: Una reseña crítica de conceptos y definiciones. O si analizamos la evolución en sus diferentes tiempos y teorías. Puede que a mi me parezca, y a la vez esté absolutamente confundido, que cuando la posmodernidad proclama la muerte de las ideologías, la inclinación consecuente tiende a encerrarlo todo dentro de un escenario posibilista y en torno al pensamiento dominante del que nos ilustra Touraine. La consecuencia coloca a la cultura como un objeto sin compromiso (sí, sé que los discursos la han ofrecido como la estructuradora de las sociedades y su valor central) ausente de otros méritos que no sean la generación de empleo, el patrimonio como experiencia a partir del turismo, el ocio, los espectáculos y últimamente las comunidades como discurso renovado en forma de culturas vivas. En todo caso y sobre todo bien dotado de un cuadro cínico que la aparta de cualquier relación con la política (claro que esta también se ha devaluado hasta confundirse con el corporativismo de los partidos).

Y ahí nos hemos quedado. Alimentando el espejismo hasta que de repente todo se rompe y ya no se venden esos objetos sin fondo. Y todo se paraliza y nada tiene sentido fuera de esa corriente del mercado infinito.

Habrá que ver, un poco más adelante, qué nos ha pasado y en qué nos hemos convertido desde que tuvimos que dejar de “consumir” cultura, esa cultura que se nos vendía en lotes y bien empaquetada en formato “grandes eventos”. O en otros lotes ad hoc: la cultura del vino, la cultura empresarial, la cultura de las organizaciones, la cultura gastronómica, la cultura de la imagen, la cultura digital… incluso la cultura de la pobreza. Habrá que ver si todavía tenemos alma sin ese maná que las instituciones nos lanzaban desde el cielo y que controlaba nuestras emociones.

No sé, tengo muchas dudas, no tengo claro que todo lo consumido nos haya hecho mejores. Ni que vayamos a ser peores si no devoramos todas las superventas en forma de libros, discos, películas… que parece que tanto nos ennoblecen. De hecho habrá que pensar también, quizá lo primero, cómo hemos podido llegar hasta aquí si de verdad la cultura era tan beneficiosa y conformaba sociedades comprometidas, favorecía la participación ciudadana, la cohesión, la inclusión social… O todo era un espejismo. O será que quienes hemos trabajado en esto no nos hemos sabido explicar, o que hemos caído como pardillos en un discurso anecdótico, circular y apocado, o que se nos permitían esas travesuras infantiles porque habíamos perdido todo el peligro, porque habíamos desarmado a la cultura, porque la habíamos llevado al paraíso neoliberal del mercado, porque habíamos creado una cultura transgénica controlada y controlable…

Hará falta que quien piensa se de cuenta. Y ya no digo quien manda porque eso sí que es clamar por lo imposible. Hará falta que se comprenda que no ha existido, porque es imposible, la gestión de la cultura sino de su mercado. O que si existe debe pasar inevitablemente por un tamiz social y político. Pero hará falta también que se comprenda que no todos los credos son válidos para construir ese mundo solidario y comprometido que parece deseamos desde la cultura y que incluso muchos de ellos están absolutamente en contra de esos derechos fundamentales que propugna la UNESCO. Y que estas visiones reaccionarias y carcas, si se quiere, también son cultura y eso es lo complicado. Y habrá que comprender también y por otra parte, si es que seguimos empeñados en el consumo de producto como principal fuente de cultura, que el mundo del esclavo que hemos creado impide la lectura o cualquier otro goce intelectual tranquilo y reposado, simplemente porque no queda tiempo ni fuerzas sino para asegurar lo básico y, si cabe, sentarse ante un televisor que distribuye felicidad narcótica. O simplemente también porque desde los poderes han conseguido que la escuela y sus sucesivas secuelas (qué bonito cambio de orden en esas dos primeras letras) sean lugares de adoctrinamiento para las sociedades productivas, lugares donde no caben las humanidades ni la filosofía, donde no cabe la sensibilidad, donde se reproducen los moldes de un patriarcado duro…

Hará falta que dejemos de joder con la cultura. Deshacernos de tanto trasto inútil y de tanto sermón engañoso, circular y redundante, machacón, lleno en los últimos tiempos de lugares comunes y, sobre todo, absolutamente endogámico y endofágico.

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