de la progresía liberal y otros techos

Volveré a decirlo y volverán algunos de ustedes a abandonar la lectura: la centralidad del trabajo en los discursos contemporáneos es uno de los más fatídicos instrumentos de sometimiento intelectual. Incidir en la salvación desde lo que nos ha hundido no es ni siquiera torpe, es deplorable, siniestro. Querer remendar y poner paños calientes a un capitalismo cada vez más nocivo. Nada que objetar en cuanto a quien desde sus ideologías depredadoras difunde el discurso, sólo faltaría, para eso están, es lo que se espera, ni siquiera señal de alarma, es lo que deben hacer. Lo desastroso es la figura redentora del progresista liberal. Esa línea máxima que parece haber alcanzado la supuesta izquierda dominante de nuestro mundo contemporáneo. La que pretende reducir brechas en lugar de anularlas, la que se llena de compromiso luchando contra la pobreza cuando lo que hay que hacer es luchar contra la riqueza. Puede que esta figura de progresía liberal sea la más perjudicial de entre todas las que han ido apareciendo en las últimas décadas. Porque narcotiza y paraliza.

Su figura no oculta sino una conformidad perniciosa que hace que se pierdan de vista los verdaderos focos de la explotación. Claro, suaviza y tranquiliza muchas conciencias que se tenga un cierto enfoque de sensibilidad social demostrada en sus posturas ante el aborto, el matrimonio homosexual, la renta básica y unos cuantos blablaismos de manual para comprometidos.

El empleo ha sido el invento mas fatídico de la historia de la humanidad y ha sido necesario que se reforzaran otras instituciones ( la escuela y la universidad principalmente y ahora todas las difusoras municipales del emprendimiento) para lograr una dominación absoluta de voluntades. El empleo no es sino el mayor centralizador de la pobreza por falta o exceso, el que ha generado después de esas épocas en las que el poder nos regalo el espejismo de la desaparición de la clase trabajadora. No existen los emprendedores según la nomenclatura oficial, tan solo existen los empleadores por cuenta propia, empleadores que, aún en sus propias carnes, aplicarán con gusto (hablo de esa mayoría obediente) todos los principios de esclavitud que se pregonan bajo los titulares de competitividad, de creer en uno mismo, de buscar las oportunidades y toda esa mandanga hipnótica del sacrificio y demás decálogos fetiche (cuánto buenismo entre empalagoso y provocador).

Esta progresía liberal lo reduce todo a gestionar lo inevitable en función de un posibilismo político que no genera sino la confusión y la anulación de todas aquellas propuestas que luchan por la ruptura y la búsqueda de sistemas económicos diferentes. Es decir, cómo acomodarnos y asumir, cómo conformarnos con lo que ya existe, cómo leerlo como un mal menor. En definitiva cómo anular las luchas desde la apariencia de compromiso y modernidad civilizada. Cómo reconciliarse. En realidad, no se trata sino de una estrategia de ocultación, de contención del disenso a través de una gestión normalizada de las perversiones opresivas. Nadie tiene ya conciencia de clase social trabajadora: lo han conseguido. La hegemonía del argumento positivo.

Puede que hayamos alcanzado ese techo del compromiso social, ese techo de exigencia, dejando que brillen esos discursos de progresía liberal.

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