espacios de ganancia obtenida

La ciudad se ha convertido en un espacio disgregador, contradictorio, algo que oscila entre los grandes centros de ocio y consumo y los barrios deprimidos y marginales, los que se abandonan por desinterés de renta. En el primero de los casos un proyecto de deshumanización creciente en el que el ciudadano ni siquiera elije sino que es guiado por los pasillos de unas necesidades inoculadas, de unas realidades insalvables, de una socializción ficticia. Todo es un alarde de exhibicionismo premeditado y preparado para que los ciudadanos más “favorecidos” sientan la fantasía de pertenecer, sin necesidad de involucrarse ni emocional ni físicamente, a una comunidad que los iguala por la pulsión de consumo.  En el segundo caso, un abandono interesado en el que las mínimas atenciones ni siquiera llegan al hard.

Y la ciudad se instala en un territorio que no se corresponde con esa cartografia-espejismo a medida: El mapa deviene en una hipertrofia física que abandona la construcción intelectual y obliga a alejarse. Mientras, se lanzan retóricas que ellos no creen, se nos comunica con gran pompa que la ciudad ya no es un espacio acotado (hasta la afirmación resulta manoseada). Que hoy se entiende como un lugar para la inteligencia social y creadora (será que no cuentan con la mezquina visión de los caciques y sus siervos), que es un espacio para la emoción relacional y colectiva. Un lugar para  propiciar la autonomía generadora. Para la inclusión y el derecho. Pero todo ese discurso no se corresponde con los procesos estructurales que nos van presentando. Tampoco orgánicos. Tampoco imaginativos. Tampoco intelectuales. Mucho menos políticos. Al contrario, la ciudad está secuestrada, es una victima fácil para la maquinaria represora (subversión) y cautiva de las presiones del mercado (parálisis, negación), de ese mercado inhumano que trata a los individuos como material disponible (la tragedia de la ciudad mercado, de la ciudad mercancía).

Todo parece girar de forma circular y entrópica alrededor de dos órbitas: la teología del capitalismo y la anomalía de una política sacristana. El individuo, dentro de este círculo, se convierte en algo prescindible, de uso discrecional. Por una parte, del lado de la economía neoliberal y a causa de las reforma estructurales de última hornada, es una pieza sustituible, de fácil adquisición, barata (la precariedad le conduce a la esclavitud agradecida) y/o proclive la esclavitud por cuenta propia (las sirenas del emprendimiento). Por parte de la política, poco que añadir cuando existe una connivencia lacaya para que todo funcione según los cánones de los mercados. La consigna es la de mantener todo controlado entre los periodos de “la mayor fiesta de la democracia” (para mi sigue siendo la mayor canallada de una política de ficción extrema).

Ver negocio en cualquier espacio de la vida (y por tanto explotación humana o natural) y hacer de ello la esencia última de la sociedad y el desarrollo es la máxima de un pensamiento neoliberal que se extiende sin remedio. Por eso las ciudades son un caramelo tan preciado. Por eso no deja de haber institución pública que no amplifique, también desde la supuesta izquierda, ese dogma de progreso. La ciudad ha dejado de ser ese lugar de intercambio social y cultural para convertirse en un espacio de ganancia obtenida. Evidentemente todo esto es algo que estructura completamente un modo de vida, una personalidad social. Ciudadanos que dejan de serlo aunque consulten el mismo mapa, aunque comparten alguna parte del territorio, ciudadanos que han renunciado a la misma función que los define.

Ahora vivimos un pequeñísimo oasis empujados por esta desposesión que estamos sufriendo, parece que volvemos a las sensibilidad de lo comunitario, de lo racional, pero ¿no será por esta descompresión económica? Si volvemos alguna vez a ser “ricos” ¿perderemos de nuevo la sensibilidad, volveremos a la enajenación de la ciudad como espacio público?.

Epero que no aunque, la verdad, no soy demasiado optimista ante la vuelta a la función social de la ciudad. Todo indica que la productividad y la rentabilidad van a seguir marcando el camino y quienes tienen el mando van a seguir apostando por promover el crecimiento económico como referencia sin discusión. Solo lo “marginal” que sea potencialmente rentable y productivo tendrá cabida en las políticas locales. El desarrollo integrado de las condiciones estructurales, sociales y humanas está muy lejos de los dogmas neoliberales.

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