la tragedia de la ciudad mercado

Desde hace unas buenas décadas las ciudades se fueron convirtiendo en “territorio de construcción” y a la par, quizá al calor de la mercantilización general que nuestra sociedad iba incorporando, en “territorio de consumo expandido”, ese espacio de fantasía donde todo es posible y hacia el que se acercan fascinados desde las ruralidades o las provincias más faltas de estímulos modernos (a otras ciudades mas cool les visitan desde cualquier lugar del mundo). Aunque bien podríamos añadir otro fenómeno, si me permiten, algo más reciente pero con desastrosa carga: el “territorio marca”, donde el magma dominante es el que se desprende de los dogmas de crecimiento mercantil. Desde que las plazas se convirtieron en duras, desde que las periferias edificaron contenedores para familias, desde que se poligonizaron los extrarradios, la ciudad ha ido perdiendo su esencia humana. Y quienes en ella habitamos también, al parecer, hemos devenido en duros y figurantes.

Da la sensación de que la percepción de la realidad ciudadana (lo que los ciudadanos hemos optado por asumir y lo que los políticos han optado por acometer) se reduce a una visión de carácter exclusivamente economicista y de capital especulativo, haciendo rotar todo en torno a la repugnante idea de un econoteismo del que no se puede salir ni es posible cuestionar.

Seguro que es bien necesario verificar y establecer procesos para desmercantilizar a las ciudades y poner por delante los principios comunitarios de sostenibilidad cultural y social, de equidad, autonomía y bien común; establecer procesos que vayan más allá de la tutorización e intervención de las instituciones públicas tanto en cuanto estas siempre adquieren connivencia con el mercado y las estructuras privativas de explotación. No puedo perder de vista que el gobierno local (en realidad todo gobierno) tal y como está diseñado es una manipulación social consentida.

Quizá toque recuperarla, abandonar la ciudad como territorio de explotación y convertirla en territorio de relación, una ciudad relacional, una ciudad compartida. Sobre la base de una implicación y comunitarismo de gestión que controle el patrimonio social y cultural desde la acción política directa, que facilite y comparta el acceso, creación, producción, reproducción, distribución y conocimiento de bienes comunes, colectivos. ¿El milenio de los comunes? No sé, pero cuando la ciudadanía no ocupa la ciudad los poderes económicos y políticos se encargan de asaltar cualquier espacio físico, simbólico o de referencia.

El sentimiento comunitario como catalizador, como canal. El municipalismo comunitario y colaborativo fuera de esas estructuras anacrónicas que generan máquinas entrópicas con el único fin y resultado de su propia existencia. El comunitarismo como recurso no excluyente puesto al servicio de la comunidad, de los procesos participativos y regeneradores. La sensibilidad colectiva como producto no comercializable. En todo caso es bien necesario captar el metabolismo intrínseco de las ciudades para no forzar ni corromper su trascendencia como ser vivo. Superar el concepto de ciudadanía como bien de uso, la ciudadanía como stock y reducida a una categoría más de la economía capitalista.

Posiblemente la importancia de las ciudades, de vivir en las ciudades, devenga de experimentar y aplicar procesos de creación de contextos sociales, culturales y relacionales que diseñen la economía y no al revés. No me sirven las ciudades replicantes que arrastran la pereza intelectual de su ciudadanía y su gobierno.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s