soft libre y ciudad libre son analogía

La gestión municipal se ha enrocado en un sistema obsoleto, endogámico y excluyente que renuncia a la utopía como motor, que abraza el positivismo hard y financiero como única salida. Todo gira alrededor de lo grande y de las tendencias de titular, no hay investigación y aún menos riesgo, sólo faltaría, cuando quien manda no es el bien social sino el beneficio corporativo (vaya sorpresa que una de las denominaciones de los gobiernos locales sea “corporación municipal”). La ciudad se ha convertido en una estupenda cantera para esa estrategia neoliberal que la pone, junto con sus habitantes, al servicio de marcas varias, que los convierte en piezas de mercado, en figurantes de una especie de parque temático en el que sus movimientos sirven para dar mayor gloria a los intereses privados. (Les garantizo que conocer desde dentro, y desde hace muchos años, los entresijos de los poderes municipales, de las políticas locales, no deja demasiado espacio para la esperanza.) La gobernanza local es un circuito cerrado que se retroalimenta y se organiza desde unos consensos interesados que consolidan castas al margen del bien común y siempre subordinadas al dictado de los grandes capitales. Se ha afianzado una estructura de jerarquía sin capacidad real de influencia hacia arriba y con un desapego absoluto hacia abajo. La democracia liberal ha sabido cautivar y generar a su alrededor un estupendo espejismo de participación cuando en realidad no ha supuesto desde el principio sino el refuerzo de las oligarquías

Ante esta realidad es suicida delegar la construcción de la realidad en estos organismos, la construcción social hay que asumirla. Sencillamente porque todo se pierde entre las grietas de un sistema intoxicado y caduco, lleno de falsas voluntades de servicio público y de una mediocridad evidente. Pero no se confundan, no es incompetencia, precisamente esa mediocridad está muy cómoda en el sometimiento repugnante, en la interpretación insignificante de secundarios de lujo. No es incompetencia es un modelo deseado y perfectamente estructurado. Esa es la triste reacción de cualquier patología de grandeza: machacar a los de abajo y ponerse a los pies de los de arriba.

El valor-ciudadano se ha convertido en valor-mercancía con la que se trafica cada cuatro años. El valor de cambio que representa para un modelo de gestión pública que ha olvidado el interés social y lo ha anulado para preservar el de las diferentes oligarquías agrupadas en los dos grandes partidos y la banca. La ciudadanía como stock y reducida a una categoría de cambio dentro de la economía capitalista. La dogmática neoliberal propone una ciudad impersonal como lugar de consumo expandido, otros la fundamentan sobre un urbanismo de “territorios construidos”. En definitiva modelos de gestión que desatienden las relaciones humanas y dejan de lado el referente emocional como germen de una globalidad humana.

Quizá el reto del nuevo municipalismo sea delegar su supuesta competencia (tomemos el poder) y consolidar el conocimiento ciudadano como el bien común por excelencia, algo que debe preservarse de la apropiación privada. La riqueza no mercantil de las ciudades, algo que sobrepasa el carácter monetarista de las tendencias de los últimos decenios y de la lógica del capital neoliberal. Háganse cargo del hard, si acaso, y dejen a la ciudadanía la gestión del soft. Dos direcciones: la decisión de utilizar colectivamente el conocimiento ciudadano con fines comunitarios, y la de ir más allá de las tendencias de automatización mecánica de las ciudades desde los modelos smart city, ese nuevo mito que tantos beneficios va a generar para, una vez más, los intereses privados (por cierto, tan fatuo como aquel otro de ciudades creativas del que ahora, su mismo impulsor, Florida, reniega).

Cada día es más necesaria la acción directa enfocada desde y para los comunes, algo que sugiere que la inteligencia colectiva está por encima de las inteligencias individuales o corporativas, con el fin de generar proyectos y prototipos concretos. La reproducción de espacios autónomos que den la responsabilidad y el protagonismo a nuevas sensibilidades, a nuevos modos de entender la acción ciudadana. O los ciudadanos tienen el control del gobierno municipal o éste tiene el control sobre los ciudadanos. En definitiva: recuperar para la comunidad los espacios que tradicionalmente han sido de “hegemonía municipal” y hacerlo desde dentro como un método eficaz para acceder a un cambio sistémico: Una ciudad con su conocimiento en código abierto, un código abierto que destruye el monopolio de lo privativo.

Porque en realidad, y siguiendo con la analogía del soft libre, estamos ante un modelo de gobierno privativo, camuflado y escondido tras la ilusión de unas urnas que no hacen sino alternar en el poder a las oligarquías. El gobierno municipal privativo se enroca en el interior de un pleno en el que interpreta el teatro de la democracia. Nos dominan a través de un código en el que realmente no participamos, lo consumimos como si hubiésemos participado y sin embargo no podemos modificarlo, distribuirlo, compartirlo… porque las normas son dictadas. Y no es de extrañar que cada vez esas normas sean más duras e impidan cualquier tipo de disenso. En realidad toda acción de gobierno, local o estatal, europeo o mundial, no hace sino regular el camino correcto por el que debemos transitar para no molestar. Unos darán más campo, ensancharán algo las cunetas o ampliarán ciertos carriles pero la senda debe estar marcada para que no nos desmandemos.

Soft libre y ciudad libre son analogía. Debemos ser libres para participar en el desarrollo del código ciudadano. Todo está generado desde los códigos privativos de modo que la sociedad tan solo puede usar lo que se le ofrece, no puede modificar esa realidad sin que existan represalias. Deberíamos comprender que lo global es tan sólo una ficción sin lo hiperlocal. Que la referencia macro no puede construirse sin lo micro.

Los espacios de autonomía generados a través de la multiplicación del conocimiento y la generación de un código ciudadano libre nos permiten una política pública apropiable, una ciudad apropiable, un modelo de desarrollo apropiable. El conocimiento es el primer bien común que nos puede llevar a una sociedad, a una ciudad de los comunes.

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