reduccionismo canibal

No creo de ningún modo que el desmantelamiento de la cultura tenga del todo que ver con los “problemas” del mercado. Ni con los despreciables recortes, ni con el desmantelamiento de la inteligencia, ni con el pisoteo de la dignidad humana. Ni tampoco con la estructura de recaudación. Ni siquiera con las nuevas formas de distribución y consumo de los productos que algunos llaman cultura. No creo, digo, que tenga del todo que ver. La tragedia de la cultura tiene referencias que explican mejor el lugar a donde hemos llegado.

Primero diré que siempre he creído que eso que se llama gestión de la cultura, si es que puede llamarse así, consiste realmente en la gestión de la vida. En cómo nos alimentamos, vestimos, nos relacionamos, nos divertimos, pensamos, sufrimos… evidentemente algo que va mucho más allá de la gestión pura de productos culturales de consumo más o menos rápido, masivo, profundo, privativo… y que, por lo tanto, los gobiernos locales, su alcaldía, su presidencia, en primera instancia, son los verdaderos gestores de la cultura en su concepto más exacto. Ellos, salvo excepciones que ya terminaron, nunca lo entendieron.

Segundo, que sin entender esto, los gobiernos locales se han venido instalando en una especie de parafernalia sin fin que venia disfrazada por innumerables planes directores y estratégicos que, de analizarse y evaluarse correctamente, abochornarían, si vergüenza hubiera, a sus grandes mentores. Mientras, sus áreas o servicios de cultura han sido simples administradores de festejos y eventos varios. El desconocimiento refuerza la prepotencia. Díganme exagerado si así lo creen conveniente.

Tercero que estamos en la recuperación de la ideología que propugnó la “muerte a la inteligencia” y que el totalitarismo ha sido siempre alérgico a la felicidad y al pensamiento libre. La herencia del fascismo franquista acomodado por un capitalismo financiero que ya no necesita ni teme a ninguna clase social que no cotice en bolsa.

Cuarto, que la mercantilización de la cultura, o de eso que algunos llaman cultura, no puede generar nada que no esté directamente relacionado con la rentabilidad y el beneficio. Las paños calientes y nuestras anuencias refuerzan el capitalismo depredador. No sé por qué creíamos que la producción de consumos culturales iba a civilizar el capitalismo cuando en realidad estábamos jugando con sus reglas. ¿Inocencia?

A partir de aquí la cultura, como la sanidad, la educación, el cuidado generacional, la comida y el techo, como todo lo que significa completar los derechos humanos, se tendrá que solucionar, eso es lo que nos dicen, por medio de la caridad mientras el estado se desentiende de sus compromisos, el capital engorda y determinados listos hacen negocio con las que llaman empresas de economía social. Pero como es difícil que exista una caridad especial para la cultura se ha recompuesto el mecenazgo: aquello que sólo apoyará lo que tenga interés a corto plazo o hinche egos.

Si la cultura acaba en puro mercadeo, una vez desaparecido el “eventeo”, nosotros mismos habremos colaborado gracias a esos discursos desarrollistas que la han relacionado directamente con el progreso económico de las sociedades. Habremos colaborado nosotros mismos abandonando los argumentos que la relacionaban con el avance de las sensibilidades, de la inteligencia, de la felicidad… Habremos colaborado nosotros mismos entregándola a la desastrosa combinación mercado-estado cuando los dos son conniventes y abandonan a la ciudadanía. El reduccionismo ha sido quien ha acabado con la cultura.

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