el pensamiento vigilado o reinstalando la costumbre de invadir los derechos

Fuera de considerar si el V Congreso Iberoamericano de Cultura ha sido o no pertinente en su contenido o forma, sin querer tampoco valorar de momento su incidencia en las realidades culturales que ha pretendido abordar, ni su capacidad para generar nexos, sin querer, en definitiva, valorar lo que supone su estructura y resultados intelectuales y prácticos, creo que es necesario reflexionar sobre algo que, en principio, pareciera estar fuera de ese ejercicio post.

Se puede decir que el VCIC ha estado tomado y rodeado. Hemos asistido a un desproporcionado despliegue de fuerza (la excusa las autoridades ni es válida ni pertinente) que ha funcionado como verdadera maquinaria de intimidación. Acoso a la libertad individual de movimiento, prepotencia y ataques a la dignidad de las personas a través de exigencias indignas, exhibición desproporcionada e intimidatoria de fuerza y número… algo a todas luces carente de la mínima sensibilidad. Y no todo quedó en el Palacio de Congresos, también en la sede de Etopia, en la residencia de creadores, tuvieron su ración. En diversas ocasiones los perros de la policía fueron puestos al servicio e invadieron de modo impune las habitaciones de los artistas residentes, su intimidad, su espacio privado, sus hogares temporales.

Quizá esto es lo que se desea y ya se está poniendo en marcha, quizá éste no sea sino un pequeño ensayo, una muestra de lo que nos espera en un Estado que cada vez deriva más hacia patologías de la represión, del totalitarismo por nuestro bien. La seguridad ciudadana, dicen, esa seguridad franquista que torna sin haberse ido de las mentes de una extensa mayoría de la derecha que siempre, siempre digo con convicción, nos ha gobernado. Además, corríjanme si me equivoco, todo ha sido considerado como lo más normal, no ha habido ni un solo comentario en ningún tipo de prensa, se ha asumido como asume el castigo quien se somete. Nada, ni una mínima alusión excepto en corros aislados.

Así, de forma gratuita y grosera, y sin contestación alguna ni individual ni colectiva, han pasado por cuartos “ad hoc” funcionarios municipales, participantes, ponentes, invitados, directores de área y todo tipo de personas, que sin saber motivos y sin posterior explicación alguna (la autoridad no se rebaja a disculpa posterior) han sido vejados. Cuartos en los que han sido despojados de ropa y humillados en la forma más zafia. Y no ha ocurrido nada, la autoridad esta protegida y sus excesos no son crimen. Y todo ha generado vergüenza, la vergüenza de no poder explicar a los invitados de otros lugares, de otros países, el por qué de la desproporción. Sobre todo a aquellos de países latinoamericanos que, desde la prepotencia eurocéntrica, se consideran inseguros.

Por nuestra seguridad. Pero yo no la quiero, disculpen. Por nuestra seguridad velarían si dedicaran esfuerzos a perseguir la corrupción política que nos hunde, la avaricia extrema de unos banqueros que nos arruinan, la grosería de una iglesia preconciliar que nos vacía, la estultez de una monarquía que nos avergüenza, las privatizaciones que roban lo común, las violencias de género que matan más que cualquier terrorismo, las cuchillas que ensangrientan la frontera, las otras cuchillas que cercenan la inteligencia, las reformas laborales que generan esclavitud… esa sería nuestra seguridad, lo otro no es sino represión, la tradicional represión que todavía corre por las venas de quienes nos “protegen”.

Pero permítanme que ponga en cuestión también nuestro comportamiento, que piense que todos tenemos responsabilidad sobre lo que ocurre. Que piense que en ese mismo hall del Palacio de Congresos y ante el atropello visto, deberíamos haber presentado nuestra particular fuerza contra la violencia, habernos plantado, que hubiese sido bueno y coherente abandonar un espacio tomado que no era de cultura sino de represión. Pero allá permanecimos y tragamos, aguantamos. No seremos capaces de librarnos con la aquiescencia. Cerrar los ojos a estos desmanes nos conduce a donde estamos. Nos está arrinconando y a ellos dando fuerza. Y la aplicarán hasta el máximo, la aumentarán, la asegurarán hasta que sea difícil salir sin violencia. La desarticulación de la sensibilidad por la libertad se programa, se planifica y se va inoculando en pequeñas dosis. Ahora nos callamos por ésto, ahora asumimos lo otro, ahora justificamos aquello… hasta conseguir que nadie movamos ni un pelo ante cualquier abuso, la ciudadanía no existe sino en número y como garantía de soporte para las exigencias de la élite.

La impunidad despreciable a la que estamos asistiendo nos conduce directamente a un neofascismo de lo más peligroso, aparentemente etéreo y difuso. Durante el jueves y el viernes, en el ámbito del V Congreso Iberoamericano de Cultura, he visto a mucho “billy el niño” suelto esperando que retornen esos maravillosos tiempos de orden y disciplina.

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