tranquilidad entretenida

Creo que cometimos el error de institucionalizar en exceso la cultura. Nos desprendimos del hard y del soft. Nos quedamos, en algunos casos, con el conocimiento sin haber previsto que, irremediablemente, el soporte sobre el que tenía que correr lo habíamos abandonado. Pasamos sin saberlo de rescatarla de la élite y ponerla al servicio de los comunes, a concederla con todo su ajuar a los caprichos del poder político. Y bien poco después compartió el pastel con el mercado convirtiendo a la cultura en lo que ambos decidieron qué era. Conclusión: connivencia en cuanto a lo que entre los dos proponen y disponen porque ambos piensan que la rentabilidad está en el cálculo. Por eso cuando escucho (u oigo porque, en realidad, cada día escucho menos) cosas como “racionalizar el gasto” no puedo evitar un escalofrío que me “rentabiliza” todo el cuerpo.

Antes de que tengamos tiempo de reaccionar y revolvernos, antes de que comience el espectáculo de la reapropiación, ellos ya han previsto lo importante, han elegido y definido qué es lo que nos va a interesar la temporada que viene, qué es lo que nos conviene para recuperar el desastre, cómo gastar mejor, cómo optimizar, cómo sobrevivir a la caída…. Y así la cultura actuará como vinculante dependiendo de lo que cada uno elijamos de todo ese catálogo de bondades prefabricadas a las que se nos ha invitado con una cortesía interesada y nada más que para dar pie y boca a los expertos de plantilla.

Quizá lo que supura en la cultura oficial no es sino un torrente de ignorancia con la necesidad de aparentar, de hacernos creer que no podemos vivir sin la cultura que se nos ofrece, sin su cultura. Que sólo desde esa cultura ofertada podremos salir de nuestra miseria intelectual. Hoy no podemos ver sino prepotencia en demasiadas instituciones (y no voy a hablar de nuestro ministro y su corte). Ellos están seguros con su aparato técnico y sus herramientas (recuerden, el hard y el soft que les hemos regalado). El resto somos receptáculo de una oferta que modela y moldea, que, no lo olvidemos, crea la sociedad con la que el poder está cómodo.

La institucionalización de la cultura junto con su mercantilización ha logrado la suficiente fuerza como para asegurar una considerable tranquilidad entretenida. En palabras de Bauman: la cultura es “un deposito de productos conservantes”. Hoy se aderezan con las letanías de fuente de recursos para crear riqueza y empleo y con eso ya hemos dado por dignificado todo.

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