individualización laboral masiva

En tiempos marcados por la extradición de los trabajadores a su buena suerte, la voluntad de ser producto viene reforzada por la paranoia del capitalismo excluyente y soportada por consignas de un individualismo que no deja ningún lugar para experimentar otros modelos más centrados en la colaboración, en la redistribución, en los comunes, en la contemplación, en la nexonomía como fuente de prototipos no abrasivos. Las consignas son claras y la estructuración del mercado se orienta desde dos influencias llenas de desprecio: la externalización de la mano de obra a países donde los derechos laborales son nulos y los beneficios máximos (nosotros acabaremos siendo uno de ellos) y otra externalización, la que suprime los compromisos y controla el tiempo debido, el inevitable “búscate la vida” que envuelve las más de las veces al emprendimiento. Si bien hay diferencias en los modos de violencia el totalitarismo capitalista se desentiende, se mofa y alienta las preguntas trampa: ¿pero si no emprendemos, qué podemos hacer? ¿pero si no aceptamos ese empleo, qué podemos hacer? La argucia es la típica del mercado: la gestión de lo escaso, la administración de la escasez como modelo de control.

La individualización laboral masiva supone una confusión que dispersa las energías y las orienta hacia la supervivencia extrema. Consecuencia, una de tantas: la imposibilidad de pensar en nuevos modelos que encadenen refuerzos; o simplemente: la imposibilidad de pensar. La sumisión es una prótesis del capitalismo que nos aplicamos sin reflexión. La simplicidad de los discursos que nos ofrecen desde cualquier púlpito aceleran los procesos de digestión y del fast-food avanzamos hacia fast-think. Hacer sin pensar y dedicarse a la tarea de buscarse el pan continuamente genera una sociedad vacía y ausente de la crítica, se evita así el riesgo de un ser humano incómodo.

La carencia de empleo no sería lo más importante en una sociedad que no estuviera dedicada a la acumulación de riquezas en unas pocas manos. La reelaboración de la realidad suprimiría absolutamente la angustia, una sociedad apoyada sobre el desarrollo humano y no económico filtraría esa necesidad. Un contexto de limitaciones que conlleva la supresión de esa acumulación desequilibrada en la que nos sumimos. No es posible refundar el capitalismo, es otra de las trampas, esa trampa que también nos mantiene entretenidos poniendo parches y remedios.

El pensamiento acerca del empleo como obligación divina, como único modo de pasar dignamente por la vida, también debería pasar por el filtro de la inteligencia. La habilidad requerida seria la de saber aniquilar el empleo y tratar de enfocar en utilidad humana el trabajo

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el pensamiento vigilado o reinstalando la costumbre de invadir los derechos

Fuera de considerar si el V Congreso Iberoamericano de Cultura ha sido o no pertinente en su contenido o forma, sin querer tampoco valorar de momento su incidencia en las realidades culturales que ha pretendido abordar, ni su capacidad para generar nexos, sin querer, en definitiva, valorar lo que supone su estructura y resultados intelectuales y prácticos, creo que es necesario reflexionar sobre algo que, en principio, pareciera estar fuera de ese ejercicio post.

Se puede decir que el VCIC ha estado tomado y rodeado. Hemos asistido a un desproporcionado despliegue de fuerza (la excusa las autoridades ni es válida ni pertinente) que ha funcionado como verdadera maquinaria de intimidación. Acoso a la libertad individual de movimiento, prepotencia y ataques a la dignidad de las personas a través de exigencias indignas, exhibición desproporcionada e intimidatoria de fuerza y número… algo a todas luces carente de la mínima sensibilidad. Y no todo quedó en el Palacio de Congresos, también en la sede de Etopia, en la residencia de creadores, tuvieron su ración. En diversas ocasiones los perros de la policía fueron puestos al servicio e invadieron de modo impune las habitaciones de los artistas residentes, su intimidad, su espacio privado, sus hogares temporales.

Quizá esto es lo que se desea y ya se está poniendo en marcha, quizá éste no sea sino un pequeño ensayo, una muestra de lo que nos espera en un Estado que cada vez deriva más hacia patologías de la represión, del totalitarismo por nuestro bien. La seguridad ciudadana, dicen, esa seguridad franquista que torna sin haberse ido de las mentes de una extensa mayoría de la derecha que siempre, siempre digo con convicción, nos ha gobernado. Además, corríjanme si me equivoco, todo ha sido considerado como lo más normal, no ha habido ni un solo comentario en ningún tipo de prensa, se ha asumido como asume el castigo quien se somete. Nada, ni una mínima alusión excepto en corros aislados.

Así, de forma gratuita y grosera, y sin contestación alguna ni individual ni colectiva, han pasado por cuartos “ad hoc” funcionarios municipales, participantes, ponentes, invitados, directores de área y todo tipo de personas, que sin saber motivos y sin posterior explicación alguna (la autoridad no se rebaja a disculpa posterior) han sido vejados. Cuartos en los que han sido despojados de ropa y humillados en la forma más zafia. Y no ha ocurrido nada, la autoridad esta protegida y sus excesos no son crimen. Y todo ha generado vergüenza, la vergüenza de no poder explicar a los invitados de otros lugares, de otros países, el por qué de la desproporción. Sobre todo a aquellos de países latinoamericanos que, desde la prepotencia eurocéntrica, se consideran inseguros.

Por nuestra seguridad. Pero yo no la quiero, disculpen. Por nuestra seguridad velarían si dedicaran esfuerzos a perseguir la corrupción política que nos hunde, la avaricia extrema de unos banqueros que nos arruinan, la grosería de una iglesia preconciliar que nos vacía, la estultez de una monarquía que nos avergüenza, las privatizaciones que roban lo común, las violencias de género que matan más que cualquier terrorismo, las cuchillas que ensangrientan la frontera, las otras cuchillas que cercenan la inteligencia, las reformas laborales que generan esclavitud… esa sería nuestra seguridad, lo otro no es sino represión, la tradicional represión que todavía corre por las venas de quienes nos “protegen”.

Pero permítanme que ponga en cuestión también nuestro comportamiento, que piense que todos tenemos responsabilidad sobre lo que ocurre. Que piense que en ese mismo hall del Palacio de Congresos y ante el atropello visto, deberíamos haber presentado nuestra particular fuerza contra la violencia, habernos plantado, que hubiese sido bueno y coherente abandonar un espacio tomado que no era de cultura sino de represión. Pero allá permanecimos y tragamos, aguantamos. No seremos capaces de librarnos con la aquiescencia. Cerrar los ojos a estos desmanes nos conduce a donde estamos. Nos está arrinconando y a ellos dando fuerza. Y la aplicarán hasta el máximo, la aumentarán, la asegurarán hasta que sea difícil salir sin violencia. La desarticulación de la sensibilidad por la libertad se programa, se planifica y se va inoculando en pequeñas dosis. Ahora nos callamos por ésto, ahora asumimos lo otro, ahora justificamos aquello… hasta conseguir que nadie movamos ni un pelo ante cualquier abuso, la ciudadanía no existe sino en número y como garantía de soporte para las exigencias de la élite.

La impunidad despreciable a la que estamos asistiendo nos conduce directamente a un neofascismo de lo más peligroso, aparentemente etéreo y difuso. Durante el jueves y el viernes, en el ámbito del V Congreso Iberoamericano de Cultura, he visto a mucho “billy el niño” suelto esperando que retornen esos maravillosos tiempos de orden y disciplina.

pobre por méritos propios

Cualquier discurso sobre el emprendimiento, venga de donde venga y tal como esta estructurado, se sustenta sobre principios de moral judeo-crtistiana (el riesgo tan reclamado no es sino una variante del sacrificio, quién reclama el riesgo, para qué y para quién ese riesgo, por qué ese riesgo tiene que ir dirigido hacia un modelo económico tan determinado como abrasivo… de verdad alguien puede creerse que ese riesgo tan alabado es para que se ponga a disposición de una humanidad más humana, de verdad nadie ve que esta pasión por el riesgo corresponde a un modelo de domesticación productiva… ) y la ética de la burguesía chabacana, esa clase media nacida de la bonanza económica sobrevenida tras II Gran Guerra (qué nostalgia de aquella otra burguesía ilustrada). Resultado: la consolidación de un nuevo discurso capitalista que refuerza la explotación, la autoexplotación del individuo, convirtiendo el argumento en dogma y sin posibilidad de cuestionamiento.

Que hay que cambiar la forma de enfrentarnos al empleo, desde luego. Que hay que revisar el concepto de trabajo, fundamental. Lo que me descorazona es que lo hacemos desde los criterios básicos de explotación capitalista, usando su manual de instrucciones, apuntándonos al argumentario de crecimiento y desarrollo propio de esa esencia abrasiva, abandonando, en definitiva cualquier asomo de critica y sobre todo de replanteamiento intelectual. ¿También se ha precarizado la crítica?

El nuevo espíritu del capitalismo ha conseguido implantarse, desde procesos de infiltración invisible y sin demasiada sangre, con una asimilación extraordinaria entre quienes van a ser explotados. Con el orgullo de sentirse parte del sistema. Con la connivencia de la clase que va a ser estafada se ha construido un modelo, no sólo de discurso, sino normativo y de comportamiento.

El individualismo extremo coloca al sujeto como único y último responsable de su vida. La ultraderecha siempre ha creído que el pobre es pobre por “méritos propios”. Esa es en esencia la última lectura del emprendimiento: si no consigues nada en la vida es porque no has sido capaz de emprender, has fracasado y sólo podrás trabajar para otros. Esos sí, nunca considerarás que siempre, siempre, siempre vas a trabajar para otros y que esos otros van a intentar exprimirte al máximo de lo posible. Este es el modelo y esto es lo que se está vendiendo como el camino a la gloria.

tranquilidad entretenida

Creo que cometimos el error de institucionalizar en exceso la cultura. Nos desprendimos del hard y del soft. Nos quedamos, en algunos casos, con el conocimiento sin haber previsto que, irremediablemente, el soporte sobre el que tenía que correr lo habíamos abandonado. Pasamos sin saberlo de rescatarla de la élite y ponerla al servicio de los comunes, a concederla con todo su ajuar a los caprichos del poder político. Y bien poco después compartió el pastel con el mercado convirtiendo a la cultura en lo que ambos decidieron qué era. Conclusión: connivencia en cuanto a lo que entre los dos proponen y disponen porque ambos piensan que la rentabilidad está en el cálculo. Por eso cuando escucho (u oigo porque, en realidad, cada día escucho menos) cosas como “racionalizar el gasto” no puedo evitar un escalofrío que me “rentabiliza” todo el cuerpo.

Antes de que tengamos tiempo de reaccionar y revolvernos, antes de que comience el espectáculo de la reapropiación, ellos ya han previsto lo importante, han elegido y definido qué es lo que nos va a interesar la temporada que viene, qué es lo que nos conviene para recuperar el desastre, cómo gastar mejor, cómo optimizar, cómo sobrevivir a la caída…. Y así la cultura actuará como vinculante dependiendo de lo que cada uno elijamos de todo ese catálogo de bondades prefabricadas a las que se nos ha invitado con una cortesía interesada y nada más que para dar pie y boca a los expertos de plantilla.

Quizá lo que supura en la cultura oficial no es sino un torrente de ignorancia con la necesidad de aparentar, de hacernos creer que no podemos vivir sin la cultura que se nos ofrece, sin su cultura. Que sólo desde esa cultura ofertada podremos salir de nuestra miseria intelectual. Hoy no podemos ver sino prepotencia en demasiadas instituciones (y no voy a hablar de nuestro ministro y su corte). Ellos están seguros con su aparato técnico y sus herramientas (recuerden, el hard y el soft que les hemos regalado). El resto somos receptáculo de una oferta que modela y moldea, que, no lo olvidemos, crea la sociedad con la que el poder está cómodo.

La institucionalización de la cultura junto con su mercantilización ha logrado la suficiente fuerza como para asegurar una considerable tranquilidad entretenida. En palabras de Bauman: la cultura es “un deposito de productos conservantes”. Hoy se aderezan con las letanías de fuente de recursos para crear riqueza y empleo y con eso ya hemos dado por dignificado todo.

la lógica del control

Nada de lo que ocurre es “porque sí”, casual. Por supuesto tampoco esta “sorprendente” ausencia de empleo. No podemos olvidarnos de que la función del trabajo ha sido siempre de control, una función que nace de combinar la lógica capitalista con la lógica del poder: las personas son reducidas a su destino de producción y consumo, a propiedad privada.

Y eso, tampoco lo perdamos de vista, ha sido así en los dos bloques del siglo XX. Nada me hace apear la idea de que el comunismo, tal y como lo conocimos, no fue sino un capitalismo de estado, sin grandes diferencias en la esencia de aplicación y desarrollo. También las políticas marxistas se centraron, en definitiva, en la gestión de un formato social productivista.

Este dogma, elevado a la quintaesencia del ideario de toda persona de bien (el trabajo dignifica) y perfectamente integrado en su adn moral (ganarás el pan con el sudor de tu frente) no hace otra cosa que subordinar a las personas-maquinaria sin ninguna otra razón de ser en su vida que la de la ocupación y la fatiga.

Pero nos encontramos con que los intereses de las élites financieras han cambiado, ya no necesitan gestionar la mano de obra como hasta ahora. Esos frágiles acuerdos salariales, esas relaciones contractuales que hemos conocido ya no hacen falta, lo fueron para sujetar una armonía simulada mientras se ajustaban los excedentes. Ahora las grandes fortunas crecen desde dos frentes: la sumisión y la ficción. Todo es sustituible en el mínimo plazo y con las garantías de tener un siervo mejor y más manso. Nada existe fuera de esa economía financiera.

El error ha sido centrarlo todo en torno al empleo, al trabajo como concepto y espacio vertebrador de la evolución de las sociedades. El error ha sido intentar dulcificar las relaciones laborales bajo una doble alucinación: la supuesta bondad del trabajo y la nobleza y generosidad del capital.

nuevos nacionalismos con viejos mimbres

La trampa de la lengua y las costumbres, la trampa de la identidad para ajustar las emociones a los caprichos del capital. Para convertir los estados (grandes o pequeños, viejos o nuevos) en entidades capitalistas en torno al espejismo común del crecimiento. La clase dominante sigue poniendo a su servicio la pasión nacionalista, sigue usándola para proteger sus privilegios. Los nuevos ejércitos (además de ese pueblo dispuesto) ya no se gestionan en torno a la policía nacional, un espacio que aún así sirve muy bien para la canalización de la violencia, sino en torno a una clase media que inspira confianza, algo que refuerza esa función empresarial tan necesaria. Nos recuerda Fredy Perlman en su el persistente atractivo del nacionalismo que “…cuando la nación es liberada, el trabajo deja de ser una carga onerosa y se convierte en una obligación nacional para ser llevada con alegría.” A partir de aquí todo es posible, todo cobra sentido y ofrece algo concreto dentro de ese mar de incertidumbre.

La lengua y la religión (que hoy se convierte en mercado) siguen siendo los fundamentos de la nación. El uso del capital cultural como fuerza de choque, como materia prima. Continúa la ilusión óptica como aglutinante. Tiempo después y tras tanto conocimiento acumulado todo se repite. La propiedad nacional sigue estando concentrada. El consejo de administración se consolida a partir de las urnas y las sillas de dirección se trasladan al circo de los gobiernos. La nación (grande o pequeña, vieja o nueva, insisto) no deja de ser sino el nodo de explotación capitalista bien protegido por sus fuerzas del orden. Sin capital no hay poder, sin capital no hay nación y en torno a la trampa de la desposesión se siguen construyendo los nacionalismos: la desposesión cultural y la desposesión económica.

Sigo viendo una grave contradicción entre nación y libertad. Precisamente porque cualquier emoción se convierte en un bien para invertir. Y cualquier ser humano en tropa disponible. Y la opresión como el activo que moviliza. La liberación nacional vista como una ciencia. Algo propio de gente razonable. Luego surgen las colonias internas, aquellas que hay que vigilar para que no quieran ir mas allá. Pero eso es ya otra historia.

Pueden llamarlo como ustedes quieran pero el nacionalismo es otro producto del entramado capitalista, algo que, como el mismo capitalismo, sólo gira en torno al mantenimiento del poder y contrario a la cultura.

el genocidio de la esperanza

La mercantilización de las imágenes, la interpretación capitalista extrema tiene una referencia casi poética en la banalización de la belleza. La frivolización absoluta del capital hacia cualquier imagen o sentimiento. Los brotes verdes que han visto todos los gobiernos no son sino el paradigma de la vulgaridad que representan esas mentes.

El único brote es aquel eructo que emerge de las mismísimas entrañas del capital. El que surge de la explotación directa o indirecta. El que se refuerza desde lo que ellos mismos llaman crisis solo para dotarla de un dramatismo teatral que la haga digerible.

La acumulación de capital debe ser continua y estos paréntesis de alarma lo refuerzan. Las letanías y las despreciables jaculatorias tienen todo sus sentido para el refuerzo del poder.

El genocidio de la esperanza. Los dueños del capital siguen protegidos por los ejércitos. Unas veces en forma humana otras en forma de imagen. Y el genocidio ha sido la especialidad del poder. El pensamiento despojado y exterminado. La utopía exhibida como curiosidad infantil y caprichosa. Y toda la ilusión expropiada, todo el sufrimiento generado se transforma y se vende como razón preliminar para el crecimiento. El genocidio de la alegría sigue siendo imprescindible para alimentar al capital y los altares.

el espejismo de autonomía

Quizá los procesos de alienación de las sociedades contemporáneas vengan disfrazados de autonomía. Hasta tal punto se asumen las consignas que es fácil embrutecerse y no ir más allá, abandonar el espacio critico que la inteligencia parecía habernos regalado. (No voy ha hablar ahora de ello pero esto último me ha llevado a la penúltima impertinencia: el espacio de confort, aquello que se empeñan, no sé por qué, que abandonemos, o más bien sí lo sé, siguiendo las consignas del expiación cristiana). En realidad no sé si me importa si te embruteces o no, es cosa tuya si no fuese porque formas parte de un todo que estás contribuyendo a degenerar, lo que sería bueno es que si deseas hacerlo por lo menos seas consciente: sí ya sé que me están engañando pero quiero seguir en el ángulo ciego. Muy bien.

¿Pero, por qué llegamos a participar de nuestra propia aniquilación, de tan extrema dependencia? Momentos como este por el que estamos pasando, momentos en el que se nos abandona para fortalecer el capitalismo extremo, deberían servir para canalizar y experimentar nuevos modelos. Sin embargo nos ceñimos a reproducir consignas. Por mucho que se quiera disfrazar, toda esa ideología del emprendimiento no es sino una estrategia para garantizar “autónomos” que reproduzcan las condiciones para la explotación limpia, esa que ya ni siquiera debe mancharse las manos con ningún tipo de látigo. Unos campos de algodón autoexplotados, ningún cacique podría haberse imaginado semejante paraíso.

La domesticación y la docilidad se imponen desde el espejismo de autonomía. (También al hilo y para otro día: ¿no ocurrirá lo mismo con el espejismo de los nacionalismos liberadores?)

emprendimiento líquido

Porque se va de las manos, porque fluye entre los mantras oficiales, porque corre mejor en desniveles pronunciados y erosiona sentimientos y conciencias. Porque confunden sus reflejos. Porque puede llenar botellas y recipientes y adaptarse a su forma para apilarse y venderse sin problemas. Porque se reserva en pantanos y llena depósitos de desigualdad creciente. Porque su ausencia no es sinónimo de sequía sino de reparto impropio…

La delgada línea entre la necesidad y el deseo. Esa línea que sólo se cruza a la fuerza porque hay agresiones disfrazadas y sin vergüenza.

Porque es la estafa más valorada y aceptada