un espacio crítico intermedio

En ocasiones ocupar y mantenerse en un espacio critico intermedio es difícil, incómodo y demasiado a menudo nada comprendido. Los nacionalismos son un lugar complicado para este modelo de pensamiento porque toda argumentación se enfrenta al final con la “tripa”. Nada debe ser probado, solo necesita ser nombrado y las metáforas hacen su papel en los campos de la palabra erizada. Todo como una fijación hedonista que hoy, eso sí, se preocupa por envolverse en un discurso de solidaridad buenista.

La subjetividad compartida se convierte en irrenunciable principio de libertad, en un imaginario colectivo y la articula en torno a un nosotros ofendido y ultrajado. Una especie de pensamiento unidireccional que se va extendiendo bajo la idea de compartir una causa común. Aunque ésta siempre cumpla el modelo clásico: un segundo antagónico e incompatible y un tercero excluido.

Pero en realidad todo nacionalismo es un espectáculo, algo que se programa para entretener a un pueblo enfervorecido mientras se explota su vehemencia. Algo perfectamente planificado para que parezca orientado hacia el bien común, algo que la élite maneja mientras el ciudadano se cree protagonista. Porque en realidad hoy el nacionalismo funciona como siempre solo que ha civilizado su proceder. Pero no deja de ser un error mayúsculo, un despropósito fuera de contexto, un fallo del sistema que remite a modelos caducos, una inclinación malsana hacia patrones estándar de pensamiento, una dificultad para la lateralidad tan necesaria. Algo que no hace sino consolidar el poder de las élites desde la ilusión de que todo cambia y “por fin manejamos nuestro destino”. No sé, sustituir la necesaria desobediencia por la sumisión desde el espejismo de “los nuestros”. El derecho a decidir como fantasía animada.

Ese espacio critico intermedio no tiene cabida porque irrumpe de lleno en los dominios de la bipolaridad. Una actitud fosilizada que se resiste a la lógica y que todavía cree en las estructuras de la razón forzosa. Ese espacio intermedio es el espacio de la dialéctica. Un llamamiento a la vinculación de creencias antagonistas y contradictorias que carecen de la verdad de las fronteras (y no reducirlas por favor a las lineas imaginarias que dividen territorios, aplicarlas también a aquellas que nos separan de otras realidades intelectuales), que se olvidan de la totalidad.

Cuestionar estratégicamente las verdades totales es un camino que se construye desde el equilibrio. Y las realidades sociales actuales no pueden afrontarse de otro modo. Estamos construyendo continuamente desde modelos abstractos (patria, nación, estado) que constituyen una presencia irrefutable y sustentada sobre los dogmas de fe: la patria y la religión como organismos vinculantes. Y cuando la élite se ve amenazada se enarbolan banderas y se alzan santocristos. Mientras, se gana tiempo, un tiempo extraordinario para retomar y consolidar. Un tiempo azuzado en el que el pueblo olvida para centrarse en el enemigo. Un tiempo en el que la magia y el mito de los mapas se encarga de difuminar cualquier atropello. Un tiempo en el que se consiente el abuso desde la esperanza de una vida plena con los nuestros, libres de toda injerencia.

Sobra, molesta, la necesidad crítica.

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